Jul 202021
 

La experiencia de verse atravesado por la partida de un ser querido es absolutamente personal. No suele haber dos procesos iguales, mucho menos cuando la pandemia ha dotado de un cúmulo de particularidades a estas de por sí dolorosas experiencias.

La muerte es parte de la vida. Nada más intrínseco a ella misma que el registro de la fragilidad que nuestra condición nos impone, tan omnipresente frente a un virus que ya cosecha en el mundo más de 4 millones de víctimas. Ante un hecho tan traumático, sin despedidas ni funerales que contribuyan a dar vuelta la página, la vertiginosidad de un contagio mortal, que puede llevar a muchos a sentirse responsables por haber introducido la cruel enfermedad en ámbitos compartidos con otros, agrava los cuadros. ¿Qué ocurre cuando quien contagia se salva y quien ha sido contagiado fallece? ¿Cómo se procesa la carga emotiva de una situación tan indeseada para el sobreviviente?

El dolor asociado a la culpa puede convertirse en un peso imposible de arrastrar cuando una emoción irracional nos desborda. El personal de la salud padece con triste frecuencia estas complicadas situaciones. Para muchos otros, dilucidar el origen del contagio para intentar aliviar la conciencia se vuelve un desafío que no siempre podrán resolver.

Frente a la partida de un hijo, la ONG Renacer (renacerba.com.ar) ha reforzado su trabajo de acompañamiento en la pandemia ante el incremento de la demanda. Los talleres online del Programa de Salud Mental del Hospital Pirovano (talleresdelpirovano.com.ar) proponen “Charlando mis duelos” todos los lunes y el Centro de Ayuda al Suicida responde desde el 135 para CABA y el (011) 5275-1135 para el resto el país.

Un fenómeno tan omnipresente y amenazante como la muerte, propia o ajena, es hoy un ingrediente insoslayable de nuestro cotidiano transcurrir. Es difícil escaparse de las noticias y las cifras, con sus devastadores efectos sobre nuestra psiquis y nuestro cuerpo. Construir nuestra inmunidad supone atender este flanco, pedir ayuda para recuperar la homeostasis y brindarla cuando estamos en condiciones de hacerlo.

Un duelo puede también activar emociones positivas como el agradecimiento a la solidaridad y al acompañamiento. Por otra parte, muchas veces, tomar conciencia de nuestra finitud es el mejor trampolín a la construcción de los sueños postergados. Ya lo decía la compositora Eladia Blázquez, “no es lo mismo que vivir, honrar la vida”.

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