Jul 152021
 

“Los norteamericanos no podían creer que la gran estrella de la comedia musical argentina era una actriz que no sabía cantar. ¡Pero hizo un éxito descomunal por aquel entonces!”, le recordaba a este cronista –entre risas y masitas, en el living de su casa– la gran China Zorrilla, adaptadora de La mujer del año, título que desde el 14 de agosto de 1983 estuvo en cartel durante tres años consecutivos (además de una cuarta temporada en 1989). ¿La actriz que no podía cantar pero cantaba? Susana Giménez, y dejó mudos a todos.

En 1982 Carlos Perciavalle vio La mujer del año, en Nueva York. Estaba protagonizada por Lauren Bacall que, por aquel entonces, tenía unos esplendorosos 62 años. Fue en un viaje que hizo con su gran amiga Susana Giménez. A ella mucho no le gustó. Le pareció que Bacall tenía una voz gruesa y poco agradable. En cambio, al “rey del café concert” le pareció una obra ideal para que haga Mirtha Legrand, la gran diva argentina por aquella época, y compró los derechos para producirla. Era perfecta porque la historia giraba en torno a una entrevistadora estrella de la televisión que era declarada “mujer del año”. En aquellos años Perciavalle no paraba de trabajar: contratos de seis meses en el Maipo, tres meses en Montevideo y dos en Punta del Este, además de giras por el interior argentino, con sus espectáculos de humor.

Decidido, le llevó su idea a Daniel Tinayre, productor y esposo de Mirtha Legrand, que le respondió contundente: “Carlos, esto es una comedia musical fabulosa, para que la haga una muy buena actriz que sepa cantar y bailar. Chiquita no sabe cantar ni bailar”. No podía ser.

¿Y Susana Giménez? En 1969 saltó a la fama como modelo de una publicidad de jabón y su debut teatral fue en 1972 con la comedia Las mariposas son libres. Recibió muchos elogios y fue una sorpresa su ductilidad para la comedia, en un contrapunto difícil con un grande de la escena como Rodolfo Bebán. Hasta entonces, no volvió a hacer otra obra que no fueran revistas de alta exposición pero baja calidad. “No me gustaban, ya no estaba cómoda”, dijo. Era un nombre común en la prensa del corazón, que se regocijaba con su vida personal, ya que comenzaba un resonante noviazgo con uno de los “galancitos” más populares del momento: Ricardo Darín, doce años menor. Su éxito más estable en la televisión había sido Alberto y Susana, por Canal 13, en 1980. Es decir, aunque nunca tuvo fracasos, la mitad de los 80 la encontraron con un poco menos brillo.

Así fue como sus amigos, el joven productor Daniel Mañas y Carlos Perciavalle le propusieron hacer La mujer del año, un tipo de espectáculo en el que podría mostrarse en una faceta absolutamente distinta a lo que venía haciendo. Después de todo, Lauren Bacall no sabía cantar, ni bailar. Aunque tenía tanto encanto que el severo Frank Rich –crítico del New York Times– dijo que era “una estrella natural de la comedia musical”. Pero Susana se negó rotundamente.

El productor Dany Mañas y su gran amiga Susana Giménez

Esa misma noche, los diarios publicaban que Bacall, la viuda de Humphrey Bogart, dejaba el elenco para dejarle su lugar a Raquel Welch, nada menos que uno de los ídolos de la diva argentina. Perciavalle recuerda lo ocurrido al detalle: “Si lo puede hacer ella, que es un símbolo sexual, también lo puedo hacer yo”, habría dicho Susana, según el cómico.

