May 172020
 

@Rfilighera

Es, sin duda, una de las actrices con mayor popularidad en toda la historia del espectáculo argentino. Comenzó siendo niña y, a partir de exponer en el cine un rostro y una figura adolescente que rezumaban inocencia, fragilidad y una enorme simpatía -fue una de las chicas emblemáticas de los filmes de Sandro-, se convirtió en referente de la colonia artística. Sin embargo, Solita Silveyra nunca se dejó encasillar en ningún género y su paso por programas mediáticos, en calidad de jurado del “Bailando por un sueño” o como conductora del reality “Gran Hermano”, con su antológica frase, “Adelante, mis valientes”, hablan de su versatilidad para adaptarse.

Su vida personal, ya desde muy pequeña, estuvo marcada por las ausencias, los alejamientos y la muerte, una figura que siempre rondó muy cerca sus mundos personales. En consecuencia, con apenas 21 años y siendo ya mamá, interpretó personajes de gran contenido emocional, como ocurrió en “Sabor a miel”, la producción teatral que, con la dirección de Sergio Renán, la convirtió, en la década de 1970 en una de las artistas argentinas de mayor vuelo profesional.

Así dadas las cosas, la vida de la actriz se constituyó con imágenes y grandes desafíos. Solita no doblegó sus sueños y transitó el dolor, la alegría, la frustración y los logros con su verdadero fuego sagrado. Precisamente, esa Solita íntima y profunda expresó, a modo de confesiones cargadas de emociones, las páginas de su vida en diálogo con DiarioShow.com

-La cuarentena te encontró en la casa de tu hijo Balthazar, junto con tu nuera y tus nietos. ¿Cómo transcurren estos días?

-La verdad es que soy una privilegiada, me encanta estar al lado de una parte importante de mi familia y estoy profundamente agradecida a la invitación que me hizo mi hijo para pasar esta etapa en su casa. Estoy muy contenida y desbordada de amor. Volví a realizar tareas del hogar, que, por otra parte, no las hacía desde hacía tiempo.

-Además de ayudar con el tema de la limpieza, ¿qué más hacés?

-Gimnasia todos los días y también me dedico a leer. Busco mucho para indagar en diversas áreas de filosofía e introspección y, al pasar tanto tiempo en la cocina con la papa, el zapallito, la remolacha, se me aparece inevitablemente la imagen de mi abuela. Recuperé muchos paisajes, olores y ruidos de aquellas situaciones de mi infancia.

-Tu infancia está marcada por el dolor, tus padres se separaron, luego tu mamá conoció a una nueva pareja que al poco tempo murió y quedaron en la ruina. ¿Cómo recordás esos años?

-Fue una etapa muy dura, tanto la infancia como la adolescencia. Tuve la suerte de poder salir a trabajar a los 12, y eso, realmente, me salvó la vida. La necesidad es una buena compañera, te ayuda a valorar determinadas cosas. Mis nietas están en una situación de privilegio, en comparación con mi infancia; yo tenía una mamá que no estaba bien, un papá que me dejó temprano y fui adoptada prácticamente por mi abuela. Fueron años complejos.

EL CAMINO PROPIO

-¿Por qué te casaste tan jovencita?

-Cuando conocí a José María Jaramillo me enamoré; yo tenía 18 y su imagen fue la de un príncipe. Nos casamos y cuando nació nuestro primer hijo yo me encontraba trabajando en “Rolando Rivas, taxista”. Después de muchos años nos separamos, pero nunca nos divorciamos. Es decir, nos separamos cuando él falleció. Estoy orgullosa del padre de mis hijos y de todos los Jaramillo descendientes.

-¿A tu hermano Máximo lo criaste como si fuera un hijo?

-Siempre lo resguardé de manera especial; yo le llevaba nueve años y fue como un hijo al que amé desesperadamente y nunca me voy a olvidar un pensamiento que me dijo Ana María Picchio: “A vos no se te murió un hermano, se te murió un hijo, por eso estás tan destruida”. Hoy, gracias a Dios, veo a los hijos de Máximo, Marina y Mateo, muy bien; ellos fueron padres con tres meses de diferencia uno del otro en 2019, y pienso mucho en Máximo: está presente.

-¿Pudiste superar el suicidio de tu mamá?

-Mi mamá ya había tenido varios intentos, hasta que lo consiguió a los 52, cuando yo tenía 32. Esto sucedió en La Rioja y se trató de algo muy duro; lo primero que pensé fue decirle: “Querida vieja, dejaste de sufrir”. Quedé muy enojada con ella y pude recuperarla muchos años después. Todos nos podemos equivocar en la vida; mi mamá tuvo varias equivocaciones, hay gente que sabe llevar su cruz y otros que no; lo que sí aprendí es que el perdón es algo maravilloso. Las imágenes que tengo ahora de ella son los gestos de amor que tuvo hacia mí.

-Con toda esta historia sobre tus hombros, ¿cuál es tu idea hoy sobre la vida?

-Nunca se me presentó la idea de suicidarme; jamás. Quiero demasiado a la vida y la respeto; si, en cambio, pienso en la eutanasia. Quiero irme de esta vida con una verdadera fiesta y no paro de investigar sobre la eutanasia. Pero la idea de matarme, jamás. No quiero ser un peso para nadie; quiero irme como soy: muy alegre y de la manera más digna posible.

-¿Qué es lo que más valorás de tu aprendizaje?

-La posibilidad de trabajar desde chiquita y de convertirme en una mujer independiente. Sin darme cuenta, ya era feminista desde niña y siempre creí en la autodeterminación y en mi independencia económica. Los grandes ejemplos son mis compañeros de trabajo: los actores a quienes amo y respeto. Y me salvaron la vida cuando me ayudaron, aconsejaron y protegieron.

Una bandoneonista adelantada

Solita interpretó a Paquita Bernardo, la primera bandoneonista argentina. Dicho trabajo, emitido en los años 80 por el entonces Canal 11, contó con la dirección de Carlos Rivas, el guion de Betty Couceyro y un elenco integrado con Alberto Segado, José María Gutiérrez y Elsa Berenguer.

La citada ficción se llamó “La flor de Villa Crespo” y tuvo como eje la vida de una mujer fundacional en el tango durante los años 20, etapa abordada únicamente por los hombres. Con pulso firme y riguroso bosquejo testimonial, compuso el rol de una mujer adelantada a su tiempo histórico, debido a que en esa épocas no existía el feminismo y menos la conciencia de empoderamiento.

Paquita desoyó todos los mandatos familiares y se convirtió en bandoneonista (instrumento nada “femenino” en aquellos tiempos) y, como si fuera poco, en directora de su propia orquesta.

La actriz pasa la cuarentena junto a sus nietas y la pasan genial.

 

Rating y éxito con Laport

La reposición en la tele del primer episodio de una de sus producciones emblemáticas, como fue “Amor en custodia”, mereció de parte de Solita el siguiente análisis: “Realmente nunca me divertí tanto en mi vida; adoro esa novela, a su historia y a los personajes y, por sobre todas las cosas, a ese gran compañero que es Osvaldo Laport.

La tira arrancó el primer capítulo con 16 puntos de rating; después promedió los 22, con picos de 24 y en su penúltimo capítulo alcanzó una marca de 27.3, siempre manteniéndose en los primeros puestos del índice de audiencia. Se convirtió en uno de los grandes éxitos de Telefé”.

Laport y Sylveira en “Amor en custodia”.
Una charla íntima con la actriz (Rubén Paredes /Crónica)

NOTA COMPLETA

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