Sep 142021
 

Tal vez no sea un mal momento para insistir sobre algo que es obvio, que debería ser una segunda naturaleza para todo ciudadano (argentino o de cualquier otra democracia) y que, de un modo sorpresivo, un querido amigo trajo a la charla el domingo por la tarde. El dinero que los Estados gastan es nuestro. Proviene de impuestos, tasas, sellos, cánones, gravámenes, cargas y aranceles. Este levemente jocoso abuso de la sinonimia es para morigerar un hecho brutal, pero irrefutable: los funcionarios administran nuestra plata, nada más. Algunos –no es lo más frecuente– quizá lleguen a estadistas, pero ese es otro análisis.

Pero el dinero, todo el dinero que la Nación emplea para su funcionamiento proviene de lo que producimos el resto de nosotros; incluso cuando el país tome deuda, invierta o emita, a la larga, nosotros pagamos las cuentas. Es sumamente importante repetirnos esto de ahora en más, cada día. Porque delegamos la administración de esos fondos, y mucho antes de indignarnos por los escándalos a los que nos tienen habituados, lo menos que debemos exigir es que los administren bien. Porque esa plata nos pertenece, nos costó esfuerzo y desvelo, salió de nuestros bolsillos, y, por lo tanto, queremos que la empleen bien.

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