Daniel Mañas se entusiasmó con el proyecto y de inmediato se lo contó a Luis Alberto Amadori, César González y Zully Moreno, los propietarios del Maipo. Ellos habían albergado durante tres exitosas temporadas a sala llena los shows de Perciavalle. Era justo confiar en esos empresarios de buena reputación. Estaban, como siempre, en la confitería Richmond y en un principio dudaron porque pensaron que podría ser un proyecto muy costoso. Mañas les aseguró que no tendría un gran despliegue de producción y así fue como dieron una respuesta afirmativa inmediata y compraron los derechos de esa comedia musical. “Fue uno de los mayores éxitos de la historia del teatro. Y le cambió la carrera a Susana. Ella siempre fue una actriz maravillosa. Dejó a la modelo y demostró que es una actriz única. Porque su actuación fue única en La mujer del año. Me tuve que mudar al Metropolitan por el éxito de ella”, contó Perciavalle para el libro Historia del teatro musical en Buenos Aires, de quien esto escribe.

La mujer del año fue uno de los grandes éxitos del Broadway de los años 80. En el estilo Big Lady Show, el floreciente dramaturgo y adaptador estadounidense Peter Stone ideó esta comedia musical clásica concebida para una gran estrella. Así como lo hizo casi diez años antes con Sugar, basándose en la película Una Eva y dos adanes; esta vez se basó en la película de 1942, que protagonizaron Katharine Hepburn y Spencer Tracy, dirigidos por George Stevens, que hace foco en la lucha de géneros.

De inmediato convocó a los astutos John Kander y Fred Ebb (Cabaret, Chicago, El beso de la mujer araña) para que hagan las canciones y al director Robert Moore (que murió pocos años después), responsable de las puestas de Están tocando nuestra canción y Promesas, promesas, entre otras. Desde su comienzo, el proyecto estaba pensado para que lo protagonice Laureen Baccall, con quienes Kander y Ebb tuvieron una grata experiencia en 1970, con Aplausos. Una gran actriz, prestigiosa, querida, mediática, que no cantaba ni bailaba, pero poseía un carisma indiscutido. Hizo colapsar la taquilla hasta que se cansó y no renovó su contrato. Cuando la reemplazó Raquel Welch, la obra parecía hundirse en el fracaso, y finalmente no pudo recuperarse cuando tomó el papel Debbie Reynolds, el último año. La trama era sencilla, pero muy divertida, con un vago concepto sobre la lucha de géneros. Su personaje protagónico es Tess Harding, la entrevistadora más famosa de la televisión. Cuando le dan el galardón como “la mujer del año”, en su discurso de agradecimiento realiza un agudo comentario sobre el dibujante de historietas Sam Craig. Como represalia, el animador crea un personaje paródico llamado “La Gata Tessie”. Ahí el conflicto se agudiza y ambos se declaran la guerra. Pero la fuerte atracción que sienten mutuamente desemboca en amor. La pieza tiene algo de actualidad, personajes pintorescos, buenos momentos coreográficos, pero sobre todo, está concebida para el lucimiento de una estrella.

Carlos Perciavalle sabía perfectamente que Susana Giménez sería incapaz de sostener una nota y bailar una coreografía con soltura y fluidez. Convocó a un equipo que lo acompañó durante toda la década del 80, compuesto por amigos y profesionales de la otra orilla del Plata: China Zorrilla para que adapte las letras de las canciones y Mario Morgan para la puesta en escena. A su vez, Daniel Mañas contactó a la coreógrafa y directora norteamericana Mary Bettini, ya conocida en el ámbito porteño del musical gracias al excelente recuerdo que dejó su trabajo en Amor sin barreras. “Ella fue quien le dio el sello de distinción a la obra. Primero le dio una rigurosidad inusual a los ensayos. Además, tenía la claridad necesaria sobre cómo hacer un musical. En la Argentina no teníamos esa habilidad como ahora. Le dio estilo a La mujer del año. Los actores aprendieron que no era de ese tipo de obra de la cual se podían salir de la letra. Estaban todos más contenidos y nadie movía una coma o cambiaba ningún paso. Además de todo, tenía tan buena onda que nadie la puede olvidar”, describe Mañas al tiempo que aclara que Morgan era clave en todo lo que hacía por aquel entonces Perciavalle “porque ponía orden y sacaba las cosas adelante en poco tiempo”.

