Jul 222021
 

Si tuviera que usar un calificativo para sintetizar la personalidad de Juan Sourrouille, mi palabra es coraje, un coraje sin alardes. Había que tener coraje –intelectual y también físico– para acompañar a Raúl Alfonsín desde el primer día de su presidencia, como lo hicieron tantos, en ese desembarco de Dunkerque que fue el nacimiento de la democracia. Había que tener coraje para, a los dos meses de llegar al Ministerio de Economía, presentarle al presidente un programa diseñado para abatir de un tajo el régimen de alta inflación que en una década nunca había sido menor al 100% anual, que al momento de asumir Alfonsín ya era superior al 600% anual, y que en el momento de ponerse en marcha superaba el 1000% anual.

No había antecedentes de un experimento igual en la Argentina. Pudo parecer un salto al vacío, pero el Plan Austral, que de eso se trataba, tuvo un asombroso éxito inicial y un gran acompañamiento social e internacional. Visto a la distancia, que al cabo de un año ese éxito se fuera diluyendo, acosado por la crisis de la deuda, por la amenaza golpista, las huelgas generales, un empresariado miope y por los errores propios, no debería sorprender. Habría sido un milagro que bajo esas condiciones ese fuera el final definitivo de la inflación en nuestra “sociedad conflictiva” (usando palabras escritas por Juan Sourrouille).

Pero él no cejó nunca en su empeño por mantener el barco de la economía a flote. Tuvo que tener coraje para navegar en la tormenta desde mediados de 1986 hasta marzo de 1989, cada día un sobresalto, echando mano a todas las herramientas a su alcance: ortodoxia, heterodoxia, fisco, moneda, política de ingresos y “macumba”, como un día dijo Adolfo Canitrot. En ese empeño, Sourrouille dejó en segundo plano su prestigio académico cuando fue preciso, nunca asomó en él la soberbia, porque siempre, acertado o equivocado, fue su prioridad ser útil como herramienta de una transición democrática que avanzaba en medio de la incertidumbre. En ese sentido no fue un ministro bueno, sino excepcional, en sentido estricto. Un ministro con coraje y sin cálculo personal.

Ahora que se ha ido repienso su trayectoria con un dolor que va más allá del vacío que deja. A cada persona le toca un tiempo y un destino. Pero casi nunca el destino se elige. A él le tocó un tiempo y un destino difícil que enfrentó con templanza y determinación, pero sospecho que a Juan Sourrouille le hubiera gustado menos vértigo, menos ruletas rusas macroeconómicas. Le hubiera gustado –arriesgo– ser el ministro del desarrollo en un país en que –vuelvo a usar sus palabras– “la gente gane plata produciendo y todos tengan la oportunidad de producir”. Cultivar las plantas y cuidar del jardín con perseverancia como hacía él todos los veranos a orillas del mar.

NOTA COMPLETA

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