Jul 152021
 

Aunque en el algunos casos se traten de figuras silenciosas, la Argentina ha sido a lo largo del siglo pasado y el actual una verdadera usina de gestores y programadores teatrales que lograron suma importancia en el teatro de Occidente de las últimas décadas (en un abanico que va desde Carlos Giménez, en Caracas; a Ricardo Szwarcer, en Europa). Algunos, por tratarse también de creadores escénicos de notables trayectorias, caso Jorge Lavelli, Alfredo Arias, o Marcial di Fonzo Bo, quienes también dirigieron espacios culturales públicos franceses, son figuras reconocidas para los espectadores de teatro o de danza. Pero, en el panorama local, no es el caso del promotor cultural Ariel Goldenberg, quien murió ayer, a los 70 años, en Nimes, Francia (en donde estaba radicado hace varias décadas). Sin embargo, fue para la escena mundial de estas últimas décadas un figura clave de ese complejo entramado.

Su padre era de origen rumano y, su madre, polaca. Estudió veterinaria, pero eso, al parecer, fue un paso en falso, Desde los 15 años se relacionó con el teatro. Y eso fue, en perspectiva, un paso más firme que el otro. Sus inicios están vinculados con el teatro judío porteño y con el Payró, sala emblema del teatro independiente que dirigía Jaime Kogan. De hecho, Diego Kogan, hijo del gran director y de la actriz Felisa Yeni, ambos muertos, recuerda tener una foto de un programa de mano de una obra infantil en la que Ariel Goldenberg actuó. De esa verdadera usina de creadores también formaban parte su hermano, el guionista, dramaturgo y director Jorge Goldenberg; y su esposa Berta, actriz y gestora de la sala Anfitrión. Ariel también fue uno de los fundadores del Teatro Margarita Xirgu de Buenos Aires.

En 1975, junto al equipo del Teatro Payró, llegó al Festival de Nancy en donde se había programado la obra El señor Galíndez, aquel icónico espectáculo de Eduardo “Tato” Pavlovsky. A partir de ese viaje, su hoja de ruta cambió y decidió hacer base en Europa. Un año después, ya era colaborador de Jack Lang en el Festival de Nantes. Esa figura troncal de la cultura francesa le había pedido a Ariel que le asegure la programación latinoamericana. Cumplió y, de paso, le permitió a varios creadores de la región que se les abrieran las puertas de la codiciada Europa. Al mismo tiempo, realizó otros trabajos en Europa con el Festival de Caracas, Venezuela.

Al poco tiempo, asumió la dirección del Festival Internacional de Teatro de Madrid programando montajes de compañías como las de Tadeusz Kantor, Pina Bausch y Peter Brook. En los papeles, gracias a un decreto del Gobierno español, obtuvo la nacionalidad española. En los papeles del reconocimiento a su talento, esos que no requieren de firmas ni sellos, se convirtió en un gestor y programador de enorme peso internacional. De hecho, los medios españoles fueron los primeros en reaccionar ante la noticia de su muerte. El diario El Mundo, tituló la despedida con el título “el hombre que trajo el teatro europeo a Madrid”. En esa misma nota, lo trata como “uno de los grandes animadores de la escena teatral española en las últimas dos décadas del siglo XX y las dos primeras del nuevo siglo”. El título del diario El País se refiere a Goldenberg como “un nómada sedentario de la programación teatral europea”. El Cultural, lo recordó como “un grande de la programación escénica internacional”. En un artículo firmado por gestor cultural y escritor Tato Cabal y publicado en dicho medio, lo recuerda en estos términos: “su vida profesional ha estado siempre ligada a los grandes nombres de la escena internacional”.

Ente 2000 y 2008, Ariel Goldenberg dirigió el Théâtre National de Chaillot, uno de los cinco teatros nacionales franceses que, en tiempos previos a su llegada, habían sido dirigidos por figuras como Jean Vilar, Jack Lang, y Jérôme Savary, entre otros. Desde la cuenta de twitter del histórico teatro ayer lo despidieron en estos términos: “Ariel Goldenberg quien marcó la historia de este teatro por la transformación que allí condujo”.

Ante de ese reconocimiento de dirigir a esa sala histórica de París había cumplido el mismo rol en el Festival de Teatro de Munich y en el Teatro de Bobigny, en donde programó a creadores como Robert Wilson, Deborah Warner, Peter Sellers y William Forsythe. El hombre de una agenda y contactos de oro, en los 90, pasó al Festival de Otoño de Madrid. Su paso por ahí marco un antes y un después. Hablaba, además de español, francés, italiano, portugués, yiddish, inglés y alemán; pero él mismo reconocía en un reportaje publicado en El País que esa habilidad no fue fundamental en su carrera. “Mi trayectoria profesional no hubiera sido la misma sin las muchas comidas que he tenido con creadores, artistas, políticos, programadores… El placer de la buena mesa lo aprendí en muchos países. Me gusta porque es una extraordinaria forma de convivencia, de aportar calor a una relación, algo muy útil ya que el material con el que trabajo son artistas”, señalaba quien conocía a la perfección los gustos gastronómicos de los grandes creadores de la escena. “Algunos directores y artistas viajan con sus propios cacharros de cocina, como Georges Lavaudant o Dario Fo, que en sus giras se lleva el arroz y la pasta y cocina donde puede; a otros, como a Pina Bausch, les gusta comer entrada la madrugada, y los hay, como Robert Lepage, que poseen un gran paladar, aunque a este de poco le sirve porque nunca tiene tiempo para nada”, comentaba en ese reportaje publicado en 2008.

En mayo de 2001, Ariel Goldenberg, presentó un gran banquete con los mejores del tango Argentino que se cerró justamente en el Théâtre National de Chaillot, ubicado en el emblemático Trocadero de París. Había asumido su dirección el año anterior gracias a un decreto presidencial y un Consejo de Ministros. Según contaba a LA NACION, había tenido que armar la programación velozmente. El festival fue un éxito. Durante varias semanas se presentaron los nombres mas emblemáticos de la música porteña que el diario Le Monde lo anunció a tres visitas estelares de este modo: “La pasionaria peronista”, por Nelly Omar, “la dramaturga piazzolliana”, por Susana Rinaldi, y “la tanguera punk”, por Adriana Varela. El puente Buenos Aires-Europa seguía latente.

Marilú Marini conoció la noticia del fallecimiento de su amigo ayer por la mañana después de actuar hasta el fin de semana en España en un espectáculo que dirigió, justamente, Peter Brook, aquella figura difícil del mundillo de los festivales que Ariel Goldenberg programó tantas veces en esa incansable tarea de conectar a los grandes creadores del mundo con otros públicos.

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