Susana Giménez y Jorge Mayorano, en la foto promocional realizada para el estreno de La mujer del año

Susana Giménez fue entrevistada para Historia del teatro musical en Buenos Aires al respecto y ante la primera pregunta, respondió sincera, como es ella.

–¿Cómo te convertiste en estrella de la comedia musical si nunca habías cantado?

–Qué sé yo… Soy caradura. Primero lo intenté. Me convencí de hacerla cuando Juan Carlos Cuacci, el director musical, dijo que iba a poder. Si él me bajaba el pulgar, te aseguro que no lo hacía. La mujer del año fue protagonizada por Raquel Welch y Lauren Bacall, minas que no son cantantes. Lo más importante para ese personaje era la presencia y el background, porque son mujeres importantes de esas que pueden levantar el teléfono y hablar con Kissinger o con el Papa. Cuacci fue mi profesor. Durante algunos meses fui a su casa todos los días para aprender la música y estudiar las melodías. Y bueno… salió…

El director musical, Juan Carlos Cuacci, estaba advertido cuando fue convocado. Por fortuna, Susana era absolutamente consciente de sus falencias vocales y fue muy dócil. Sabía muy bien que La mujer del año era el mejor vehículo como para despegar nuevamente en su carrera, pero si fracasaba en el intento, difícilmente habría retorno. Eso sí, Cuacci estaba decidido a grabarla y a confeccionar un playback casi perfecto como para que el público ni siquiera note la diferencia entre su voz grabada y el resto de las voces, en vivo. Reunió una orquesta de una docena de músicos, y otros tantos que se habían grabado con la técnica click track, que permitía grabar otra media orquesta en una pista. En esa grabación participaron algunos músicos de la orquesta estable del Teatro Colón.

“Susana trabajó minuciosamente junto a Cuacci y a China Zorrilla, que la ayudó en el fraseo y la interpretación de las canciones, durante las extensas sesiones de grabación. Le cantaba cada frase y ella lo repetía, entonces se iba grabando y uniendo. Quedó fantástico. Buena parte de la adaptación que hice fue exclusiva para Susana. Porque no sólo incorporé datos de la realidad política mundial en boca de esta mujer que se codeaba con presidentes y estrellas del jet set, sino que puse algún toque pícaro en la letra. En su principal canción, ‘Una mujer un poquito varón’ incorporé el texto: ‘Si alguno me presta sus guantes de box, no le temo a nadie, ni al propio Monzón’. Estaba todavía muy presente en la memoria del público su relación con el boxeador”, recordó China Zorrilla en el mismo ensayo histórico. “Lo hacía exactamente igual. Susana cantó y dejó a todo el mundo sin habla”, agregó Perciavalle, quien además, hizo una la voz en off de un personaje animado que compartía una simpatiquísima canción con el protagonista masculino.

Nunca me desesperó que Susana no supiera cantar. Se sabía que no es cantante, tal como tampoco lo era Lauren Bacall, quien protagonizó su estreno en Nueva York. Pero debo decir que la tenacidad y el empeño que puso Susana fueron tremendos, a tal punto, que la repositora y coreógrafa norteamericana, Mary Bettini, que en un principio se espantaba con todo, terminó diciendo que esta obra nunca pudo haber sido sin Susana. No hubo ni una butaca vacía hasta que bajó el telón”, recuerda a LA NACION Juan Carlos Cuacci.

China Zorrilla, autora de la adaptación de La mujer del año, fue vital para el trabajo en los ensayos de la diva

Fueron tres meses de ensayo exhaustivo, de ocho horas, de lunes a viernes, para estrenar el 14 de agosto de 1983. “Fue tal cual, me repetían las frases y yo las aprendía. Uno de los aciertos de la obra fueron las letras de China. Recuerdo que China estaba de gira y nos mandaba las letras escritas en servilletitas de bar o en algún papelito que encontraba en un baño. Te mandaba pedazos de canción en distintos papeles. siempre fue muy hippie en eso”, recordó Susana con humor.

