Sep 072021
 

Unas vacaciones me fui a Barcelona con mi mamá. Un día quisimos hacer un picnic en un parque. Ella ya había estado ahí y me dijo: “Nos tomamos este subte, hacemos combinación acá y bajamos allá”. No entendí nada. Yo, que lo único que conocía de Barcelona era a Messi, abrí Google Maps y me fijé cómo llegar. La primera opción que aparecía era un bondi que tardaba la mitad del tiempo. Entonces le dije: “Mirá ma, éste nos lleva por un camino mucho más corto y rápido”. Lo miró medio de reojo y me dijo: “No, no, no, vamos como dije yo”. Me quedé muy mal, me sentí muy frustrado. No entendí qué pasó.

Un tema de edad: adolescentes y adultos

Es la misma impotencia que vengo sintiendo, cada vez más seguido, en mis últimos años. El hecho de tener la respuesta para algunas cosas pero no poder usarla, no porque no quiera, sino porque no me dejan.

Mirémoslo así: por un lado, gracias a la tecnología tengo libre acceso a la información; desde mi celular puedo saber desde a qué velocidad habría que pegarle una cachetada a un pollo para que se cocine al instante, hasta cómo llegar a una plaza en una ciudad desconocida. Y no sólo eso, yo no puedo no estar al tanto de las redes sociales o no tener un celular, porque tarde o temprano quedaría desactualizado y fuera de todo.

Manuel Fernández Burda y su charla en los Clubes Ted-Ed

Pero, por otro lado, toda esta información choca de frente contra una pared enorme, los adultos.

Por ejemplo, la primera vez que quise salir a andar en bici con mis amigos, mis papás no me dejaron. “Sos muy chico”, “todavía no podés” ¿Chiquito para qué? ¿Qué era lo que me faltaba? ¿Qué cosa no sé? Si ya sabía andar en bici y había googleado cómo ir y cómo volver.

En la escuela me pasa algo parecido. El año pasado, después de haber hablado con mi profesora, con algunos compañeros, y, obviamente, de haber investigado en internet de qué iba, me dieron ganas de dedicarme a la química. Nadie me preguntó qué me gustaba o pensó qué materias eran mejor para mí; me siguieron enseñando las mismas 12 materias de siempre, sin tener en cuenta mis intereses.

¿Por qué no me quieren escuchar?

Y es acá donde mi cabeza hace ¡pushh! Entra como en un loop. Al tener acceso a tanta información me siento presionado, empujado a entrar al mundo adulto. Es como si me dijeran: “Bueno campeón, tu adolescencia terminó”. Pero tampoco me dan la autoridad y entonces esa adolescencia que estaba por terminar, parecería que va a ser eterna.

Yo entiendo que me falta experiencia; cuando mis papás me dijeron que no podía salir a andar en bici, como buen adolescente rebelde, obviamente no les hice caso y me fui con mis amigos. Andando por la bicisenda se nos cruzó un perro sin correa. Cada uno de los chicos supo esquivarlo perfectamente y yo casi lo piso. Ahí se me prendió el foquito, me faltaba su experiencia. Claro que jamás podría haber previsto eso, ni siquiera buscándolo en Internet, pero creo que esto tampoco justifica un “no podés porque sos chico” como única respuesta.

Creo que hay un nuevo conflicto en la relación entre adolescentes y adultos. Antes, el derecho a decidir y la información se concentraban en una misma persona. Hoy, muchas veces, yo tengo tanta o más información que los adultos.

Esto debería darnos a los jóvenes la oportunidad de ocupar un lugar que hoy no tenemos o de darnos más libertad para tomar nuestras propias decisiones. Algo tiene que cambiar.

Yo no sé cómo van a ser estos cambios, pero algunos indicios me dejan ver por dónde va.

Años atrás, de regreso de las Olimpíadas de Química, mi profesora nos propuso, a mis compañeros y a mí, ayudarle a editar errores de la guía de ejercicios y a pensar nuevos ejercicios. Pero, lo mejor de todo, fue que puso nuestros nombres en la guía junto al de ella. ¿Qué profesor hubiese hecho antes una cosa así?

Manuel Fernández Burda y su visión del mundo de los adultos en Clubes Ted-Ed

En casa también me están empezando a dar un lugar distinto. Cuando mi papá, que es abogado, se inscribió a la carrera de Psicología y tenía que rendir Biología, me dijo: “Pibe, hasta que no sepa que es una procariota no salís de acá”. Ahora, cada vez que nos sentamos a estudiar siento que le estoy explicando a un compañero más del colegio.

Yo estoy seguro que el vínculo con los adultos va a cambiar, ¿Y saben por qué? Porque cuando fuimos a ese parque en Barcelona, a la ida tomamos el subte como había dicho mi mamá, pero a la vuelta…volvimos en bondi.

NOTA COMPLETA

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