Jul 152021
 

El mal, el poder, el dolor, los secretos, el escándalo, la familia, el amor, la sexualidad, la fe. En su nueva novela, Y líbranos del mal (Seix Barral), Santiago Roncagliolo se mete con un tema tan delicado como perturbador: los abusos sexuales a menores cometidos por un grupo de fanáticos religiosos del Perú que fundaron una comunidad exclusivamente masculina con fuertes rasgos de secta. Desde Barcelona, donde reside junto con su familia, el escritor y periodista, que nació en Lima en 1975 y creció entre México y Perú, habló con LA NACION sobre este thriller, una ficción inquietante basada en casos reales.

“He cambiado los nombres de esta historia. He escondido a sus actores y sus escenarios bajo etiquetas falsas. Porque no quiero despertar su ira. He visto lo que son capaces de hacer”, aclara el narrador en el inicio. Jimmy, un adolescente peruano que vive con sus padres en Nueva York, descubre poco a poco secretos familiares cuando empieza a tirar, sin darse cuenta, de un hilo pesado y oscuro. “Me interesaba plantear cómo cada generación se enfrenta a sus secretos y cómo la historia de nuestros padres y abuelos rebota en nuestra vida”, dice.

Ganador en 2006 del Premio Alfaguara de Novela por Abril rojo, Roncagliolo es también guionista de cine y televisión. Su novela La pena máxima, publicada en 2014 por Alfaguara, que tiene como trasfondo el Mundial de fútbol de 1978 en la Argentina, fue adaptada para un largometraje, que se filma por estos días en Perú.

“Aquí estamos en verano, pero confinados porque ha vuelto un rebrote de coronavirus”, cuenta el autor, que el año pasado perdió a su padre a causa del Covid. De su experiencia personal en pandemia, aclara que no puede quejarse porque, a pesar de haber dejado de viajar y de asistir a ferias del libro multitudinarias, la demanda de contenido audiovisual para las plataformas de streaming volvió a conectarlo con el oficio de guionista. “Mi plan, justo antes de la pandemia, era montar una obra de teatro en Lima: una adaptación propia de la novela El jardín de al lado, de José Donoso. Luego, todo se derrumbó. Soy muy adicto al trabajo, así que trepo por las paredes si no hago nada. Pero, con todo el mundo encerrado en su casa, empezó a crecer el mercado de las series y me llamaron para escribir documentales y ficción. Fue una experiencia fascinante porque es un trabajo de equipo. Ser escritor, en cambio, es encerrarte en tu cabeza y luego viajar por el mundo para hablar de ti mismo”.

Abusos sexuales en la iglesia argentina

-¿Cómo se construye una ficción que combina elementos y recursos del thriller con denuncias reales de abusos sexuales y pedofilia por parte de sacerdotes de la iglesia católica?

-Mis libros siempre exploran el mal. ¿Por qué gente “normal” hace cosas atroces? Creo que crecí tratando de darle respuesta a esa pregunta porque viví en un país en guerra, donde había bombas, secuestros, muertos de ambos lados. Yo era un niño y algunos de nosotros nos preguntábamos por qué alguien vendría a matarte. Me sigue pareciendo una pregunta pertinente. Este es un mundo cada vez más sectario, donde muchos están seguros de que hay que matar a la gente que no piensa como ellos. Escribir historias es una manera de entender mejor a las personas que no se parecen a ti, aquellas que acabarían contigo. Eso es una constante en mis libros y este, en particular, surge de un caso parecido que ocurrió en Lima. Mucha gente de mi entorno estaba de un modo u otro cerca de eso de lo que nadie hablaba.

-¿Qué fue lo que más te impactó del caso?

-Cuando las denuncias se hicieron públicas, me impactó que hubiesen ocurrido esas cosas durante mucho tiempo y nadie lo hubiese dicho. Es más: que mucha gente lo hubiese vivido y, recién cuando se denuncia, se diese cuenta de que había sufrido abusos porque ni siquiera sabía que eran abusos. Me impactó el poder del silencio como refugio del horror. Y cómo puede suceder de todo si no se le enseña a la gente a nombrar el abuso. Quizás ese es el origen del libro, ya que parte del combate es rasgar los silencios, hablar de cosas que damos por sentadas, que no queremos discutir porque son incómodas. Sin dudas, me interesan las historias incómodas, que sean perturbadoras, que rompan los preconceptos cómodos sobre qué es el bien y qué es el mal. Yo no sé qué hubiera hecho en el lugar de Sebastián, el padre del narrador que oculta su oscuro pasado y es víctima y victimario. Por eso es interesante, inquietante, perturbador.

-Del silencio a la sospecha, de la sospecha al miedo y del miedo al horror: vas contando de a poco, sin detenerte en escenas explícitas, creando un clima de intriga y espanto. ¿Te interesaba más contar la atmósfera, el lavado de cerebro a los jóvenes de la comunidad, que el abuso en sí mismo?