La primera selección del elenco corrió por cuenta de su asistente, Mariana Cárdenas, pero Bettini llegó a la Argentina unas semanas después para elegir al elenco definitivo. No fue una convocatoria abierta sino cerrada para un nutrido grupo de artistas integrales del género. Fueron audiciones donde ya se sabía perfectamente el tipo de artistas que se buscaba. “Todas las bases de cómo se labura hoy en día se aprendieron de los norteamericanos que vinieron al país. En aquél momento hubo un trabajo muy amalgamado de Mary Bettini con Morgan. Conocía muy bien el timing del musical y nos lo hizo comprender. Era una de las grandes de la época, con la que muchos querían estudiar. En el caso de La mujer del año, logró un grupo no sólo unido, sino amalgamado”, recordó Sergio Arroyo, integrante del ensamble de esa obra. “Sus ancestros italianos la hacían bastante parecida a nosotros. Todos los días nos daba una clase de una hora y media de técnica de jazz y zapateo americano, porque decía que los muchachos éramos talentosos y completos, pero que teníamos poca técnica. Era una maestra de vocación”, describió Aníbal Silveyra, quien hizo en esta obra uno de sus primeros trabajos en el género.

Al lado de Susana Giménez había un ensamble de lujo para la época: Rodolfo Valss, Guido D'Albo, Héctor Pilatti, Aníbal Silveyra, Alberto García Satur, Roberto Blanzaco, Sergio Arroyo, Rafael Blanco y muchos otros

“Fue mi tercer musical. Primero hice El diluvio, después Annie y luego vino La mujer del año; y tuve que audicionar. Fue mi primera prueba con un grupo norteamericano. Venían de Broadway a tomar pruebas y, claro, me enfermé de los nervios. No pude ir a la audición y, obviamente, pusieron a otra persona. En ese momento se decía ‘coro con destaque’ porque ese personaje hacía los solos cantados. Pero después surgió la oportunidad, me llamaron y me convencieron. Yo tenía miedo a encontrarme por primera vez con los monstruos de Broadway y Mary Bettini fue todo un encanto. Hice la audición solo con ella, muy dulce, me daba palabras de aliento. Después de 40 minutos de audición me salvó mi voz porque la primera parte era de mucho baile. Yo estudiaba pero no era bailarín, y cuando me tocó cantar los solos quedé en el elenco. Después fue todo genial. Susana Giménez era un sol. Nos hicimos muy amigos. Me llevaba todos los días a casa con su Mercedes Benz rosa. Una pick up increíble. Yo vivía en Anchorena y Charcas y ella me dejaba de camino a Belgrano. Un grupo muy amoroso y querido”, recuerda Rodolfo Valss, convertido luego en una figura del musical.

A la hora de pensar en el galán que acompañaría a la diva, los productores pasaron lista por todos los que deambulaban por la televisión por aquel entonces y Mañas llamó al más convocante: Jorge Mayorano. Además de ser protagonista de telenovelas y una de las principales figuras de Canal 9, cantaba. El resto del elenco convocado provenía del mundo de la telecomedia televisiva: Maurice Jouvet, Tina Serrano, Nené Malbrán y Boy Olmi (h), además de Domingo Basile y Lelio Lesser. Para el ensamble se eligió a lo mejor de la comedia musical porteña: buenas voces y habilidades para el baile en Rodolfo Valss, Guido D’Albo, Héctor Pilatti, Alberto García Satur, Roberto Blanzaco, Rafael Blanco, Sergio Arroyo, Aníbal Silveyra, Alberto Díaz, Daniel Aguilar y Daniel Leibiker. Posteriormente, por su elenco pasaron Aída Luz, Norman Erlich, Marcelo Dos Santos, Osvaldo Tesser, Josse Muñoz, Osvaldo Ross y muchos otros.

