Jul 152021
 

Es un tema recurrente. Todas alguna vez fuimos víctimas, todas alguna vez nos sentimos sobrepasadas, todas alguna vez nos preguntamos por qué seguimos ahí. La hostilidad que circula en las redes sociales puede agobiar, y hasta hay estudios que hablan sobre el poder del anonimato y la función de sublimación que lo peor del ser humano puede encontrar mediante esas vías.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la violencia en las redes dejó de ser combatida por muchos usuarios que, en lugar de eso, buscan generar otros mensajes e invitan a otro tipo de intercambios. En ellos queremos focalizarnos.

No solamente se trata de apoyar (o iniciar) campañas en change.org, o de la excelente idea de influencers como Santi Maratea que, mediante sus actos, les cambiaron la vida a muchas personas. Hablamos de algo tan simple como dar y recibir otra cosa. Cambiar la energía, elegir los mensajes que brindamos y los que queremos leer. Con qué tipo de contenido queremos conectarnos. Probablemente no sea un cambio radical, que vaya a reconfigurar los códigos y comportamientos en redes. Pero por ahí sí cambien tu día y le puedas cambiar el día a alguien. Y probablemente, a largo plazo, sí puedan ir generando otra manera de vincularnos virtualmente.

¿Quién dijo que tenemos que resignarnos a que nuestros timelines se pueblen de contenidos o energías que no nos suman? Podés empezar a buscar felicidad en tus redes ya mismo: dejando de seguir a esa persona que está siempre haciendo foco en lo negativo de la vida, a ese que solo está esperando tu posteo para contestarte algo hiriente o a esa ex pareja de la que te alejaste y que solo espiás para machacarte. Podés elegir seguir a personas que te sumen, que te inspiren, que te dejen pensando. Que te hagan bien. Tomando decisiones conscientes: podés diseñar vos misma el contenido que encontrás en tus redes.

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Influencers de nuestro ánimo

No es una novedad que las redes sociales tienen un impacto en nuestro estado anímico. Muchos estudios señalaron la frustración que sentían usuarios al mirar su vida y comprobar el contraste con la imagen que mostraban muchas personas, la dependencia total provocada por el miedo de muchas otras a perderse algo (el famoso FOMO) y la alegría de muchas otras de “estar en la suya” (JOMO).

Las redes sociales se llevan gran parte de nuestro tiempo, no es ninguna novedad. Sin embargo, en plena pandemia, con más tiempo en casa y una agenda informativa que se actualiza constantemente, nuestra relación con el teléfono se torna más dependiente.

Y, casualmente, en este momento de tantos miedos, angustia e incertidumbre, la ansiedad puede ser difícil de frenar. Un posteo lleva al otro y, antes de darnos cuenta, recorrimos cinco tragedias en tan solo un rato, dando lugar a la tendencia llamada doomscrolling y, muchas veces, sacrificando nuestro bienestar.

Redes sociales.

El morbo

No es raro que nos preguntemos por qué miramos cosas que pueden hacernos mal y, aun sabiéndolo, no podemos dejar de hacerlo. El famoso “morbo”. Para entender por qué, podemos remontarnos muy atrás en el tiempo: el ser humano tiene unos 300.000 años de vida y durante 290.000 años fue “cazador recolector”, es decir que su supervivencia dependía de su alerta y atención a predecir posibles peligros que surgieran.

Solo en los últimos 10.000 años la humanidad se asentó y recién en los últimos 100 años, gracias a la ciencia, el promedio de vida se duplicó en todo el globo. En definitiva, el hecho de querer estar atentos al peligro es algo más bien primitivo: logramos dominar nuestro ambiente, pero nuestro cerebro sigue en modo alerta observando lo que pasa.

Es por eso que nuestra cabeza y nuestra atención suelen dispararse tan automáticamente a las cosas negativas, “peligrosas”, a las malas noticias, a lo dramático. Y si bien hay personalidades que por distintos motivos explotan más o menos este rasgo, calmar la mente y enfocarnos en lo que nos hace bien es un desafío que vale la pena afrontar.

Precisamente este momento de la historia nos exige llevar a cabo, más que nunca, determinadas estrategias. En 2019, luego de estudiar el impacto emocional de las cuarentenas a lo largo de la historia, la Oganización Mundial de la Salud (OMS) enumeró el estrés, la ansiedad, la incertidumbre, la ira y el enojo, así como miedos, frustración y aburrimiento, como los sentimientos predominantes.

