Jul 212021
 

Fue uno de los comediantes más divertidos de su generación, un artista con una rapidez mental asombrosa, amigo leal, esposo y padre de familia. Y también un hombre desesperado que se suicidó sin saber de qué estaba enfermo.

La muerte de Robin Williams fue un episodio especialmente trágico para todos los que, alrededor del mundo, disfrutaron de su arte. Su sonrisa franca en esa mirada brillante era la de un padre, la de un abuelo, la de un hermano mayor. No importaba si se trataba de un extraterrestre, de un conductor de radio, de un habilidoso standapero o de un payamédico, detrás de todos ellos siempre estaba la misma humanidad, que tocaba una cuerda interna en nosotros haciéndonos compañía en una sala oscura, rodeados de extraños, frente a un lienzo de imágenes proyectadas.

Había nacido en Chicago el 21 de julio de 1951, y su filoso humor provenía directamente de su madre: “Era muy divertida, graciosa con la gente. Fue su gran característica. Mi padre trabajaba para Ford Motors, y a causa de ese trabajo nos mudábamos mucho. Yo era muy callado, un solitario sin amigos. Fui hijo único y una sirvienta me crio durante mucho tiempo”.

Ya adolescente, fue el deporte el que le permitió a Williams generar un grupo de pertenencia en el entorno de una escuela privada en Detroit. A él le gustaba ejemplificar esa etapa de su vida como un reflejo de lo que serían después los alumnos de La sociedad de los poetas muertos (Dead Poets Society, 1989, disponible en Google Play), de ahí que se sintiera tan cercano a ese papel como para exigir condiciones poco comunes en él, como la supervisión del guion y la elección del director. En un punto, aquel profesor le estaba hablando al adolescente que había sido.

Una escena de La sociedad de los poetas muertos

Sin embargo, esta etapa fue tan solo el 50 por ciento de su adolescencia. Porque de Detroit pasó a un colegio estatal de San Francisco donde la disciplina trocó en experimentación, libertad y Flower Power, un concepto que fascinó al chico de 16 años, al punto de entregarse a él. Allí, imitando a un profesor en un acto de fin de año, fue gracioso por primera vez.

El mejor amigo de Superman

Robin Williams en su juventud

Un frustrado comienzo en Ciencias Políticas, la decisión de abandonar todo por la actuación, las clases en conservatorios de barrio, y la llegada a la prestigiosa pero incompatible Juilliard School. Los primeros años en la profesión de Robin Williams fueron inciertos, aunque algo quedó de su paso por la estricta academia: conocer a quien sería uno de sus mejores amigos del medio, Christopher Reeve.

“Christopher era mi compañero de cuarto -cuenta su amigo Stanley Wilson en el documental Robin’s Wish, disponible en HBO Max-, y Robin se convirtió muy rápidamente en el mejor amigo que tuve. No era un comediante en ese entonces, sino un actor muy serio. Era tan creíble que impresionaba tanto a los estudiantes como a los profesores. Pero abandonó antes de terminar el año”.

Robin comenzó a trabajar en un bar: el trato era toda la noche atendiendo la barra, por tener unos minutos arriba del escenario. Una propuesta imposible de rechazar: “Algunos personajes gustaron. Yo no contaba chistes, los personajes son mi vehículo, hablo poco como yo mismo”.

Noche tras noche, club tras club, el artista fue perfeccionando sus personajes, sus rutinas, al punto de convertirse completamente cuando tenía una audiencia adelante. En cada actuación el chico tímido y melancólico desaparecía, dándole paso a un alter ego arrollador. Fue luego de una de esas funciones, que Williams extendía haciendo sus rutinas en la calle, que lo vio la jefa de casting de la serie Happy Days y le propuso hacer una participación como un extraterrestre llamado Mork.

El resto es historia conocida. Aquellas participaciones secundarias derivaron en la serie Mork y Mindy (1978/1982), que durante cuatro temporadas lo convirtieron en una de los astros más importantes de la época. Y también lo llevaron al consumo de cocaína, para poder sobrellevar el ritmo de grabación, junto a las actuaciones nocturnas, y a las fiestas y descontrol en los que ambos caminos confluían.

”La cocaína es Dios diciéndote: ‘Ganas demasiado dinero’”, solía decir a veces en broma; “Había demasiada, era lo normal en aquellos días. Algunos clubes directamente te pagaban con ‘Blanca’ o ‘Verde’. Ibas a los clubes y terminabas en la casa de un dealer. Todos te la daban porque eras famoso”, se lamentaba otras veces en serio.

Nada es imposible

La muerte a los 33 años de su compañero de la noche John Belushi, en 1982, fue la primera alerta de que la adicción se le podía ir de las manos. Robin Williams había estado con él unas pocas horas antes de su fallecimiento, pero fue su compañera de Mork y Mindy, Pam Dawber, la que le dio la noticia: “Le dije: ‘Pasó algo terrible. John Belushi murió anoche de una sobredosis’. Caminamos juntos hacia nuestros trailers, y antes de entrar al suyo le dije: ‘Si te pasa, te juro que te busco antes y te mato’. Pero él me contestó: ‘Dawbs, eso nunca me va a pasar a mí’”. Se mantuvo “limpio” por algún tiempo, menos de lo que hubiera querido.