La mujer del año, el afiche con Susana Giménez, cuando todavía no era la diva de los teléfonos

Jorge Mayorano viajó por su cuenta a Nueva York unos días para poder ver la obra antes de comenzar a ensayar y se dio cuenta de que hubo algunos cambios que no lo favorecían, con respecto a las dos versiones. “Había muchas diferencias… La versión argentina estaba hecha íntegramente para que Susana se luzca, como una diva. Inclusive no cantaba en vivo y Lauren Bacall, que tampoco cantaba bien, sí lo hacía. A su vez, la versión local era más corta. Y justo las partes que cortaron fueron dos canciones mías”, recordó el actor en Historia del teatro musical en Buenos Aires.

El elenco debía ser impecable ya que los creativos de esta comedia musical debían hacer lucir espléndida a una figura que no sabía cantar ni bailar. “A mí no me asusta nada. Por eso estaba feliz. Una mujer con el talento de Susana Giménez aparece sólo en varias generaciones. Tenía dos virtudes nada menores: es una comediante excelente, pero también una gran imitadora. Entonces le cantábamos una canción y ella la iba repitiendo en frases”, recordó Perciavalle oportunamente. Susana llegaba a cada ensayo con un vestuario distinto y un tapado de piel que colocaba en el piso del escenario, para sentarse sobre él. Sin darle crédito a lo que veía, Mary Bettini preguntaba a poco de comenzar los ensayos: “¿Quién es Susana Giménez que no canta ni baila pero es la mujer del año?”. Luego del estreno y de ver la reacción del público durante las primeras funciones, Bettini exclamó: “¡Ahora entiendo por qué quisieron hacer esta obra y con esta mujer, es una estrella!”.

Carlos Perciavalle y China Zorrilla, la dupla de El diario privado de Adán y Eva, fueron motores del proyecto, junto con Dany Mañas y Mario Morgan

Siempre atento a todos los detalles, para lograr una mayor armonía en el grupo, Perciavalle invitaba periódicamente a los protagonistas a su casa de Laguna del Sauce, en Uruguay, para repasar la letra.

Mayorano dice que es imborrable el paso de Mary Bettini por la escena nacional: “La recuerdo perfectamente. Fue ella quien realmente armó todo. Tenía un oído perfecto y hasta sabía darse cuenta cuando un instrumento desafinaba un poquito. Era muy exigente con nuestras posturas y para que nos desprendiéramos de nosotros mismos, quería que hubiese una creación total y que abandonáramos todos nuestros tics. Ensayamos tres meses con ella y, en el medio de los ensayos, su padre falleció. Entonces se tomó el primer avión para el funeral y al día siguiente otro avión de regreso. Ultra profesional”.

Guma Zorrilla diseñó el vestuario y viajó a San Pablo para comprar todo el material allí. La protagonista tenía 13 cambios de ropa y un puñado de vestidores para auxiliarla.

La obra fue uno de los mayores éxitos de la historia de la comedia musical en la Argentina. Con excepción de la primera semana, tuvo dos funciones diarias de miércoles a domingos, durante tres años y bajó el telón con la sala colmada. “Jamás el teatro dejó de estar lleno y la gente nunca dejó de ovacionarla de pie”, recordaba Perciavalle.

Uno de los momentos que mayor ovación despertaba era “El pasto está más verde siempre en otro jardín” (más conocido como “Esto es bárbaro”), el único cuadro musical que Susana interpretaba sin playback, junto con Tina Serrano –a quien reemplazaron Luz Kerz primero y, luego, Mónica Buscaglia–. Era desopilante: la exitosa protagonista sentía la necesidad de visitar la casa de su ex marido, un hombre al que quiere mucho, pero que su vida fue un aparente fracaso. Desde el lugar donde se lo mire, porque al fin y al cabo, no se codeó con presidentes y estrellas del cine, pero hizo una vida normal… tal vez algo aplastada por la rutina. Ahí se establecía un diálogo cantado entre ella y la esposa de su ex, en una confrontación de vida. Cada una quería ser como la otra.

-Charlás con tus vecinos. Eso es bárbaro.

-No tan bárbaro. Vos charlás con Kissinger. ¡Ay qué bárbaro!

