May 242021
 

@RFilighera

Figura super emblemática de toda la historia de la música argentina, sobre todo del jazz. “Existen tres tipos de pianistas, a saber: los que no tocan nada y tienen mucha audiencia, los que tocan mal y persisten y los que como yo tratan de aprender todos los días hasta los cinco minutos antes de su muerte y no lo consiguen”. De manera irónica y con su habitual pátina de transgresión, así se definía el inefable músico Enrique Mono Villegas, que deslumbró con un estilo majestuoso la mirada de componer e interpretar el piano. Un personaje extraño, muy amigo de los amigos, solidario a ultranza. Un caminante incansable de la noche de Buenos Aires.

Nació el 11 de julio de 1913, casualmente en la misma cuadra de otros “próceres” de la música popular: Adolfo Avalos y Pichuco Troilo. Su padre fue dentista, escribano, abogado y después dejó todo para dedicarse a criar gallos de riña. Su madre murió joven, de un ataque cerebral, cuando Enrique tenía apenas seis meses. Como lo criaron unas tías, decía haber hecho “todo lo que se me dio la gana, toda mi vida”. El Mono creía que su vida había terminado a los 7 años. Desde entonces sólo se había dedicado a tocar el piano y a leer. A esa edad, ya tocaba Mozart correctamente. Fue anotado en el conservatorio al mismo tiempo que en el colegio primario. Su descubrimiento del jazz llegó poco después, a los nueve años ya que tenía mucha imaginación, una materia prima imprescindible en el destacado músico.

Por su parte, el compositor Alberto Williams fue quién le permitió ejecutar todos los géneros y le brindó su primera instrucción musical. Vale señalar que los primeros años de su recorrido profesional lo encuentran incursionando en la música clásica, folclórica y en el tango. Estas raíces nunca dejarán de hacerse presentes aun cuando luego abrazara el jazz. Llegó hasta el cuarto año del Colegio Nacional Mariano Acosta donde dejaba las clases para ir a estudiar piano. Era “un tipo inteligente, músico de raza y de nacionalidad pianista”, decía de sí mismo.

En 1932 estrenó el Concierto para piano y orquesta de Ravel, en el teatro Odeón de Buenos Aires. Por esa misma época descubrió a quien él reconoce como sus “maestros espirituales”: Art Tatum, Fats Waller, Duke Ellington y Louis Armstrong. Aunque luego incorporaría otras influencias (Thelonious Monk y Bill Evans), tanto su estilo como su repertorio quedarían marcados para siempre por la impronta de estos cuatro grandes. Ese mismo año estrenó en el Consejo Nacional de Mujeres la versión original de la “Rhapsody in blue”, de George Gershwin.

Alrededor de 1935 realizó su primer trabajo en el Alvear Palace y en radio El Mundo.

En 1941 estrenó su “Jazzeta, primer movimiento”, junto a Carlos García. Dos años después formó el Santa Anita Sextet con Juan Salazar en trompeta, Chino Ibarra en saxo tenor, Panchito Cao en clarinete, Tito Krieg en bajo y Adolfo Castro en batería. En tanto, en  1944 formó el combo Los Punteros, con Juan Salazar en trompeta, Bebe Eguía en saxo tenor, Jaime Rodríguez Anido en guitarra, Nene Nicolini en contrabajo y Pibe Poggi en batería. Así dadas las cosas, posteriormente ingresó como pianista para el dúo Martínez-Ledesma, en reemplazo de Horacio Salgán y aprendió a tocar música criolla. Su continuidad en el mundo del espectáculo va en pleno ascenso y en 1953 escribió la música para la pieza teatral “Un tranvía llamado deseo”, del afamado autor Tennessee Williams, que se estrenó en el teatro Casino con la compañía de Mecha Ortiz.

A todo esto, grabó para discos “Music Hall”, música criolla con guitarra y bombo , zambas, chacareras y temas de jazz. Inmediatamente después, ganó la copa Mundo Radial como solista favorito del “Bop Club”, del cual fue socio fundador.

Premiado, y admirado por su talento.

