May 252020
 

Incomprendido, amado y odiado. Astor Piazzolla fue más que músico, compositor y director de orquesta; ha sido un artista integral que combinó culturas, estilos musicales de diverso origen y buceó en el sentimiento de cada país que visitó y trabajo, brindándonos páginas de identidad absoluta. Sin embargo, nadie como él ha enriquecido la música de Buenos Aires inyectándole aires de modernismo y teniendo como base los genes del tango.

Eso sí, desde otra perspectiva, modalidad y recorrido, en donde el género clásico, el jazz y la música brasileña formaban parte de un todo, de ese conjunto magistral que Astor admiraba tanto y en donde reflejaba, por otra parte, sus verdaderas convicciones.

En su época criticado, hoy es reconocido con justicia como un innovador del tango.

Sin embargo, nadie como él ha enriquecido la música de Buenos Aires inyectándole aires de modernismo y teniendo como base los genes del tango. Eso sí, desde otra perspectiva, modalidad y recorrido, en donde el género clásico, el jazz y la música brasileña formaban parte de un todo, de ese conjunto magistral que Astor admiraba tanto y en donde reflejaba, por otra parte, sus verdaderas convicciones.

 

La Ciudad Feliz

 

Nació en Mar del Plata, aunque siendo pequeño su familia, por razones de trabajo, se trasladó a Nueva York y en esa metrópoli, probablemente, forjó el gran ideario de su trayectoria. En una casa de empeños, su padre le compró un bandoneón, aunque no pudo encontrar en esa city al maestro que le pudiera enseñar su ejecución. La pasión por la música, en tanto, ya se presentaba de manera genética: su padre había sido acordeonista y le había trasladado, en consecuencia, la vocación.

 

En Estados Unidos, precisamente, a través de su padre, pudo conocer a Gardel, y este le permitió, luego, tener una breve participación como vendedor de diarios en el recordado filme “El día que me quieras”. No viajó con el Mudo en aquella gira trágica porque su padre se lo impidió. Se hubiera tronchado, de esta manera, la personalidad más importante en el universo de la música del dos por cuatro.

 

Entonces, nuevamente aquí, en su Mar del Plata natal, pudo aprender los primeros acordes del bandoneón a través de un viejo inmigrante italiano que tocaba en la confitería La Munich. De esta manera, empezó, inevitablemente, a despuntar el vicio y los primeros conocimientos en el tema.

Luego, a través de otro inmigrante, un músico húngaro con búsqueda en la música clásica, el joven Astor se inclinó, también, por otra modalidad que le permitirá, en el futuro profesional de su carrera, indagar en fuentes que lo trasladarán a sus fundamentales principios musicales.

 

Cuando consiguió vincularse con Alberto Ginastera que, por ese entonces, residía en el barrio de Barracas, su visión de la música y la cultura empezó a generar caminos insospechados de creación. Ginastera le aconsejó presenciar los ensayos de orquestas sinfónicas. Período de la Segunda Guerra Mundial, nuestro país se había declarado neutral y, por consiguiente, a Buenos Aires llegaban personalidades como Manuel de Falla y Aaron Copland, artistas de los que Piazzolla se nutrió de manera notable.

 

En tanto, Astor ya había empezado a manifestar particular admiración hacia músicos como Julio De Caro, Elvino Vardaro, Pedro Laurenz y Pedro Maffia, a los que consideraba verdaderos renovadores en el universo del tango. También había estudiado con Terig Tucci, hombre vinculado con el derrotero artístico de Gardel.

 

Con el Gordo

Aquel joven inquieto y con un problema en una de sus piernas que lo había alejado de la actividad física, iba con particular asiduidad al café Germinal y seguía con especial unción a cada una de las agrupaciones musicales. Un día, el músico Hugo Baralis se contactó con Piazzolla y generaron una rápida relación. Precisamente, a través de Baralis, quien le comunicó que uno de los bandoneonistas de Aníbal Troilo se encontraba enfermo, se vinculó con el Gordo y, de esta manera, impensada, debutó en aquella famosa agrupación.

 

La vida del tanguero, en líneas generales, Astor la despreciaba. No le interesaba la noche; únicamente la frecuentaba con el objetivo de estudiar. Entonces, para aquel muchacho de 18 años, su búsqueda pasaba, puntualmente, por otras circunstancias. Precisamente, al iniciar un noviazgo con Odette María Wolff, su mirada sobre el arte también iba a generar la necesidad de indagar sobre pintura, cubismo y surrealismo. Se casaron en 1942 y fueron a vivir a un departamento muy chico ubicado en el barrio de Monserrat. De esa unión, precisamente, nacieron Diana y Daniel.

 

En tanto, Astor se encargó de realizarle a Troilo los arreglos del tango “Inspiración”, circunstancia que le permitió empezar a indagar en recursos clásicos y barrocos. En 1944 abandonó la orquesta de Troilo por la famosa “goma de borrar”, ya que Astor sostenía que “de las mil notas que escribía, él me borraba 700”. Además, la relación con los músicos de la orquesta de Troilo se hacía cada vez más traumática. Astor apelaba, cada vez más, a la preparación.

 

En los descansos de las presentaciones de la orquesta, sus compañeros se iban a tomar un trago o a fumar y Astor, en cambio, aprovechaba para estudiar, componer y sacar nuevas armonías, situación que enardecía a sus compañeros hasta el punto de la burla, la discriminación o hacerle desaparecer escritos o rompérselos, puntualmente.