-No tan bárbaro. Suele ser un plomo. Salís con tus parientes. ¡Eso es bárbaro!

-No tan bárbaro. Te levantaste a Redford. ¡Ay que bárbaro!

-No tan bárbaro. Sos la mujer de Larry.

-Sos la mujer del año.

-Tenés marido e hijas…

-Te los regalo, m’hija.

Ay… el pasto está más verde, siempre en otro jardín… Ay… la música es más linda tocada por otro en tu violín”, decía el estribillo adaptado por China Zorrilla. Era un bocatto di cardinale para cualquier actriz con cierto histrionismo. Las tres intérpretes que hicieron el contrapunto con Susana fueron premiadas. Tina Serrano se ganó un Molière; Luz Kerz, un Estrella de Mar; y Mónica Buscaglia, un Premio Carlos.

Rodolfo Valss se emociona cuando recuerda su paso por esa obra. “Era alegría plena, un placer ver al teatro todos los días lleno. Aprendí muchísimo. Todos creen que los norteamericanos son monstruos y para nada. Ellos y los ingleses, siempre señores y señoras maravillosos de mucho respeto. Para Susana fue un antes y un después porque mostró que podía hacer un musical, con un ángel que sigue teniendo y una brillantez en el escenario. Ella salía y se iluminaba todo. Ovacionada todas las noches, se devoraba la escena porque era glorioso su trabajo”.

Cambios, entredichos y versiones encontradas

El mayor percance surgió en marzo de 1984, cuando Jorge Mayorano se rompió la rodilla. Algunos dicen que la lesión se la hizo jugando al tenis. Pero otros, e inclusive él, aseguran que se quebró los meniscos en un mal giro cuando levantaba a Susana Giménez en escena. Esa lesión motivó una urgente operación.

Aquella noche, al llegar toda la compañía al Maipo, se enteraron de que la función se suspendía porque Mayorano debía ser operado en forma urgente. No había reemplazo, así que para olvidar el mal trago, Susana Giménez propuso: “¿Vamos al Italpark?”. Se colocó una peluca negra para que no la reconozcan y reunió a parte del elenco, junto a Ricardo Darín, su novio por aquel entonces. Pasaron varias horas jugando en las montañas rusas y en las demás atracciones del extinto parque de diversiones porteño, situado donde está el actual Parque Thays.

Susana Giménez y Daniel Mañas no querían detener ni un día ese éxito descomunal y, de inmediato, convocaron a otro galán televisivo, Arturo Puig, que preparó el personaje en tres días y salió “al toro”. A partir de ese momento, fue él quien siguió encarnando a Sam Craig, hasta que la obra bajó el telón definitivamente. “No nos vimos nunca más con Susana. Puede que haya sido ella la que quiso que no siguiera. Si me ve hoy no sé si me reconocerá. Algunos artistas se creen dioses y Dios hay uno solo. Me dio mucha bronca porque puse mucha energía en ese personaje. Ya estaba haciendo las cuentas para cambiar el auto y todo. Eso ocurrió un domingo y al día siguiente debía renovar el contrato. No sé si ya estaba todo preparado, pero me hubiese gustado que me esperasen una semana, al menos. No sé ni quién es Puig”, concluyó irónico en aquellas declaraciones.