-Es que estaba hablando de algo muy escabroso y no quería ser sensacionalista y mucho menos quería regodeos, como esas escenas que parecen celebratorias. Tampoco era capaz de ponerme en la cabeza de un personaje como Gustavo Furiase, el líder de la comunidad. En general, me interesan los victimarios, pero no siempre puedes transformarte en ellos. Porque contar una historia, finalmente, es un acto de transformación. Me costó mucho encontrar el punto de vista porque lo que yo tenía eran puntas de iceberg: gente que me iba contando una anécdota, una experiencia, que me hablaba de una sexualidad más complicada que la que aparecía en las noticias, donde al principio se hablaba de sexo entre adultos. Iba apareciendo un monstruo que yo no podía ver por entero. El narrador se adapta a lo que yo podía contar. El también ve las cosas así: alguien le abre una ventana para que mire del otro lado, pero nunca ve al monstruo completo. Me pareció un juego interesante. Los lectores deciden quién está detrás de la puerta, cómo es la relación entre los personajes, qué quiere decir uno cuando le dice algo a otro.

-¿Cómo fue el proceso de creación del suspenso?

-A mí me gusta que uno quiera saber qué va a pasar constantemente, que no tengas que luchar contra cada página para pasar a la siguiente y, sin embargo, el suspenso siempre se acaba. Hay un momento en el que ves al monstruo. Como en las historias de terror, estás todo el tiempo esperando que salga y cuando lo ves, se pierde el interés. Lo que sostiene la historia es que va a llegar el monstruo. Quise jugar con eso: siempre estás a punto de verlo, pero traté de retrasar lo más posible su aparición. Incluso, que nunca apareciera.

-¿Imaginabas las repercusiones en todas direcciones que podía tener un tema como este?

-El abuso es el daño que te hace alguien que crees que te quiere: esa es su particularidad. Puede ser tu pareja, tu padre, un maestro. Pero cuando lo hace un religioso en quien crees, la situación es más perversa porque tú crees que él habla en nombre de Dios. Y eso le da un poder enorme. Al formar parte de una institución, que es clave en la sociedad, en las estructuras de poder y en cierta clase social, acusar al abusador implica acusar a todo eso junto. Lo que lo vuelve mucho más difícil. Antes de esta novela, mencioné en un artículo periodístico que en el colegio donde estudié había un cura al que se le iba la mano. No mencioné su nombre ni el del colegio, pero mis ex compañeros estallaron de furia. Comprendí que había puesto en duda su idea idílica de la infancia, donde todo había sido inocente y bueno. Y entendí también el valor que hace falta para revelarte del abuso que no viene de una sola persona y que calla toda la sociedad.

-¿Recibiste ataques o críticas por haber contado esa historia real?

-Algunos abogados de víctimas me dijeron que el libro les sirve para visibilizar el tema. Eso me llenó de orgullo. Pero también hubo gente que se sintió en shock al ver pedazos de su historia en un libro. Me ha dolido que le duela a alguna gente, pero es lo que hacemos cuando contamos historias: tomamos trozos de las vidas de otros para hacer ficción. Conmigo la Iglesia no se ha metido; sí están destrozando a los periodistas que hicieron las denuncias en los medios. Lo que sí me ha pasado es algo que parece inocente y no lo es: una cadena de librerías mexicana se ha negado a vender el libro. Y luego resultó que eran varios los libros que no vendían: sobre cualquier tema que hablara del sexo fuera del matrimonio. En ese sentido, es un elogio porque si quieres hacer libros inquietantes y, resultó tan inquietante que no se atreven a venderlo, es un motivo de orgullo. Tuve suerte porque los lectores protestaron en las redes sociales y se armó una ola que atrajo la atención de la prensa. Entonces, la librería hizo un pedido. Así que fueron los lectores quieren lograron liberar mi libro.

Las caras secretas de un gran simulador

-¿Te afectó el confinamiento por la pandemia en lo creativo? ¿Pudiste escribir en este tiempo?

-Terminé la novela durante el inicio de la pandemia. Pero siempre el proceso de un libro me lleva entre seis meses y un año porque recién me siento a escribir cuando tengo muy claro hacia dónde va y eso me lleva mucho tiempo. Es muy difícil en el arranque porque hay cosas de novelas que has desechado, cosas de tu vida de las que querías hablar, hay proyectos guardados y en algún momento todo se teje y te conduce hacia una historia. Por eso es tan difícil ponerle fecha de nacimiento a mis novelas porque, en algún sentido, las he estado escribiendo desde mucho antes. Esta, tal vez, desde que mis amigos de los veinte años estudiaban para ser religiosos. Me impactaba su decisión y me daba curiosidad. Yo mismo pensé, en algún momento de mi vida, ser cura.

-¿En serio?

-Sí, hace mucho, mucho tiempo.

-¿Y cómo es tu relación con la fe y con la Iglesia hoy?

-Bueno, no soy de ir a misa todos los domingos, pero para el gremio en el que estoy, donde abundan los ateos, soy un tipo religioso. Me interesa la religión y no solo la católica. Cuando he podido, durante algún viaje, he ido a ritos ortodoxos, musulmanes, naturalistas.

-¿Por pura curiosidad o algo más?

-La religión lidia con lo que no conocemos, con la muerte, lo trascendente, con lo que no podemos llegar a entender. Así que, para un escritor de historias de terror, que es más o menos lo que soy, siempre es una buena fuente. Pero también hay una parte personal: no creo que Dios sea un señor con barba, pero sí creo que hay algo más grande que nosotros que se puede llamar Dios. Me interesa la conexión entre nosotros y lo que hay más allá de nuestra pequeñísima existencia.

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