May 182020
 

Cabe señalar, en este sentido, el contexto histórico del país y el cuadro emocional que se encontraba viviendo la Coca por ese entonces. La trama de este episodio tuvo lugar, puntualmente, durante la primavera de 1979, en los años de plomo, desapariciones, censuras y prohibiciones. Isabel no lograba recuperarse de la muerte de su ser más querido: María, su madre, quien la había acompañado durante toda su vida y había sido su principal sostén, acompañamiento y contención.

 

En consecuencia, se encontraba emocionalmente muy frágil; no podía superar, en definitiva, aquella pérdida para la que no se encontraba preparada, más allá del apoyo anímico que le podía dar Armando.

La muerte de su mamá, María, había calado hondo en el ánimo de Isabel.

 

La reunión había sido organizada por el Instituto Nacional de Cinematografía, con el objetivo de dar a conocer los guiones que habían sido autorizados. Habrá que ubicarse en ese contexto: el país estaba gobernado por una de las dictaduras más atroces y de mayor represión. En consecuencia, muchos artistas, productores y directores se dieron cita aquella vez por una cuestión de formalidad.

 

Isabel le había dicho una y otra vez a Armando Bo que no se encontraba en condiciones de salir de su vivienda en Martínez. “No, Armando, no insistas, no puedo ir, no me siento con ganas”. Sin embargo, el realizador y actor no cejó en su cometido: “Nos conviene, tenemos que ir… debemos seguir filmando y no podemos permanecer a espaldas de los ‘entorchados’ (así denominaba a los militares). Hacé un esfuerzo, por favor, es por nuestras películas”, según reseñó el periodista Néstor Romano en su biografía sobre la gran estrella erótica de nuestro cine.

 

Mal clima

 

Así dadas las cosas, Isabel finalmente aceptó y eligió un vestido de fiesta, ajustado al cuerpo y, obviamente, con un escote generoso, bien al estilo de la Coca y que le había diseñado el amigo de la pareja, el legendario Paco Jamandreu. Armando la pasó a buscar por Martínez y se dirigieron a un edificio que era utilizado por los militares para realizar diversos eventos de promoción y que estaba ubicado en Parera a metros de Quintana, pleno barrio de Recoleta.

 

Durante un momento de la reunión, el realizador Carlos Borcosque (hijo) se encontraba conversando con el padre Zaffaroni, quien reparó en la presencia de Víctor Bo, quién también había ido hasta ese lugar para apoyar el emprendimiento cinematográfico de su padre, Armando, y del que formaba parte. Borcosque, ante la consulta del sacerdote en cuestión, se lo presentó y al advertir el religioso el vínculo de Víctor con los filmes de Isabel Sarli, su ánimo empezó a cambiar de manera notoria y, ahí nomás, le advirtió sobre el efecto nocivo que generaban en la sociedad argentina las películas de su padre. Ni corto ni perezoso, Víctor fue a comentarle dicho episodio a su progenitor con lujo de detalles. Entonces, Armando se acercó hasta el cura y le pidió explicaciones y al observar que la situación podía generarle mayor incomodidad, se alejó del lugar y se dirigió a la calle para fumar un habano.

 

 

Para esa época, ya protagonizaba filmes junto a Víctor Bo.

A todo esto, Isabel se encontraba charlando con el exhibidor cinematográfico Guillermo Cyrulnik; en tanto, muy cerquita, estaba otro productor, Clemente Lococo (h), quien al observar la presencia cercana del cura tuvo, probablemente, la no muy afortunada idea de presentárselo a Coca.

 

Con toda la inocencia del mundo, tan característica en la personalidad de la diva, le preguntó al sacerdote, en relación a la reciente muerte de su madre: “La muerte de mi mamá, padre, me sigue afectando muchísimo. ¿Cómo hago para superar este golpe?”, pidiendo de alguna manera una palabra de alivio, de contención para mitigar la crisis emocional que estaba experimentando. Zaffaroni, de manera intempestiva y con su dedo índice señalando el escote de la estrella, lanzó una serie de amenazas y agresiones: “¡Mire cómo anda! Usted no va a tener perdón de Dios… no le da vergüenza”.

 

Superada por la bronca y la indignación, Isabel le asestó con la mano derecha un tremendo cachetazo al rostro del cura y con la otra, lo tomó del cuello, perdiendo el equilibrio el sacerdote y cayendo sobre una mesa en la que había sándwiches y bebidas. Isabel había montado en cólera, estaba fuera de sí. Varios se acercaron hasta la estrella para cercarla y que no incurriera en algún nuevo golpe, mientras que el damnificado, ayudado por dos productores, se ponía de pie. La situación no terminó ahí, Como consecuencia de los nervios, Coca tropezó y cayó de rodillas, llorando desconsoladamente; a todo esto habían llegado Armando y su colega Alejandro Doria, quienes la ayudaron a reponerse. Entonces, Armando la tomó del brazo y la sacó del lugar, y Sarli le pegó con su puño cerrado a un mármol, ocasionándose heridas.

 

Ante una requisitoria periodística, Zaffaroni expresó después su versión de los hechos: “En un determinado momento de la reunión, la señora se acercó a mí, yo no la conocía y le pregunté quién era y me comentó, luego, que era católica y que educaba a su hija en un colegio religioso. Más adelante le dije que desperdiciaba su talento en un género inferior cinematográfico y me aseguró que lo hace porque el público se lo pide… posteriormente, se echó a llorar”.

 

En tanto, Isabel destacaría luego que “le pegué una cachetada porque ofendió la memoria de mi madre”. Fue, en definitiva, un gran testimonio sobre la mentalidad que imperaba en el país por esos años, entre el totalitarismo, la intolerancia y los castigos ancestrales de la Edad Media. Isabel, solamente, defendió su dignidad y lo hizo de acuerdo con sus más firmes convicciones.

 

El estilo voluptuoso de la Coca escandalizó a muchos en su época.

NOTA COMPLETA

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