Williams y Pam Dawber, su compañera en Mork y Mindy

A la muerte de Belushi le siguió la cancelación de Mork y Mindy. Williams había llegado a lo más alto, para luego quedar suspendido en el aire. Tras algunas películas popularmente menores recuperó su status con un personaje maduro, alejado de las locuras del extraterrestre y más cercano a lo que vendría después: presentado al compás de “Qué mundo maravilloso” de Louis Armstrong nacía el locutor John Keating de Buenos días, Vietnam (Good Morning, Vietnam, 1987). Enseguida llegaron La sociedad de los poetas muertos, Despertares (Awakenings, 1990), Pescador de ilusiones (The Fisher King, 1991, disponible en Apple TV+), Hook (1991), Aladdin (1992, disponible en Disney+), Papá por siempre (Mrs. Doubtfire, 1993, disponible en Disney+), el astro de la televisión se había transformado en estrella de cine.

La comedia dio paso al drama, otro salto mortal en la carrera del intérprete. Cuando todo el mundo sabía que era uno de los hombres más graciosos del ambiente artístico, decidió aceptar desafíos más complejos, como el de En busca del destino (Good Will Hunting, 1997), Más allá de los sueños (What Dreams May Come, 1998) o Maten a Smoochy (Death to Smoochy, 2002). Y entonces, una nueva pirueta para hundirse aún más en los personajes perturbados de Noches blancas (Insomnia, 2002), Retrato de una obsesión (One Hour Photo, 2002, disponible en Google Play) o La memoria de los muertos (The Final Cut, 2004).

El humor quedó para las actuaciones en vivo, las entregas de premios y, a veces, la vida cotidiana. Aunque Robin Williams amaba hacer reír, con el tiempo comenzó a perder ese espíritu indomable. Hacía tiempo que habían vuelto las drogas, y al tiempo se había sumado el alcohol. Su cable a tierra era andar en bicicleta, llevar una vida apartada junto a Susan Schneider Williams, su tercera mujer desde 2011, y cada tanto subirse a un escenario.

Pero su fuego sagrado se consumía, al igual que él. Cuando Pam Dawber se reencontró con Robin en 2014 para participar de un capítulo de la serie The Crazy Ones, lo que vio la dejó angustiada: “Hacía veinte años que no lo veía, por eso acepté ir a su show, para verlo. Enseguida me dí cuenta de que algo no estaba bien, no era el tipo feliz de antes. Su cuerpo estaba rígido y ya no era tan agudo. Parecía un muñeco de cera. Le pregunté y me dijo: ‘Estoy bien, pero un poco preocupado porque estoy perdiendo peso, y no se sabe por qué”.

Cada uno de sus compañeros notaba lo mismo cada vez que lo encontraba. Shawn Levy, responsable de la saga de Una noche en el museo, contó cómo fue ese último rodaje con él: “A un mes de comenzar la tercera entrega, fue claro tanto para mí como para todo el equipo que algo le pasaba. Luchaba de una manera en la que nunca lo había hecho antes por recordar sus líneas y para combinar las palabras correctas con la actuación. Nunca perdí la fe en él, pero vi su moral desmoronarse. Ví a un hombre que no era él mismo, y que creía que eso era imperdonable”.

Muchos, inclusive el actor, creían que se trataba de una mezcla de cansancio, depresión por un diagnóstico de Parkinson, y el consecuente preludio de una merecida jubilación. Sin embargo, había un problema mucho más grave, que nadie supo diagnosticar hasta años después de su muerte.

“Quiero ayudar a que la gente tenga menos miedo”

El documental Robin's Wish da cuenta de la lucha de Williams contra una enfermedad que desconocía

El documental Robin ‘s Wish -que se centra en los últimos años del astro- comienza con la voz en off de su pareja Susan Schneider: “Sin saberlo estuvimos luchando contra una enfermedad mortal que no tiene cura. La devastación en el cerebro de Robin por la demencia de los cuerpos de Lewy fue uno de los peores casos que el personal médico ha visto. Sin embargo, a pesar de todo esto, su corazón se mantenía fuerte. Cuando Robin comenzó a actuar fuera de lugar casi todas las regiones de su cerebro estaban bajo el ataque de la enfermedad de Lewy. ¿Puedes imaginar el dolor que sentía mientras experimentaba cómo se desintegraba? Y no era por algo que alguna vez entendería o podría nombrar”.

Desesperado, sufriendo alucinaciones, demencia, sin poder dormir, Robin Williams se despidió de su mujer la madrugada del 11 de agosto de 2014, cerró la puerta de su habitación con llave y se ahorcó. Aunque nadie pudo saber qué fue lo que pasó por su cabeza en ese momento, evidencias encontradas en el dormitorio suponen dos hipótesis: que la acción fue parte de uno de sus habituales delirios paranoicos, o que había descubierto que tenía una enfermedad incurable.

Entre sus muchos efectos personales apareció un libro con una frase de su puño y letra fechada el 31 de julio de 2012: “Quiero ayudar a la gente a tener menos miedo”. Uno de sus últimos pensamientos, y el motor de la etapa final de su vida.

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