Una etapa muy significativa en su vida y en su trayectoria está centrada en 1955, oportunidad que viajó a Nueva York donde grabó para Columbia Records con Milt Hilton, en bajo y Cozy Cole, en batería. Fue en esa oportunidad que le propusieron al Mono grabar temas del compositor cubano Ernesto Lecuona y no aceptó. Como contrapartida se dedicó a mirar películas, a tocar en pequeños lugares y a frecuentar, nada más ni nada menos, que a Cole Porter, Count Basie, Nat King Cole y Coleman Hawkins. Y la vida, le dio por entonces una de sus mayores gratificaciones: en 1957, en Cleveland, disfrutó por primera vez a Duke Ellington en vivo y en directo; “Gracias a él, empecé en el jazz”, decía. Y aseguraba sentirse identificado porque “jamás repetimos la música aunque toquemos los mismos temas. Estamos convencidos de que el jazz, como la conversación, debe ser espontáneo”.

Y la vida y la trayectoria le sigue generando nuevas posibilidades. Tiene la oportunidad, en 1958 de participar en el Festival Casals en la Universidad de Río Piedras (Puerto Rico). En 1973 grabó el disco de sus 60 años en el Teatro Municipal General San Martín y en 1974 volvió a tocar la “Rhapsody in blue” en el club Vélez Sarsfield, ante 20. 000 espectadores. En 1975 tocó en solo de piano un repertorio de jazz en el Teatro Colón de Buenos Aires.

Una carrera como venimos señalando, rica en contenidos, creatividad y expresión estilística. En 1966 graba su primer LP en Argentina, “Cuerpo y alma”, para el sello Trova  producido por Alfredo Radoszynski y que será el productor de todos sus discos (7 para Trova y 1 para Aleluya Redords). Estuvo acompañado, vale señalar, por Jorge López Ruiz en contrabajo y Eduardo Casalla en batería. Con la misma formación grabó en 1967 Metamorfosis (Los 24 preludios de Chopin) y Tributo a Monk.

En 1968 pone en el disco “Porgy & Bess” (piano solo) y “Encuentro” (Jazz en Buenos Aires) con los músicos de la orquesta de Duke Ellington, Paul Gonçalves (saxo tenor) y Willie Cook (Trompeta) y los argentinos Alfredo Remus (contrabajo) y Eduardo Casalla (batería). También en 1968 graba “Baladas de amor”, acompañado por Jorge López Ruiz en contrabajo. Una temporada fundamental en su trayectoria y de pleno reconocimiento tendrá lugar, en 1973, ya que graba “60 años” , disco celenbratorio de su 60 cumpleaños “en vivo en el estudio”, acompañado de Oscar Alem (contrabajo), Osvaldo López (batería) y Ara Tpkatlian (saxo tenor y flauta).

Una noche de música junto a Aníbal Troilo.

Finalmente, en 1977 pone el registro de su último disco de estudio: “Tributo a Jerome Kern” con Oscar Alem (contrabajo) y Osvaldo López (batería).

En 1985 recibió el Premio Konex como uno de los 5 mejores jazzistas de la Argentina. Por esos mismos años, tocó en el estadio de Vélez Sársfield la Obertura 1812 de Chaikovski, acompañado de orquesta. Ese espectáculo contó con la conducción de Blackie (Paloma Efron). Toda una inolvidable rúbrica para el genial músico que nos dejó el 11 de julio de 1986.

 

Acerca del Mono Villegas

 

Por Luis Alposta

 

Su fama llegó hasta Estados Unidos, donde se lo consideraba uno de los mejores pianistas de jazz extranjeros. El Waldorf Astoria de Nueva York, lo contrató para actuar, acompañado de contrabajo y batería, en el bar y en el lujoso restaurant del famoso hotel neoyorquino. Villegas llegó a Estados Unidos el día antes del debut. Llevaba la idea de quienes serían sus acompañantes musicales. Y apareció momentos antes con un contrabajista negro (seguramente el mejor en esa especialidad instrumental). Negativa rotunda de la empresa: “Negros, no”. “Bueno -dijo resignadamente Villeguita-. No debuto”. Y se fue. Al día siguiente se embarcó en un carguero y regresó a Buenos Aires.

Su largo recorrido musical desembocó en la excelencia jazzística.

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