Mar 282016
 

¿Alguno de ustedes recuerda cuál fue la última carta que recibió? Epístola, carta, esquela, misiva, correspondencia, ese elemento hoy en extinción que, tiempo atrás, un señor llamado cartero nos entregaba en casa, en mano si era “certificada”, o que podía dejar por debajo de la puerta si era “simple”, y al que tantas veces esperábamos con el corazón fuera del pecho si el remitente era de algún amor, o en la boca, si intuíamos que podían llegar malas nuevas. En mi caso, no puedo recordar la última, quizás por obra y gracia de tanto mensaje volando en las plumas del pajarito llamado Twitter, una versión ultra moderna de aquel pobre plumífero de antaño al que culpábamos de habernos contado todo lo que pasaba en el barrio para no delatar al verdadero bocón, y que siempre andaba de malas con la paloma mensajera. Pues bien, esta semana tuve la grata sorpresa de recibir una “señora carta”, con todas las letras, hermosa, extensa, escrita de puño y letra por una adorable lectora de, como ella misma se define, “90 almanaques”. Y debo decirles que morí de amor. Llegó a mis manos en el preciso instante en el que yo leía en Twitter, sorprendida, el mensaje de Pampita anunciando que ya no era más la novia de Nacho Viale, un romance que, dicho sea de paso, fue más corto que telenovela coreana y que, quizás, sea el ideal para resumir en los 140 caracteres que exige la red social.

Así, de golpe, el ayer y el hoy se saludaron sobre mi escritorio, y en el medio, un mundo… Elede, tal el nombre de la lectora, tomándose el tiempo que hoy nadie se dispensa, para expresar lo que genera en ella leer cada semana esta revista; conocer más a los famosos, acceder a un capítulo íntegro de un buen libro y, sobre todo, entretenerse a lo largo de cien páginas. En el otro, una hermosa modelo contando de su propia boca que el amor que blanqueó cinco días antes, ya no es más…

Seguramente Elede, a quien imagino coqueta y juvenil, podría haber mandado un mail a la revista por interpósita persona si ella no lo usa, sin embargo, tomó lápiz y papel para comunicar sus sentimientos de una forma “tan antigua, manuscrita”, como explica al final. Y yo, se lo agradezco en el alma, porque me retrotrajo a aquellos años en los que recibir una carta del remitente soñado era el tiempo mejor invertido. Y ni hablar de enviarle una a mi amiga que había viajado, a mi abuela que vivía tan lejos y extrañaba tanto, o a los mismísimos Reyes Magos, esos tres que ahora también reciben pedidos vía mail y, seguramente, hasta por WhatsApp.

No quiero decir con esto que todo tiempo pasado fue mejor, en absoluto. Amo la tecnología y no imagino hoy ni mis días ni el periodismo sin ella, pero tener, de golpe, este tipo de deja vú, estos golpes nostalgiosos que te remontan a lo mejor de tu vida, valen la pena. Así que, querida Elede, de Cañada de Gómez, provincia de Santa Fe, muchas gracias y, desde ya, la invito a seguir escribiéndome así, a la antigua, que yo le responderé de la misma forma.

Un día volvieron los lentos (¡y fui feliz!), y ahora pido que vuelvan las cartas. Es más, pongamos ya un #quevuelvanlascartas en el Twitter, y animémonos, que escribir de puño y letra hace bien al alma y, lo que es mejor, la desnuda, la muestra, la pone en evidencia… ¿Quién se anima?

28 de marzo de 2016

NOTA COMPLETA

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