Ante este panorama, se brindaron varios consejos: uno de los más importantes es mantenernos en contacto, pero evitar la sobreexposición a noticias negativas. Al buscar estar cerca de los demás y conectados, pero “de una manera positiva”, estamos en sintonía con recomendaciones brindadas a nivel mundial.

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¿Somos lo que consumimos?

Cuando dos personas pasan frente a una vidriera, ven cosas diferentes y a cada una le llama la atención algo distinto. Lo mismo pasa con un cuadro, una canción y hasta una película. En algún punto, eso que nos llama la atención dice mucho de nosotros. No por nada las huellas digitales o cookies que vamos dejando a nuestro paso dicen mucho de nuestros intereses y, por ende, de nosotros.

Con esto queremos decir que por algo seguís a quienes seguís y que los valores que tiene, su forma de conectarse, el mundo del que te empape, tiene que ver con vos. Si bien se vive diciendo que redes como Instagram son plenamente aspiracionales, lo cierto es que hay un mundo que se esconde detrás de eso. Y de alguna manera, cuando vemos valores positivos en las personas y eso nos conmueve, nos alegra o hasta nos lleva a la acción, es porque compartimos esos valores. Si no, no los podríamos identificar. No podemos ver lo que no tenemos, dice uno de nuestros expertos.

¿Ya te fijaste quiénes son parte de tu universo en las redes? ¿Qué mensajes te llegan a diario? ¿Te sirven? ¿Son útiles? Todo podría resumirse en la siguiente premisa: para qué me voy a enfocar en lo que no puedo cambiar (y anclarme en el lamento), ¿por qué no, mejor, dirigir las energías en las variables sobre las que sí puedo influir?

Tu cuenta, tu casa

Por Beta Suárez (@mujer.madre.y.argentina). Lic. en Comunicación Social. Experta en contenido digital.

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Aunque vos y yo usemos la misma red social, sigamos exactamente a las mismas cuentas y entremos a navegar a la misma hora, no vamos a ver lo mismo. Vos podés tener un viaje de placer y yo uno muy accidentado. No hay dos muros iguales y esa idea me parece increíble.

Por eso, cuando escucho que alguien dice que Twitter es una mierda, Instagram es puro canje o TikTok es para gente que no piensa, lo primero que respondo es que eligió muy mal a quién seguir.

No nos vamos a meter ahora con los vericuetos de los algoritmos, pero sí es importante que sepamos, y que podamos detenernos a pensar, que en un mundo en pandemia en donde se incrementó aún más el tiempo que pasamos en las redes sociales (más de dos horas diarias según Data Reportal, en datos de enero de 2021), tenemos herramientas para que, cada uno desde su lugar, pueda mejorar el espacio digital que habitamos y que compartimos con otros.

¿Vos le pedís a todo el barrio que vote cada vez que tenés que cambiar las cortinas? ¿Qué hacés si alguien pasa por tu ventana, se asoma y te insulta? ¿Le dedicás tiempo, cabeza y angustia o cerrás tus postigos y te seguís concentrando en los invitados que usan posavasos para no manchar la mesa que con tanto amor les compartiste?

Tu cuenta en esa red es tu casa, tu negocio o tu aula. Y no solo la cuidás con lo que compartís o con las conversaciones que proponés, sino también con el consumo que hacés en ese espacio.

Te van a mostrar más de lo que más consumís, sin ninguna duda. Si no te gusta lo que ves, revisá lo que buscás. Recordá que el consumo irónico no deja de ser consumo.

Tenés, tenemos, el poder de construir un barrio digital en donde esté buenísimo divertirnos, aprender, compartir y encontrarnos.

En la misma red podés crear o amplificar una fake news o hacer una colecta para conseguirle el remedio más caro del mundo a una beba. Podés calmar dolores o generarlos.

Si nunca lo habías pensado, tenelo presente la próxima vez que uses una red social, que apretes el botón de seguir, que participes en una conversación o que promuevas determinados tipos de comentarios.

A diferencia de la vida offline, aquí podés elegir, sin ningún condicionamiento, qué barrio digital querés habitar y qué tan linda es la cuadra por la que vas a caminar a diario.

Te decía, tu cuenta es tu casa, tu negocio o tu aula. Reservate el derecho de admisión.

Expertos consultados: Hernán Alessandría. Especialista en psiquiatría y psicología, fundador de la Asociación Civil Global Psy. Juan Marenco Director general de Be Influencers. Marou Rivero Socióloga e influencer cultural.

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