Sep 192018
 

Mientras avanza el siglo XXI, nuestra inquietud en torno de la televisión, la cultura de masas y las personas es finalmente de índole escrituraria, lectora, periodística. Nos seguimos preguntando: ¿Cómo hablar de la televisión? ¿Están saldadas las diferencias entre las miradas clásicas que se le dedicaron desde sus orígenes a mediados del siglo XX en adelante?

La crisis financiera de canales y productoras le abriría la puerta a mediáticos-panelistas, mediáticos-actores, una subfauna ligada a la farándula, carne de castings, caza autógrafos. La economía se fue reponiendo y la sociedad fue entrando de la mano de los realities de la era global, con Gran Hermano a la cabeza. Programas de chismes y espectáculos inventaron, exprimieron y agotaron la televisión.

Los formatos van y vienen, la agonía de la televisión tal como la conocemos en el siglo XX, con su adrenalina del rating y el valor de estar en vivo, al resurgimiento de la video política y sobre todo a instancias de la concentración mediática y de la hegemonía del marketing de campañas, al hartazgo del televidente, a la muerte de la ficción, a la vuelta exitosa de ciertas ficciones “inteligentes” quizás porque empieza a haber una nueva generación educada y entrenada en Netflix.

El llanto en la TV, el derrape en vivo y en directo, el avance tecnológico, que convirtió a la vieja y deprimente caja boba en un smart tv que provee una experiencia brillante e hiperrealista en alta definición no son cuestiones menores si se quiere pensar en el futuro de las pantallas que no se espejan en otra pantalla sino que acceden finalmente a una terminal de humana carnadura.

«Unidos o nominados» es una novela de Claudio Zeiger algo bizarra y algo áspera sobre la Argentina de los primeros años del siglo veintiuno, protagonizada por unas personas que, para protegerse de la intemperie, buscaron refugio del otro lado de la pantalla. Todavía siguen ahí. O Eso creen.

 

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