Mar 122016
 

Por Gustavo Mendez | @gusta_mendez

Fila 20 del sector Campo Vip. “Pagué 400 dólares por el combo prueba de sonido y el show”, dice un treintañero sin dolor por multiplicarlo por 15. “Vale cada dólar”, agrega, más que feliz, su amiga. Se apagan las luces y comienza el delirio en Vélez Sarsfield colmado por 35 mil personas. El reloj marca las 21.55, y bajo una noche estrellada, Ricky Marín sale a escena vestido de traje, corbata negra, camisa blanca y abre con Mr. Put It Down, pero el público se empieza a incinerar desde el tercer tema, Muevete duro, en la que el cantante aparece ya sin el saco que cambió por una remera con flecos.

Ricky empieza a mover la cintura y hacer gritar al público. Canta, y baila y sigue la coreografía a la par de sus ocho bailarines a la perfección. Ricky luce un bronceado perfecto, está flaco, y disfruta, se ríe, se le nota la madurez de sus 44 años. Está con un bagaje de más de 20 años de éxitos, pero aún es joven, muy lejos de los 50. Incluso, a juzgar por su espíritu, estética y estado físico está más cerca de los 30.

Con Shake your Bon-Bon se pone de espalda a los fans y mueve sus caderasglúteos. Primer tema que tiene su versión en español pero que él lo prefiere en inglés, sigue Adrenalina, segundo corte de A quien quiera escuchar, su flamante disco de estudio, y provoca: “No los escucho”.

Un poco de Ricky in live pic.twitter.com/qjuNoTjy3x

— Gustavo Mendez (@gusta_mendez) 12 de marzo de 2016

Ricky propuso una estética de blanco y negro y solo utilizó un traje bordó cerca del epílogo. En sus diez cambios de vestuarios, utilizó remeras holgadas, con flecos, de cuero, babuchas y pantalones, todo en yin o en yang. Botas, un solo par de zapatos y hasta caminó descalzo por el escenario.

Saluda, sonríe, mira. “Esta es una noche mágica, acá, en Buenos Aires, los sueños se convierten en realidad. Así que quiero que transpiren de tanto bailar y salgan afónicos de tanto cantar. Quiero que sean libres y felices“.

Ovación. Sigue Tal Vez. Ricky desaparece en el fondo del escenario y vuelve desde el extremo superior parado sobre el capot de un Ford Mustang descapotable para sacudir el estadio al ritmo de Livin’ la vida loca en versión anglosajona. Sí, otra vez. Sale de camisa negra, pantalón, zapatillas y musculosa con la que juega y hace temblar al Amalfitani. Provoca, y más provoca al utilizar una pollera. Solo a un hombre como Ricky Martin –no a Mike Amigorena, obvio- le queda bien una pollera para Dejate llevar. Luego, tercer tema in english: She Bangs, y continuó con Come with me tonight, otro título de su último CD. Coquetea con un bailarín y luego con una bailarina. Gritos y más gritos.

Tras la emisión de un video de su Fundación exhibido en las cinco pantallas LED, el boricua inició el segmento romántico en el que mejor se disfrutó su voz. Apareció esta vez de blanco y descalzo durante el popurrí de ochos canciones. Pasaron Asignatura pendiente, el nuevo Disparo al corazón, A medio vivir, Tu recuerdo, Y todo queda en nada, el hitazo noventoso Fuego contra fuego, Eres el amor de mi vida, y Vuelve. Ricky toma el soporte del mic, lo cruza por su espalda y se fue del escenario “crucificado”. Era Dios.

Los últimos 45 minutos del “One World Tour” van de menor a mayor. Aporta elegancia y seriedad en Adiós envuelto en su frac bordó sostenido de un bastón con brillos, pero Ricky invita a todos a la pista de baile con María, eleva la apuesta con La bomba, se acaricia sensual, repiquetea y mueve sus piernas, y dice su lema favorito una y otra vez: “que me importa el que dirán”. El estadio sube y baja en Por arriba, por abajo.

Mojado de tanto ir y venir, sale al primer bis. Ricky Martin regresa, ahora, en remera de cuero negra sin mangas, pantalón al cuerpo, y dispara con Pegate. “¿Una más?” pregunta. Sin respirar va La copa de la vida, de nuevo en inglés. Uh. Aplausos y gritos por la entrega, por el nivel de su espectáculo, por ser Ricky Martin. Se retira agradeciendo la presencia. “Ricky no se va, Ricky no se va”, piden, imploran con lo último que les quedan de sus cuerdas vocales. Y no. No se va a ir sin La mordidita. Vélez explota, se incendia y Ricky deja la marca eufórica en la primera noche porteña.

NOTA COMPLETA

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