Ene 242018
 

Aunque por lo general cuando llega la propuesta de matrimonio se espera que la respuesta sea positiva, hay algunos casos en los que no pasó. En la ficción, todos recordarán el día en que Rory Gilmore le dijo que no a Logan en Gilmore Girls, o cuando Mary Jane le rechazó el anillo a Peter Parker en Spiderman, y los más ‘millenials’ segur recordarán cómo Bella le dijo que no a Jacob en una de las películas de la saga Crepúsculo porque quería casarse con Edward. Pero pocos son los casos que conocemos de la vida real. Haciendo memoria, sólo nos acordamos del día en que Jorge Rial contó que Loly Antoniale le había dicho que no… ¡y nos vinimos a enterar que hubo otro caso en el mundo del espectáculo y que de no haber sido así habría resultado en una de las parejas más impresionantes de Hollywood!

Diane Keaton tiene 72 años y nunca se casó. Aunque siempre dijo que había sido por decisión propia, porque nunca se encontró con un hombre que le inspirara a entablar una relación tan seria, hubo un tiempo en el que no fue así y en el que, de hecho, ella misma propuso matrimonio, aunque la respuesta fue negativa. 

Aunque las fechas no son claras, entre el estreno de El padrino en 1972 y el de su tercera entrega, en 1990, Diane mantuvo una amistada primero y una relación casual después con Al Pacino , su compañero de elenco en la serie de films de Francis Ford Coppola. El vínculo nunca fue sólido pero se convirtió en uno de los más importantes para la actriz, quien confesó que hasta llegó a proponerle matrimonio al actor que interpretaba a su marido en la ficción, Michael Corleone, a pesar de que nunca se imaginó a sí misma como «la esposa de».

«Lo conocí en el bar O’Neal, cerca del Lincoln Center, en Nueva York, cuando él era una estrella de Broadway. Nos habían dicho que teníamos que conocernos antes de empezar a audicionar para los papeles de Michael y Kay. Yo estaba nerviosa. Lo que más me llamó la atención fue su nariz, era tan larga como un pepino y luego la manera hiperkinética con la que se movía, parecía nervioso también. No me acuerdo hablar del guion, solo de mirar su rostro extraordinario», rememoró en la charla.

A continuación, Keaton reveló que ni él ni ella estaban solteros al comienzo del largo y tumultuoso idilio, que se desarrolló de manera intermitente, lo cual no dejaba satisfecha a la actriz. Sin embargo, la atracción pudo más y Keaton se enamoró al punto de considerarlo como «el gran amor de su vida» y «el hombre que no pudo tener». Motivos para sentir eso le sobraban: compartió incontables experiencias con Pacino a lo largo de las décadas, ya sea dentro como fuera del set, entre ellas, que ella misma le enseñó a manejar, que pasaron extensas horas ensayando, almorzando y cenando juntos, leyendo libros en la cama, escribiéndose cartas cuando sus compromisos laborales los distanciaban, y que se vio subyugada por lo primitivo y salvaje de su conducta («a Al parecía que lo hubiesen criado los lobos», bromea en su libro).

Pero ese vaivén no pudo continuar. Cansada, le dio un ultimátum a Pacino: «O te casás conmigo o al menos contemplá la posibilidad», le espetó. Sin embargo, la respuesta no fue la esperada. «Pobre Al, nunca quiso casarse y pobre de mí, que nunca paré de insistir». Tras la fallida propuesta de matrimonio, dejaron de ser pareja aunque retomaron con intermitencia su relación en reiteradas oportunidades. «Teníamos un patrón de ruptura muy predecible«, contó Keaton, quien todavía deja entrever cómo no pudo superar esos sentimientos tan magnéticos que iban del amor al odio, pasando por la indiferencia y el hastío.

«Al nunca fue mío. Pasé veinte años perdiendo a un hombre que nunca tuve, él no quería casarse: quería una salida», declaró finalmente Keaton, añadiendo que luego de ese profundo amor que no le fue correspondido, su manera de vestir empezó a cambiar y las inseguridades regresaron. «Después de Al, empecé a construir una coraza, me puse más sombreros, remeras y camisas siempre de mangas largas, sacos en el verano, botas con medias y bufandas en la playa», reveló sobre su look característico, del que se ríe en «Alguien tiene que ceder», donde sus ‘cuellos tortuga’ son un tema de debate.

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