Jul 152021
 

Alberto Fernández y su silencio cómplice con el régimen castrista

La violenta represión del régimen cubano contra quienes se manifestaron en demanda de libertad, sus acciones de amedrentamiento y persecución de los disidentes, y sus nuevos atropellos contra derechos básicos de la población, incluidas las limitaciones al uso de internet y al acceso a redes sociales, no hacen más que confirmar que la vocación totalitaria del gobierno de la isla caribeña no ha cedido en los últimos años.

Desde que, el domingo último, habitantes del pequeño poblado de San Antonio de los Baños, ubicado a 30 kilómetros de La Habana, iniciaron una protesta pacífica al grito de “¡Abajo la dictadura!”, y la viralización de esas imágenes impulsó a muchos más cubanos a salir a las calles, el régimen que encabeza Miguel Díaz-Canel desató un brutal plan represivo que viene dejando al menos un muerto y centenares de heridos y detenidos. Al mismo tiempo, ya hay denuncias sobre desapariciones de personas.

El detonante de las protestas se ha relacionado con la difícil situación que vive Cuba frente a la pandemia de coronavirus y la consecuente caída del turismo internacional hacia la isla, uno de los principales motores de la economía local; también con los cortes de electricidad y la escasez de alimentos y medicamentos, que se ha profundizado en los últimos meses. Sin embargo, es imposible no admitir que las causas profundas de estas históricas manifestaciones están ligadas a un prolongado hartazgo de buena parte de la población cubana con un régimen que conculca las libertades individuales, persigue al que piensa diferente y viola los derechos humanos.

La acción represiva incluyó la detención de periodistas que cubrían los hechos para medios extranjeros, siendo emblemático el caso de Camila Acosta, corresponsal del diario español ABC, interceptada por fuerzas de seguridad cuando salía de su casa para hacer un trámite personal.

Difícilmente el presidente argentino está desinformado acerca de las atrocidades del régimen castrista

El solo hecho de que, tan pronto como se produjeron las primeras protestas populares, el presidente Díaz-Canel convocara públicamente a sus seguidores a salir a las calles para enfrentar a los manifestantes, da cuenta del clima de intolerancia que promueve al propio régimen cubano y de su incitación a la violencia.

Increíblemente, el presidente Alberto Fernández pretende ignorar que Cuba continúa siendo gobernada por una dictadura lisa y llana, cuya acción ha sido criticada por la mayoría de los gobiernos de la región. Sí cuestiona, en cambio, “bloqueos” a la isla por considerarlos poco humanitarios.

Al igual que como lo viene haciendo con otros regímenes indiscutiblemente autoritarios, como los de Venezuela y Nicaragua, probablemente bajo el influjo de Cristina Kirchner, el gobierno argentino se acerca y convalida al régimen castrista, del que las voces más democráticas del continente no dudan en tomar distancia.

Resulta particularmente compartible la posición que hizo pública el director para las Américas de la organización Human Rights Watch, José Miguel Vivanco, quien afirmó que la falta de reacción del primer mandatario argentino demuestra el “doble estándar” de su gobierno a la hora de defender los derechos humanos. Efectivamente, no puede menos que llamar la atención que pretenda ignorar los atropellos de los gobiernos de Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Díaz-Canel, cuando no dudó en inmiscuirse en los conflictos sociales que enfrentaron los presidentes de Colombia, Iván Duque, y de Chile, Sebastián Piñera, o en cuestionar al gobierno de Israel por su respuesta a los despiadados ataques con misiles del grupo terrorista Hamas.

Difícilmente Alberto Fernández esté desinformado acerca de la gravedad de los últimos acontecimientos que están experimentando los cubanos y de las atrocidades del régimen castrista. Es de esperar que tenga el necesario coraje para no permanecer indiferente ante las flagrantes violaciones a los derechos humanos que se siguen sucediendo en Cuba, aunque tenga que contradecir a su vicepresidenta y mentora. Ayudaría algo a evitar una mayor degradación de la imagen de la Argentina ante el mundo y la profundización de su aislamiento internacional.

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