Ago 202015
 

El agua limpia, el agua sana, el agua blanca. El agua arrasa, el agua enferma, el agua mata. Bendita y maldita. Inodora, incolora, insípida y de golpe, hedionda, sucia y asquerosa. Dos caras de una misma moneda. Y 20 mil argentinos que hoy, algunos por primera vez, otros por repetición, ven cómo la peor de ellas, la feroz, la implacable, los deja sin nada, arrastrando junto a la mugre eso que se llama dignidad y que un tal Toti, con las patas metidas en el agua hasta las rodillas, gritó a un periodista para que alguien lo escuche de una buena vez.

Y mientras ellos, ahora identificados como los damnificados, los inundados, suben a los techos, se autoevacuan o se dejan llevar a centros de evacuados, duermen en un camión prestado o se instalan en el cementerio, los otros, los que deberían hacer desde la primera hora (sin discutir en la tele si es culpa de la naturaleza, de la apatía institucional o de los guantes blancos que robaron y no hicieron) se ponen las botas cuando las cámaras los enfocan. O vuelven de Europa porque ante una emergencia nacional el estrés puede esperar; o se callan la boca, con un silencio vergonzoso que no sería tal si fueran de no hablar seguido, pero que hace ruido y mata cuando se la pasaron hablando todo el año por cualquier estupidez y por cadena nacional. O también, porque en nuestra fauna política hay animalitos de toda clase, insultan a los vecinos como en una pelea de barrio en vez de meter violín en bolsa, cerrar la boca, agachar la cabeza, poner el lomo y dejar que ellos, las víctimas de la naturaleza o de su inoperancia o de todo junto, descarguen su impotencia… Porque ellos, a diferencia de los otros, no están haciendo política post PASO con miras a octubre; a lo sumo, apenas hacen catarsis.

Son ellos los que perdieron todo, y no hablo de heladeras, colchones, frazadas, muebles y cada uno de los objetos que habían logrado tener a lo largo de una vida, sino cada foto guardada, cada recuerdo, cada papel, cada documento, cada historia encerrada en un cajón. Son ellos lo que ahora, con el sol sonriendo y el agua en baja, tienen que seguir pasando lo peor, porque si el irse de casa duele, el volver y ver la devastación, es peor. Porque todo lo que el agua arrastró, dentro y fuera, debe ser limpiado. Porque las cloacas necesitan ser rehabilitadas. Porque las instalaciones eléctricas deben inspeccionarse. Porque todo lo que haya quedado sano en sus hogares, tras más de un metro de agua adentro, necesita desinfección. Y porque, además, tienen que iniciar los trámites para cobrar algún seguro que les permita empezar de cero, algo que para muchos no será la primera vez porque ya llevan varias inundaciones encima.

Son ellos las víctimas, señores políticos, gobernantes o pichones de ambos. Las víctimas son ellos. Y el pueblo, el mayor ejemplo de solidaridad, como siempre. Ustedes, los otros, sigan participando…, hasta que aprendan.

20 de agosto de 2015

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