Jul 112017
 

Tras anunciar su maternidad a través de un vientre subrogado, Luciana Salazar fue tapa de la Revista Gente con el anuncio. Tras años de lucha, finalmente se convertirá en madre de una niña a la que llamará Matilda y que nacerá a fines del 2017.

Quien no entró en sus planes fue Martín Redrado. Muchos asumieron que el economista no había querido formar parte del proyecto de familia de Salazar pero las declaraciones de la rubia a la revista prueban lo contrario. 

Cuando le consultaron cuándo decidió ser mamá y el por qué de su separación, ella aseguró que fue un sueño de toda la vida que empezó a concretar el 31 de julio de 2016, cuando congeló 30 óvulos en los Estados Unidos. “Después de muchas charlas, una separación, terapia de pareja, volvimos a intentarlo. Yo me planté y le dije: ‘Martín, mi deseo de ser mamá es determinante para continuar. Yo no voy a pedir ni a llorar en soledad’. Entendió y se convirtió en un deseo de pareja. En una ilusión compartida. Tomamos la decisión de congelar mis óvulos, porque me suplicaba ‘Luli, por favor, ¡esperame un poco más!’. De haber tenido veintipico lo habría bancado…”, arrancó contando. “¿Qué debías esperar?”, le preguntó el periodista del medio. “Que se solucionase una cuestión familiar con su hija, demasiado íntima. Y muy influyente en nuestra paternidad. Martina es una adolescente hermosa en todo sentido. Pero como muchas mujeres, compite por su padre: ‘tenes que hacer esto por mi, si lo hacés por ella entonces no me querés’. Siempre le expliqué que nuestros amores eran diferentes, pero no lo entendió”. 

Pero Martina no fue la única. Aunque el resto la aceptaban como parte de la familia, le dejaron bien en claro que no iban a aceptar un nuevo integrante en la familia. “Luciana, todo bien con vos pero necesitamos que sepas que no queremos que papá tenga otro hijo con nadie”, reveló ella que le dijeron. Incluso se animó a confesar los miles de planteos que Redrado tuvo que enfrentar cuando se enteraron que ella había congelado óvulos.

“Nada me hubiese gustado más que llevar en mi vientre a la hija del hombre que amaba. Pero ante el panorama, el fin de la relación era inevitable. Entonces me imaginaba embarazada, sola y sufriendo por amor. ¿Y si a mi bebé le pasaba algo? Jamás me hubiese perdonado que tanta angustia le hiciera daño. Además, a ese temor se sumaba el dolor de otro gran riesgo. Uno de los tantos exámenes a los que me sometí para la congelación de óvulos reveló que tendría trombofilia. Lloré tanto que debí pedir ayuda a una psicóloga para transitar la decisión. Martín lo padeció, porque no estaba de acuerdo con el uso de un donante anónimo, pero sí muy enamorado. Yo debía apartarme por lo que generaría en su entorno privado y en el público. El es demasiado conservador como para cargar con el hecho de tener una mujer que espera un hijo que no es suyo. Intentamos sostener esos días con amor, para no decir ‘no nos vemos más’. Fue terrible para ambos. Yo iba a comprar ropita para la beba llorando, y me decía con la misma bronca ‘¡basta Luli! ¡Se supone que debés disfrutar este momento!’. Ya sabía que el fin estaba cerca. Tenía que separarme para ser una mamá feliz. Por eso, ojalá los chicos entiendan cuánto resigné. Y que los medios dejen de señalarnos como ‘el que no quiso darle un hijo’ y ‘la que si tanto lo quería no se hubiese bancado siete años’. Esta batalla costó mucho dolor”, continuó contándole a Gente.

Pero su creciente deseo de ser madre tuvo un condimento muy especial: sus padres. Luciana no quería que sus padres se perdieran de vivir a su nieta como ella había vivido a sus abuelos. “Otra de las razones por las que yo no quería seguir esperando es para que mi hija no perdiera tiempo de sus dos abuelos maravillosos”.

Sobre el fin de su relación de siete años de amor con Martín, Luciana no escatimó en detalles. “Fue una decisión muy pensada, charlada y durísima. Lloramos mucho. Ninguno de los dos se atrevía a dar el paso. Nuestras despedidas siempre fueron telefónicas porque sabemos que cara a cara es imposible: de hecho, él retrasó su regreso al país. En siete años, si fuimos y venimos tantas veces, es porque realmente no podemos vivir separados. […] Yo le dije: ‘No puedo màs, debo estar bien por mi beba, transitar lo que se viene con total alegría”. Y él: “Luli, sos la mujer que más amé en la vida. Voy a extrañarte tanto…”. Fui la única que logró explotar su costado sensible […] Jamás terminamos tan bien. Nos queremos. Por eso, el día de mañana no será raro que nos encuentren por ahi, comiendo juntos”.

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