Jul 152021
 

Vivimos en una época en la que nos pasamos el tiempo haciendo cuentas. Como máquinas. Hace días ya que esta idea me da vueltas en la cabeza porque además me afecta. Me preocupa esta pulsión irrefrenable pero impuesta de contabilizar todo en cada momento. Como obsesivos y voraces. Y obedientes. O condenados. El peso de una persona, la altura, la edad, los títulos universitarios, los autos, los metros de su casa, el número de modelo de su celular, la capacidad de la memoria de su celular, la plata que tiene en el banco, cuánto come, cuántas porciones de pizza se comió, cuántos pares de zapatillas se compró, cuánta gente la sigue en Twitter, ¿tiene dos cuentas en Facebook?, cuántos años hace que está en pareja y todavía no convive, la cantidad de hijos, cero hijos, los países que conoce, lo que paga cuando sale a cenar a un restaurante, los minutos que tarda en responder un mensaje, los libros que leyó, los libros que leyó en pandemia, el aumento de sus anteojos, la altura de la calle en la que vive, lo que vale su reloj, lo que calza, las horas que pasa frente al televisor, los kilómetros que tiene su auto, el rating en la televisión, las visualizaciones en YouTube, los corazones en un posteo, los comentarios, los premios, los amigos, el Producto Bruto Interno, las distancias, los caracteres de un posteo, las llamadas perdidas, todo lo que perdemos, estos últimos meses que pasamos sin vernos.

Comencé a pensar en esto hace unas semanas, cuando con mi novio nos fuimos en auto a la costa y en las horas de viaje, mientras él manejaba y yo le cebaba mates espantosos, nos pusimos a jugar a un juego que consistía en adivinar cuántos seguidores tienen los famosos en las redes. Ahí estábamos los dos, contando. Nos sorprendimos porque nos dimos cuenta, por ejemplo, que Tini Stoessel en Instagram tiene como quince millones y Lali, que para nosotros era más top, nueve; o que Harry Styles, un británico con voz de miel en trozos que se viste como se le antoja, con una elegancia que parece recién salida de la pastelería más exquisita de Francia, tiene muchísimos menos likes que Justin Bieber, un canadiense de la misma edad y que hace algo parecido pero resulta como la persona más importante del mundo, detrás de Lionel Messi, a quien siguen 230 millones de personas, más de cinco veces la población de la Argentina.

Y de hecho nos entretuvimos, hicimos comparaciones que no tenían nada que ver, chequeamos cuánta gente escucha a Paul McCartney en Spotify y cuánta, por ejemplo, a Karol G o a Nicki Nicole, y nos quedamos pensando en quién consume qué cosa, siempre así él y yo, medio nostálgicos, medio “qué lástima que no vivimos en el pasado”, él más tanguero, yo más The Beatles en la India. Después cambiamos de tema y no recuerdo bien cómo siguió el viaje, tal vez hablamos de unas vacaciones a futuro o escuchamos un poco de la cumbia que bailábamos cuando salíamos a bailar, pero yo agarré mi anotador y escribí algo molesta, o quizá perturbada, el título que lleva este texto: la medida de todo.

Comprendo ciento por ciento que hay cuentas que son necesarias porque no se puede vivir sin ellas. De hecho agradezco mucho a la matemática porque brinda soluciones. Dos kilos de bananas me sobran para una semana, con setecientos pesos pago por un mes lo que uso de gas, con seis horas de sueño me siento descansada, con 600 miligramos de ibuprofeno se me va el dolor de cabeza. Pero también creo que estamos contando de más, midiendo, comparando. Y me resulta imposible no pensar que es por algo, que es a propósito, que estos números tapan, así de a muchos, como el agua cuando inunda, cubren y ocultan. Son el lugar perfecto para plantar la atención y olvidar que hay vacíos, que los tenemos al lado y que nos persiguen.

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