Mar 102016
 

Qué feliz me pone el éxito de un artista cuando se lo merece por talento, pero también por buena gente y, sobre todo, por su humildad, ese valor tan frágil que a veces se esfuma cuando llega el momento de gloria o de cosechar años de siembra. Qué feliz me hace saber que Abel Pintos (31) –el mismo que después de veintiún teatros Opera Allianz agotados en noviembre del año pasado, le puso la frutilla al postre para festejar sus veinte años con la música con tres Luna Park igual de colmados el pasado fin de semana– hoy tiene lo que se merece: a la familia argentina a sus pies y sus temas en la boca y el corazón de todos. El que no tarareó alguna vez hits como “Aquí te Espero”, “Sin principio ni Final”, “Motivos”, “Aventura”, “Juntos” o “La Llave”, que arroje la primera corchea…

Eso es lo que vi el sábado 5 en el Luna Park, adonde fui por absoluto placer y admiración hacia quien sigo desde que era chico. Y hoy lo veo grande, inmenso, pero tan plantado con los pies sobre la tierra como cuando sólo era un jovencito de Bahía Blanca que quería hacer música por siempre.

Creo que no hay canción de Abel que me sea ajena ni tema que no me guste, pero más allá de mis gustos, hacía tiempo que no veía en un estadio a la familia a pleno, desde el nieto a la abuela. Veía llegar padres con sus nenes a upa y me preguntaba cómo se animaban a ir con chicos tan pequeños a un recital que puede durar dos horas… Y me quedé muda, porque no sólo ni uno lloró o se puso molesto, sino que a cococho de papá, se sabían las letras mejor que yo.

“Gracias, familia”, fueron las primeras palabras de Abel al salir al escenario, estupendamente lookeado, y dio en el clavo. Eso iba a ser una fiesta familiar, como eran, años atrás, sus presentaciones en alguna peña, cantando con papá. Y papá no faltó, porque fue su invitado para acompañarlo en el bombo a la hora de su homenaje a la Negra Sosa con “El Jardín de la República”, tras el cual un Raúl Pintos emocionado se abrazó a sus dos hijos, ya que en la banda de Abel toca el mayor, Ariel.

La puesta high tech con siete pantallas gigantes de led en semicirculo no admite críticas, pero si el escenario hubiera estado pelado, la fiesta se daba igual, porque sólo importaba él, que recorrió en 23 canciones los éxitos de su ecléctica carrera. Así, estuvieron los hits antes mencionados; los más pop como “Tiempo”, “De Sólo Vivir”, “Crónica”, “Canta”; los más románticos (“No me Olvides”, “Tanto Amor”, “Ya estuve Aquí”); los que recuerdan su costado folclórico, como la magnífica versión de “Taki Onkoy” o “Cuando Llegue el Alba”; así como tres cumbias que hicieron saltar a todos de la butaca, tanto como “Revolución” y “El Alcatraz”, que, como contó Abel, “fue el tema con el que vi por primera vez hacer un pogo en un show mío”.

Pintos se despidió ovacionado, emocionado y agradecido, pero sin creérsela, piedra fundamental de un artista que trasciende. Porque buenos cantantes hay muchos, y autores, demasiados, pero intérpretes no. Porque cantar bien canta cualquiera, pero erizarte la piel al hacerlo en vivo, sólo los grandes. Y Abel lo es. Quien lo dude, vaya a verlo, porque es un placer para los oídos, la vista y el alma…

10 de marzo de 2016

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