Burlas y discriminación

 

En tanto, al dejar a Pichuco, se integró a la formación de Francisco Fiorentino, aunque sus convicciones más firmes se dirigían hacia otras fuentes musicales. Astor aseveraba por entonces que “mis seguidores no son los bailarines de milongas, son los que prefieren permanecer en sus mesas, tomar un café y escuchar”. Y seguía siendo blanco de críticas y burlas. “Che, pibe, ¿qué te pasa?… ¿Vos te creés que estás en el Colón?”.

 

En tanto, cuando interpretaba en esos cabarutes alguno de sus arreglos musicales, las coperas del boliche salían a bailar en puntas de pie expresando, irónicamente, que lo que estaban escuchando se relacionaba más con el género clásico que con el tango propiamente dicho. Al poco tiempo, Piazzolla dejó a Fiorentino y confesó que el histórico cantante era muy poco propenso a las audacias musicales y renovaciones.

 

Años después, y como consecuencia de ganar un concurso, Piazzolla viajó a Europa, años ’50, y a partir del conocimiento que tuvo con Nadia Boulanger y tomar clases musicales, su estilo puso pilares cada vez más firmes, convirtiéndose, de esta manera, en otro tipo de compositor. Boulanger le imprimió a Piazzolla, que había expuesto una técnica que había maravillado a la profesora, un tema que no era menor: vincularse más al sentimiento, el corazón y un poquitín menos al virtuosismo. En definitiva, la unión de estos elementos sería fundamental para Astor en toda su trayectoria.

 

Piazzolla, entonces, se relacionó con músicos de la orquesta de París y también con su compatriota Lalo Schifrin, generando encuentros profesionales de gran magnitud. También se hizo presente su relación artística con un músico de jazz excepcional: Gerry Mulligan. Y luego de su retorno de París, en 1955, puntualmente, Astor formó el Octeto para comenzar a generar cambios fundamentales en la historia y armonía del “dos por cuatro” y, en consecuencia, la polémica y el escándalo ya se iban instalando con los tangueros clásicos por antonomasia.

 

 

Un mago del bandoneón.

 

 

Octeto

 

Y así nació el Octeto, integrado por el propio Astor y Leopoldo Federico en bandoneones, Francini y Baralis en violines, Atilio Stampone en piano, Horacio Malvicino en guitarra eléctrica, José Bragato en violoncelo y Hamlet Greco en contrabajo (quien luego sería remplazado por Juan Vasallo). Una formación que empezaría a marcar historia como un antes y un después en el derrotero del tango y la música popular argentina. El objetivo de esta agrupación radicó en generar una propuesta en donde la base de la música clásica y la investigación y las nuevas innovaciones le dieran el sello propio a la dinámica, por excelencia, de Astor. De manera paralela y, a modo de extra, de changa como dirían los muchachos del barrio, Piazzolla trabajó junto a una orquesta de cuerdas de Radio El Mundo y así pudo generar una serie de importantes ahorros. A su vez, siguiendo las muy acertadas sugerencias de Boulanger, se dedicó a la composición de varios temas.

 

Después, hablando de cuerdas precisamente, intervino en otra agrupación con la voz y presencia de Jorge Sobral. Acto seguido, en Estados Unidos grabó dos perlitas, muy difíciles de hallar en la actualidad y a lo que él denominó jazz-tango. Años después, en 1960, ya instalado nuevamente en Buenos Aires, dio vida al Quinteto Nuevo Tango. Justamente, con esta agrupación daría a conocer uno de sus opus máximos, “Adiós Nonino”, en tributo a su padre, y emblemáticas composiciones como “Las cuatro estaciones”, “Fracanapa”, “Calambre” y “Buenos Aires hora cero”.

 

Piazzolla con su pareja Amelita Baltar, Zita Troilo y Pichuco, paseando en la Rambla de Mar del Plata.
Junto a Amelita Baltar, Zita Troilo y Pichuco paseando por la rambla de Mardel.

Horacio Ferrer

 

Otro capítulo fundamental de su trayectoria. En 1963 compuso “Introducción a Héroes y Tumbas”, con letra de Ernesto Sabato, y años después vendría otro capolavoro, “Balada para un loco”. A todo esto, se separa de Dedé Wolff, cimenta una sociedad artística de enorme valía con Horacio Ferrer y, además, incorpora en las filas de su agrupación a Amelita Baltar, con quien, paralelamente, comenzó una relación afectiva que se extendió durante cinco años. En 1973 sufrió un infarto y se recluyó, artísticamente, en Italia. Incorporó, entonces al cantante José Ángel Trelles.

 

Ya separado de Amelita Baltar, conoció a Laura Escalada, quien fue la mujer que lo acompañó hasta el minuto final de su existencia. En derredor de todo esto, “Suite Troileana” (en homenaje al Gordo Troilo), “Libertango”, y trabajos con Gerry Mulligan y Gary Burton se erigieron en piezas fundamentales de su trayectoria. En París, en mayo de 1990, sufrió una trombosis cerebral de la que no pudo recuperarse nunca. Fue trasladado a Buenos Aires y, luego de un estado de permanente agonía, murió el 4 de julio de 1992. Y la leyenda, para bien de la cultura y la música argentina, continuó, más Astor que nunca, en su testamento y legado artístico.

Vida y obra de un artista de excepción que fue venerado a nivel mundial.

NOTA COMPLETA

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