“¡Hola! Les habla Sam Craig”, atiende Arturo Puig su teléfono a LA NACION, contento de traer a la memoria aquellas épocas doradas del teatro musical, “¡Qué lindos recuerdos! ¡Qué comedia musical maravillosa! La mujer del año se había estrenado un tiempo antes y estaba como protagonista masculino Jorge Mayorano; se lastimó una pierna y luego no quiso volver a hacerla. Recuerdo todavía el llamado de Pedro Rosón, que por aquel entonces era mi representante, diciéndome que vaya al teatro a ver si podía hacer el personaje. Obviamente fui, me entrevisté con Susana con quien hacía muchos años que no nos veíamos. Ella había hecho una película conmigo, He nacido en la ribera. Siempre entre nosotros hubo una corriente de afecto muy grande. Me dieron el libro, lo empecé a estudiar y casi me muero porque no solamente tenía mucha letra –era un protagónico masculino muy importante– sino que también tenía que cantar y, encima, el primer tema era a dúo con una proyección de un dibujo animado con la voz de Carlitos Perciavalle. Él cantaba una parte, yo otra y, mientras tanto, supuestamente yo lo estaba dibujando. Estudié mucho y me acuerdo que le agregué a esa canción que era divina, un poquito de tap, lo digo muy modestamente porque aun sin saberlo, el ritmo de la canción era justo para hacer aquel pequeño numerito. Amo el tap. Lo curioso es que la hicimos por tres años y durante todo ese tiempo no me pude despegar del atril donde tenía pegada la letra de la canción porque me la olvidaba”, recuerda Puig, que después hizo otro exitazo con Susana Giménez: Sugar, compartiendo cartel con Ricardo Darín.

“Preparé el personaje en tres días. Hicimos el ensayo general. Con Susana ensayamos las letras, los besos y lo terrible de esto es que ella y yo nos cambiábamos –no me lo olvido jamás–, trece veces de ropa, uno al lado del otro. Nos veíamos totalmente. Yo en calzoncillos y ella en ropa interior; transpirábamos a lo loco y la ropa se nos trababa. Cada uno tenía obviamente su propio vestidor porque encima en aquel tiempo, el micrófono era como una radio portátil que yo llevaba en el bolsillo y me lo prendía en la corbata. No como ahora que todo lo maneja el sonidista y vienen pegados”, rememora Puig, en los últimos años director de la nueva Sugar y de Hello, Dolly! Cuando hicimos temporada en Mar del Plata vendimos más de cien mil entradas y en Córdoba lo mismo. E inauguramos el Teatro del Lago que todavía está abierto. Como estaba recién terminado no había ni siquiera refrigeración así que creo que bajé como cinco kilos”, recuerda este actor que debutó en el género junto a Libertad Lamarque, en Hello Dolly!, en 1968.

En un éxito semejante, no todas son rosas. Perciavalle quedó feliz con el resultado artístico, pero no con el económico. “Me dieron lo que sobraba. No solamente monedas sino que, como no se sabía si se le iba a cobrar el IVA al teatro, guardaban lo recaudado en pesos argentinos. Entonces, si me hubieran tenido que dar 80 mil dólares, me habían dado 1.600. Lo quiero decir porque es histórico y real. De todos modos, en aquel entonces no me importaba mucho eso. Me encantaba la plata, pero La mujer del año era un hijo divino del que me siento orgulloso. Hice feliz a tanta gente. La plata no perdura, pero la felicidad de haber hecho realidad esa comedia musical la tengo en el alma”, afirmó contundente en Historia del teatro musical en Buenos Aires. Por su parte, Daniel Mañas también dejó la producción luego de unos meses y Susana Giménez acabó comprándola, además de hacerse cargo del espectáculo en su totalidad.

Interior del programa de mano de La mujer del año

Anécdotas y episodios curiosos

Valss confiesa que hay muchas anécdotas que no se pueden contar, pero varios de sus compañeros se animan a recordarlas. Como aquella vez que, durante una función de La mujer del año, un maquinista se suicidó ahorcándose. Cuentan las malas lenguas que el cadáver quedó pendiendo de la soga durante toda la función porque nadie quería que Susana Giménez se entere, para que no se impresione. Lo habrían sacado cuando ya no quedaba nadie en el teatro. Hoy algunos aseguran que su fantasma continúa en el Maipo.

