Sep 072021
 

En estos últimos años, los cambios y especialmente la incertidumbre generados en torno al Covid-19 han incrementado el nivel de estrés de la población, provocando consecuentemente un aumento de presencia de sintomatología de ansiedad y anímica, problemas de sueño y burn out, entre otros. Todas estas cuestiones tienen un impacto no sólo en el bienestar de las personas sino también en su productividad, su ausentismo, rotación y sentimiento de pertenencia organizacional.

Ya en 2008 el reporte final de “Capital Mental & Bienestar”, generado en el Reino Unido, decía: “El mundo está cambiando con consecuencias que llegarán lejos: la globalización y la creciente intensificación del trabajo se va a combinar con los niveles de estrés y ansiedad de los trabajadores, afectando su salud y su eficiencia”.

Sumémosle a esto los cambios abruptos en las personas y en la naturaleza del trabajo generados por la pandemia y tenemos una combinación a la que sin duda hay que escuchar.

Todo esto ha llevado a que muchas organizaciones pongan el foco en la promoción de programas y actividades de bienestar y en las herramientas que tenemos a mano para potenciarlo.

Pero, ¿cómo puede una organización desde su rol aportar para que sus recursos se sientan bien, en medio de una pandemia en donde el estrés y la preocupación abundan?

Desde un punto de vista organizacional, una respuesta rápida podría ser que a mayor paga y propuestas de beneficios se aumentaría el bienestar. Pero los datos parecen indicar que la realidad es un poco más compleja y que, una vez cubiertas las necesidades económicas básicas, los ingresos no parecen correlacionarse demasiado con la percepción del propio bienestar.

Desde un punto de vista científico, la ciencia ha comprobado que nuestro cerebro es “plástico”, que puede cambiar a partir de la experiencia. En este sentido, el trabajo es un generador de experiencias, al cual dedicamos gran parte de nuestro día, con lo cual, lo que sucede en este ámbito incide también en nuestro bienestar. La oportunidad de crecer, de poner a prueba nuestras habilidades, tomar decisiones y el simple hecho de sentirnos parte de una organización valorada, son algunos de los factores que contribuyen al bienestar del que debería ser el capital más preciado de las empresas, las personas que trabajan en la misma.

Otras conductas que pueden potenciarlo son por ejemplo la disposición al optimismo y a tener expectativas positivas de las cosas, junto con el ejercicio físico y los hábitos saludables. Igual de importante son los vínculos: Las relaciones significativas son un amplio dador de bienestar. Mejorar la calidad de vida y compartir con otros aquellas actividades que promueven la salud, contribuye a desarrollar el potencial personal y el bienestar físico, mental y social de los colaboradores de una organización.

Algunos ejemplos de intervenciones que pueden colaborar con estos objetivos incluyen la evaluación de la salud mental en el ámbito del trabajo, la promoción de actividades de bienestar – como propuestas que fomenten el ejercicio físico, la alimentación saludable, el buen descanso y la conectividad social -, la promoción de un ambiente de trabajo saludable que fomente la autonomía, la flexibilidad en las formas de trabajo y el sentido de pertenencia organizacional.

En resumen, el bienestar se cultiva y se construye. El mismo afecta no solo la calidad de vida de los trabajadores sino su rendimiento y productividad. Aquellas organizaciones que pongan el foco en potenciar el bienestar de sus colaboradores estarán más preparadas para enfrentar un futuro cada vez más cambiante e incierto y salir fortalecidas de cada desafío y situación que se les presente.

Coordinadora de Ineco Organizaciones

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