Jul 212021
 

No nos adentraremos en la polémica acerca de si estuvo bien o no comprar los famosos penes de madera para enseñar a los chicos a colocar preservativos. Cuando hay mucha pelea, la inteligencia es reemplazada por consignas que generan confusión, aun en temas delicados e íntimos como la sexualidad humana.

Dejemos entonces esa coyuntura de lado y hablemos de educación sexual, pero en un sentido más amplio que el de la literalidad genitalista que anda por allí. Educar se educa siempre. El problema es cuando se educa mal. Por ejemplo: hablar de cigüeñas y de pecados a ser castigados con el Fuego Eterno era una forma de educar cuyos frutos, a ojos vista, fueron muy malos. En su momento se reprimió no solamente la sexualidad sino la vitalidad que en ella existe. Quizás que el erotismo esté asociado tantas veces con la idea de dominar al otro o de “romper con las estructuras” sea consecuencia de aquella educación distorsionada, que anuló la alianza entre el placer y la intimidad afectiva en el terreno erótico.

Claro que hoy en día también hay otras formas de enseñar mal la sexualidad que la tornan mecánica, reactiva y banal, como si la literalidad le ganara al intangible que habita en todo erotismo.

La intimidad, ese delicado contacto con el interior afectivo propio y del otro, es la gran ausente en muchos (aunque no todos) de los nuevos abordajes discursivos sobre las relaciones sexuales. De hecho, los cuerpos así concebidos son cuerpos blindados que no por estar desnudos están abiertos a la emocionalidad y la entrega que tanto influyen en la calidad de los encuentros.

Ni hablar de la educación sexual ideologizada. El derecho a la sexualidad, sea cual sea la forma que la misma tenga, es el inicio de la historia, no su final. Usemos un ejemplo literario: todos tenemos el derecho a escribir, pero ese derecho no es garantía de una escritura buena, fecunda o inteligente. Lo mismo pasa con la sexualidad: el saber de derechos y cuidados, así como el conocimiento anatómico, es esencial, pero la educación merece ir más allá de eso e incorporar la emocionalidad, el respeto y el arte del compartir con el otro.

En ese sentido y como ejemplo de lo anterior, creo que el pudor merece ser valorado como virtud, y no solamente como signo de una personalidad reprimida. Es bueno ser pudoroso. Es una forma de custodiar a la intimidad. Bien visto, es un signo de libertad: uno se muestra a quien quiere mostrarse y custodia la intimidad afectiva del asunto.

A fin de cuentas, la sexualidad tiene mucho más de arte que de técnica o de puja ideológica, algo que conviene tener en cuenta a la hora de educar a los más jóvenes y ayudarlos a honrar su posibilidad erótica, sin cargar estereotipos que los aprisionen.

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