Una obsesión que les provocaba escozor a los productores era la sempiterna peluca rubia de Susana Giménez. La mujer del año debía tener un cabello espléndido que no se asociara con algo postizo. “Si no te sacás la peluca no te vengo a ver más”, le dijo Perciavalle. Así lo hizo y eso le salvó la vida en la primera semana de funciones. Agotada por el ritmo de ensayos que le impuso Mary Bettini, sufrió un accidente menor que podría haber sido fatal. En el cuadro principal, Susana hacía un truco coreográfico y caía en los brazos de dos bailarines, que la giraban para que caiga sentada sobre otros dos. Pero la diva se resbaló pero Aníbal Silveyra y Guido D’Albo la sujetaron de los pelos para que no estrellara su cabeza contra el piso. Sólo se hizo un rasguño en la nariz. Había más razones para no usar peluca.

Juan Carlos Cuacci, por ejemplo, perdió la cuenta de las temporadas que se han hecho, porque pasaron por ciudades de todo el país y las orquestas se armaban en cada lugar nuevo. “Recuerdo a la noche del estreno como trágica. Buenos Aires era un caos total. Llovía a cántaros, la avenida Juan B. Justo se inundó y se cortó la luz en casi todos los barrios. Maurice Jouvet, que vivía a dos cuadras de ahí, llegó al teatro con los zapatos en la mano, hecho sopa. Al comenzar la función, sobre el final de la Obertura, se fue apagando todo de a poco justo en el momento en que Susana hacía su entrada triunfal. La orquesta en vivo de doce músicos tenía montada otra orquesta que salía grabada y yo, en el foso, notaba que desafinábamos a lo loco porque la baja tensión frenaba la grabación. ¡Me volví loco! Subí para que corten todo pero no llegué a tiempo y Susana ya se había mandado al escenario. Quise salir corriendo para Ezeiza porque esta comedia era una máquina súper afilada y no estábamos entrenados para esto. Se le veía el hilo al muñeco. Susana me calmaba y con toda su frescura le habló a la gente. Esperamos diez minutos, volvió la luz y comenzamos. La gente enloquecía de alegría. Yo no lo podía creer. Esta magia la logra solamente una estrella amada por su público que es el que finalmente le dice que sí o no a una obra”, recuerda el prestigioso músico.

Las nuevas tecnologías también jugaban malas pasadas. En esta comedia musical fue una de las primeras veces que se utilizaron micrófonos inalámbricos. La poca práctica en el uso de esa tecnología de punta, por aquel entonces, causó permanentes contratiempos durante los primeros meses de funciones. Siempre algún actor se olvidaba de apagarlo cuando salía de escena. Por lo tanto, a menudo, desde la platea se escuchaba si alguien iba al baño, o los murmullos en los camarines o, en medio de la función, la frase: “Che, ¿pedimos una pizza?”.

Puig recuerda la emoción, durante una función, cuando cruzó su mirada con la gran Zully Moreno. “Un hecho importante en mi carrera fue cuando me enteré que Zully Moreno miraba las funciones desde un lugar, arriba, cerca de ahí estaban las oficinas que tenía su hermano, González. Un día miré hacia allá y vi su sombra. Me emocionó mucho que semejante figura del cine me viera”.

La marquesina del Teatro del Lago, en Villa Carlos Paz, y la gente amontonada para entrar a ver La mujer del año

“Tess Harding, el personaje de Susana, que era una reportera que hablaba en ese momento con Nixon, y con todos los personajes importantes del mundo, luego, le dio pie para convertirse en la conductora televisiva de Hola, Susana, con algunas similitudes. Creo que fue el mejor personaje de Susana, estaba estupenda. Incluso mejor que en Sugar porque ahí nos lucíamos mucho los varones. En cambio en La mujer del año ella estaba increíble. Y siempre quiere volver a hacer esa obra. Cada vez que hablamos por teléfono me canta la canción: ‘Sam Craig, estés donde estés’… Sería maravilloso, creo que podríamos hacerla perfectamente”, dice Puig y arroja el deseo al aire. A lo mejor…

Arturo Puig junto a Susana y Darín, cuando los tres protagonizaban Sugar, éxito posterior a La mujer del año

Con la colaboración de Jazmín Carbonell

Fuente: Historia del teatro musical en Buenos Aires, desde 1980 hasta 2012, Editorial Emergentes

NOTA COMPLETA

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