Jul 152021
 

Con una perseverancia conmovedora, durante casi medio siglo el climatólogo estadounidense Charles Keeling registró diariamente los niveles de dióxido de carbono de la atmósfera en el monte Mauna Loa, en Hawai. Comenzó en 1958 y lo siguió haciendo a pesar de la indiferencia de la comunidad científica, confiado en que sus mediciones continuas serían útiles en un futuro. El tiempo le dio la razón. Años después sus datos alertaron por primera vez al mundo sobre la posibilidad de una contribución humana al calentamiento global. Hoy la llamada Curva de Keeling, una serie de actualización diaria disponible en la web que refleja el aumento abrupto de la concentración de CO2 en la atmósfera, es quizás el gráfico más relevante de la era en que nos toca vivir.

Según los expertos que estudian el cambio climático, lo que advierte de forma irrebatible la Curva de Keeling es que ya no nos queda margen para seguir emitiendo carbono –uno de los gases de efecto invernadero responsables del calentamiento global– y que si queremos evitar que el aumento de la temperatura mundial genere una catástrofe climática y altere para siempre el planeta tal como lo conocemos, debemos recortar drásticamente nuestras emisiones. En otras palabras, tenemos que empezar a pensar en términos de carbono.

La mentalidad de carbono es un nuevo enfoque en la agenda sustentable global que comienzan a adoptar cada vez más líderes políticos, empresarios y también ciudadanos de a pie. ¿De qué se trata? Básicamente, de incorporar la variable de las emisiones de dióxido de carbono como una prioridad en la toma de decisiones. Ya sea proyectando una gran obra pública, lanzando un nuevo producto de una marca o incluso planeando unas vacaciones en familia, hay que tener en cuenta dos presupuestos: uno financiero y otro de carbono. Con la particularidad de que este último es fijo ya que hay un límite de carbono que no debemos sobrepasar si queremos evitar un colapso climático.

“Debemos desarrollar una hoja de ruta climática sólida e inclusiva a través de objetivos y métodos basados en la ciencia, e inculcar una mentalidad de carbono en las organizaciones, con el fin de reducir las emisiones netas a cero en todo el mundo, tan rápido como podamos”, dice en diálogo con la nacion la italiana Elena Morettini, geóloga con extensa trayectoria en la industria energética que ahora lidera el área de negocios sostenibles de Globant, el unicornio argentino que busca acompañar, a través de la digitalización y la tecnología, las transiciones energéticas de empresas de todo el mundo.

Compromiso global

¿Es utópico pensar en un mundo descarbonizado en el corto plazo? Muchos señalan que el imperio de los combustibles fósiles tambalea hace tiempo pero que no termina de caer. El principal argumento de los escépticos es económico: aunque no lo parezca, el petróleo es un bien muy barato. Al respecto, no tiene desperdicio la comparación que hace Bill Gates en su último libro sobre cómo cuesta menos un litro de gaseosa que un litro de crudo.

Sin embargo, algunos optimistas se ilusionan con el hecho de que por primera vez en la historia, decenas de países, cientos de ciudades y miles de empresas asumieron en público compromisos climáticos para reducir drásticamente sus huellas de carbono. El caso más emblemático es el de Estados Unidos, que de la mano de Joe Biden y de un gabinete de perfil verde se comprometió a disminuir a la mitad sus emisiones de gases de efecto invernadero para 2030, con vistas a alcanzar la neutralidad en carbono para 2050. En la otra esquina del ring geopolítico, China, el principal contaminante global, hizo lo propio. Incluso el gobierno argentino estableció ambiciosas metas con el objetivo de limpiar su matriz energética.

Entre los que promueven la necesidad de empezar a pensar en términos de carbono, una idea viene pisando fuerte: para evitar un colapso climático todos deberíamos calcular nuestra propia huella de carbono personal. ¿Cómo se calcula? Haciendo un inventario de las actividades individuales que generan gases de efecto invernadero durante un año, mediante apps gratuitas. El siguiente paso es compensarla, es decir, equilibrar la cantidad de carbono que liberamos a la atmósfera, por ejemplo restaurando bosques u otros ecosistemas que sirven como sumideros de carbono. Se estima que para compensar su huella personal, en promedio cada argentino debería plantar unos tres árboles por año. Un objetivo que puede parecer lejano pero que es alcanzable si combinamos la tenacidad que alguna vez mostró Keeling con una mentalidad de carbono.

El autor es periodista especializado en sustentabilidad y fundador de www.Aconcagua.lat

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