Jul 202021
 

TOKIO.- Haru tiene 17 años. Oriunda de la costera Otsuchi, en la prefectura de Iwate, es la única sobreviviente de una familia arrasada por el tsunami y el posterior desastre nuclear. Sobre sus hombros hay culpa y dolor. Y todo se potencia en Hiroshima, su segundo hogar. Allí donde tuvo que mudarse junto a su tía tras la tragedia. Pero cuando su tía se enferma, aparece el colapso definitivo. Algo dentro de Haru termina de estallar. E inicia un viaje de regreso a casa cruzando Japón de sur a norte. Con su corazón desgarrado, el convencimiento para seguir en pie viene de un nuevo compañero de viaje: “Si mueres, ¿quién recordará a tu familia?”. Haru es la protagonista de “El teléfono del viento”, la última road movie de Nobuhiro Suwa. Una película sobre el silencio, la soledad y la vida. Pero también sobre las dos cicatrices japonesas (Hiroshima no es casualidad) y la fuerza interna para la reconstrucción. Haru es la conexión. Y el teléfono (que realmente existe) es una cabina en la que los lugareños van a “conversar” con sus seres queridos fallecidos. Haru es Haruka, y su nombre hace referencia a las fragancias de la primavera. A los nuevos aires tras el desastre. A su nueva responsabilidad: recordar para seguir viviendo.

Si los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 fueron la muestra de cómo el país estaba de pie tras la Segunda Guerra Mundial, los de Tokio 2020 (no cambian el nombre más allá del año) tienen a Fukushima como bandera de “los Juegos de la reconstrucción”. No hay casualidades. Coronavirus mediante, cambiaron los calendarios y varios detalles organizativos (con protocolos y estados de alerta). Pero el mensaje nipón se mantiene intacto. En 1964, el joven Yoshinori Sakai fue el encargado de encender la llama olímpica. Sakai tenía 19 años y había nacido en Hiroshima, el 6 de agosto de 1945. Dos horas después de que el Enola Gay dejara caer la primera de las dos bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre territorio japonés. Ahora, los Juegos empiezan en Fukushima. En un escenario de fuerte carga emotiva. Allí también se inició el camino de una antorcha construida con el aluminio reciclado de las viviendas temporales de 2011. El recado del comité local siempre fue directo: el olimpismo como vidriera de recuperación y esperanza.

Un nuevo malecón se eleva a lo largo del Pacífico, cerca de la planta de energía nuclear dañada de Fukushima Daiichi en la distancia: una barrera por temor a un nuevo tsunami

No será la primera vez que Japón utilice un traspié como combustible, más allá de que el embrujo olímpico volvió a apoyarse sobre su tierra y puso en duda la gestión de Tokio 2020. Los Juegos modernos sufrieron boicots (Moscú 1980 y Los Ángeles 1984), atentados terroristas (Munich 1972 y Atlanta 1996), y hasta se vieron sacudidos por enfermedades (el zika en Río de Janeiro 2016), pero nunca dejaron de celebrarse en tiempos de paz (las cancelaciones se dieron en Berlín 1916, por la Primera Guerra Mundial, y en Helsinki 1940 y Londres 1944, por la Segunda). Por eso el ruido tras la primera postergación y el cimbronazo que provoca cada nueva mención. La pandemia puso a estos Juegos contra las cuerdas: la segunda reprogramación era sinónimo de cancelación. En el último año, los asiáticos miraron por el espejo retrovisor lo que significó el mal paso de 1940. A comienzos de los años 30, las autoridades japonesas presentaron la candidatura de Tokio para los Juegos de 1940 como un medio para demostrar al mundo su reconstrucción tras el devastador terremoto de Kanto, en 1923, pero las acciones bélicas en China derivaron en una presión diplomática que los dejó sin sede. Helsinki ocupó su lugar, aunque recién pudo organizarlos en 1952.

El otro comienzo para los Juegos

Más allá que el próximo viernes aparezca marcado en rojo en el calendario olímpico por la ceremonia inaugural, Tokio 2020 empieza esta noche (hora argentina). El estadio de béisbol de Fukushima Azuma tendrá actividad de la etapa de grupos del sóftbol femenino, y esos primeros enfrentamientos darán comienzo a la cita olímpica. Después, se sumará el fútbol femenino en Sapporo, Miyagi y Tokio (aparece el siempre interesante Suecia-Estados Unidos), pero los primeros focos irán hacia la ciudad de la catástrofe, la de una recuperación que todavía deja marcas. Entre debates por el tratamiento del agua y la radiación (aunque en varios rincones de Fukushima se encuentren medidores digitales para controlar variaciones). Y con un fuerte símbolo en la costa: un muro de concreto de 400 kilómetros de extensión que busca cuidar a la población, como señal inequívoca del nuevo miedo al mar.

El estadio de Fukushima Azuma, la sede elegida para dejar un mensaje local a 10 años del desastre | @Tokyo2020

En 2019, LA NACION estuvo en Fukushima con motivo del Mundial de rugby, y la utilización del J-Village como búnker de los Pumas (la también famosa ”casa embrujada de Bielsa en el Mundial 2002″). El recorrido en una camioneta pasó a metros de la zona crítica de la ciudad, por lugares en el que el paisaje se vuelve cada vez más inquietante. El equipo de LA NACION no pudo bajar, ni abrir las ventanillas. En la zona más afectada está prohibido ir caminando o en bicicleta. Por entonces, la radiación que se medía dentro del vehículo era de 4 microsiervert. En la calle subía a 12. Para poner en contexto: en la estación de trenes de Hirono o en J-Village el medidor nunca superó el 0,1.

En marzo de este año, el New York Times habló del temor de aquellos vecinos que ya no quieren volver. En una visita, a 10 años del desastre que azotó el norte de Japón en marzo de 2011 y se cobró la vida de más de 19.000 personas, los periodistas Hikari Hida y Mike Ives describieron cómo cambió una zona que cobró notoriedad internacional tristemente parangonable con la de Chernobyl. “En las ciudades cercanas el pasto crece en las grietas del asfalto y en las terrazas de los edificios abandonados. En los kilómetros que rodean la planta hay mojones físicos, recordatorios de un accidente que obligó al éxodo de unas 164.000 personas. En Katsurao hay tierra radioactiva depositada en sitios de desechos temporales. Desde la distancia, los montículos verdes parecen juguetes de niños desparramados sobre una alfombra beige. En Futaba, el predio de un templo budista sigue cubierto de escombros del terremoto. Y en algunas zonas boscosas, los científicos siguen encontrando evidencia de radiación persistente”.

La agenda marca las 9 de la mañana del miércoles (las 21 del martes, hora argentina) como el punto de inicio. Australia y Japón abrirán Tokio 2020 en Fukushima. Después, Italia-Estados Unidos y México-Canadá seguirán con la actividad de uno de los pocos deportes que empiezan antes de la ceremonia del viernes. Mientras, el coronavirus acecha. La quinta ola en suelo japonés obligó a profundizar el estado de alerta en Tokio y a cancelar la opción de contar con público en la capital y en las prefecturas vecinas de Chiba, Kanagawa y Saitama. Días después del anuncio oficial, Masao Uchibori, gobernador de Fukushima, avisó que su prefectura también iba a prohibir los espectadores. Un revés para la idea original de mostrar la recuperación. Aunque Uchibori dejó un aviso: “La batalla contra el coronavirus cambió las formas, pero no la esencia”. Fukushima no tendrá la postal esperada, pero sí espera su momento. El del deporte como homenaje. Los Juegos Olímpicos tienen su puntapié cerca del corazón del horror.

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