Mar 262016
 

Alfredo Mera | Publicado en la edición impresa de Diario Perfil

Si algo enseñó el rating 2015, es que ni el costumbrismo ni las temáticas más oscuras pueden contra el culebrón. En lo que va de este año, ninguno pudo alcanzar el éxito de Las mil y una noches, pero aun así este género comanda.

Los ricos no piden permiso es lo más visto del prime time nacional promediando cerca de 13 puntos, mano a mano con la turca ¿Qué culpa tiene Fatmagül? Hoy la historia de amor y poder entre clases es mucho más atractiva que La leona, una novela que además del romance tiene un trasfondo sociallaboral de actualidad.

“Este es el clásico de los clásicos, un género que sobrevivió a todas las épocas y claramente el público quería ver otra cosa, se enganchaba con las novelas turcas, algo ahí atrapaba y era diferente a esas cosas más cotidianas que se hacían en Pol-Ka o Telefe. Con estos personajes podés encontrar similitudes, pero claramente historias como la de Elena ya no se ven. Antes nos pedían que todo fuera lo más normal posible, lo costumbrista, que la gente diga: ‘Habla como yo o le pasa lo mismo que a mí’. Ahora cuando pasamos la escena nos reímos porque ya nadie habla así. No hay un amor expresado de esa manera. Hacemos un amor que ya no existe“, cuenta Agustina Cherri.

Gonzalo Heredia coincide y dice que “había un público huérfano. Las novelas turcas nos marcaron que todavía había gente que gustaba de eso y nuestro triángulo es lo más cercano al culebrón: la pobre y el rico que no pueden vivir libremente su historia de amor”.

—¿Por qué sus personajes son tan culposos o atormentados?
CH: El culebrón tiene ese tono más profundo que otros géneros. Una vueltita más exagerada. El sufrimiento, el amor y el odio, todo va un poco más allá. Para mi personaje Suar y Marcos Carnevale me pidieron una heroína sufrida, ya sea por amor o la impunidad de los ricos. Ella sabe que es una Villalba, pero se sigue quedando en ese lugar. Hacé llorar a esa Elena, me decían (ríe).
H: No te podés quedar en medias tintas porque hacés agua. Salvando las distancias, mi personaje me recordó al Brick de Una gata sobre el tejado de zinc caliente. Ese tormento que saciaba emborrachándose. Necesitaba ese click para gustarse y desde ese lugar me divierte.

—En “Mis amigos de siempre” usaste como modelo a Daniel Osvaldo. ¿Para este personaje te basaste en alguien?
H: Lo del niño rico es bastante más común. En nuestra farándula conocí gente que era de esa manera. Que la plata no hace la felicidad es una frase trillada que a veces es cierta. Lo que no quería es que este personaje fuera todo sufrimiento. Quería divertirme, aun cuando las cosas le salieran mal. Hay escenas, sobre todo de la relación con su mujer (Eva de Dominici), que son muy bizarras.

—¿Cuánto los limita esta televisión local con apenas dos ficciones?
CH: Claramente uno se pone a pensar otras opciones… Antes estaba más relajada. También sabés que haciendo proyectos tan grandes como éste es muy difícil que al año tengas laburo en la misma productora porque la gente se agota. Tenés que tratar de estar un año sí, un año no, porque si te quedás dos temporadas afuera es complicado. Ahora estoy al aire en tres programas: El paraíso, que es como la quinta vez que lo pasan en la TV Pública, Chiquititas y Los ricos… Es terrible que sólo haya dos ficciones nuestras. Lo bueno de que a nuestro programa le vaya bien es que puede abrir una puerta para seguir invirtiendo.
H: La TV Pública repitió La casa y Variaciones Walsh, Volver está pasando Malparida a las 22 y de alguna manera se está viendo en paralelo algo parecido a lo que hacemos ahora… Todo tiene que ver con la búsqueda inmediata del éxito. Siempre fue así. Cuando el boom era Gran Hermano, estaba minado de realities. Ahora pasa por las ficciones turcas, coreanas o brasileñas, pero no va a ser para toda la vida eso. Como actor argentino no estoy de acuerdo, pero sé que es una moda. Ojalá la onda vuelva a pasar por la ficción nacional.

—Dada la ausencia de espacios, ¿se preparan para trabajar de otra cosa?
CH: De chica no se me ocurría otra cosa que hacer que no tuviera que ver con actuar. Todo se volcaba acá, pero era la época en las que un programa pegaba y duraba tres años. Sabías que tu laburo era eso. Hoy esto termina y no sabés qué puede llegar a pasar. Empezás a buscar cosas que tienen que ver con tu profesión y no. Me pregunto qué me gusta además de ser actriz. Tratar de invertir algo de lo que ganás en un año en cosas que me permitan vivir y no estar ahorcada. Ahora estoy abriendo con mi papá un negocio de muebles y antigüedades. Él tiene su carpintería de toda la vida y a mí reciclar me encanta. Es probar otra cosa que disfruto, pero que en otro momento no se me hubiera ocurrido. No es que voy a dejar de ser actriz, pero mientras tanto las energías también van para otro lado, más cuando todo está tan frenado.

—¿Cambió la lectura de lo que es un éxito?
H: Si lo linkeo con el rating, ya no se vive de la misma manera, pero el poder de la televisión sigue siendo el mismo. De todos modos, un éxito de hoy no es el de los años 80 o 90. Antes la televisión era una ceremonia. Desde que podés ver un capítulo en un celular eso ya no existe.

—Trabajaste mucho en producciones de Cris Morena. ¿Se podría trabajar hoy de la manera en que lo hiciste en “Chiquititas”?
CH: Sí. Cuando arranqué era todo muy humano, siempre en versión económica si lo comparamos con las superpuestas que hizo siempre en teatro. Ella toda la vida apostó a lo mejor. Es verdad que se trabajaba mucho. Yo iba al colegio, después a los ensayos o a grabar un disco, pero nunca lo padecí. Todo lo que sé, mi experiencia, responsabilidad y respeto, lo aprendí con ella y su gente. Te enseñaban a cantar, bailar, actuar… Además de lo que me dejó como profesional, de alguna manera me criaron, porque era muy chica y laburé diez años con ellos. Ojalá hoy existiesen productos como ese. Estoy lejos de reprocharme algo. Lo volvería a hacer. Para ganar mucho hay que poner mucha energía.

Crear ficciones a pulmón

Al momento de incertidumbre económica de los canales líderes lo acompaña la incógnita de qué pasará con las producciones que costeaban los propios actores, muchas veces con apoyo estatal. En el cine pasa otro tanto por diferentes motivos. Gonzalo Heredia había adquirido los derechos de Un publicista en apuros, novela de Natalia Moret que finalmente no se rodará por un conflicto con la autora: “Puso muchos impedimentos a la hora de hacer la adaptación, de la cual quería ser sí o sí parte. Quise reunir un grupo de trabajo mucho más cinematográfico, que tuviera la experiencia que no tengo y ella puso muchos palos en la rueda. No puedo lidiar con un ego que no sea el mío“, explica el actor que ahora va por el libro Ladrilleros, de Selva Amada.

—¿El mercado actual hace difícil la autogestión para crear ficciones distintas?
H: Cuando compro derechos no me pongo a pensar si conviene más o menos. Lo hago pensando en lo artístico. A veces me juega en contra y no salgo ni siquiera empatado, pero hoy lo vivo así. Quizás cuando la economía apremie, me lo replantearé. Creo que nunca voy a poder dejar de leer una novela e imaginarla en pantalla.
Ch: No vivimos de eso. Sirve para matar el bicho de hacer lo que te gusta y en televisión están cada vez más acotados los espacios de expresión. Está el personaje que cae y podés laburarlo, que no lo vas a hacer con menos ganas por eso, pero muchas veces es difícil dejar todo lo creativo o las ganas de probar en un proyecto como éste, por ejemplo, que es muy calzado y cerrado. Lo autogestivo es complicado.

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