Sep 142021
 

En las elecciones del domingo pasado, los mayores de 70 años tuvimos el privilegio de no hacer fila para votar. Una de las pocas ventajas que, en este tiempo de COVID-19, se nos concedió a los ancianos; la mayoría, por otra parte, jubilados lo que equivale a decir víctimas preferenciales de saqueo económico desde hace décadas.

Cuando salí del cuarto oscuro y emprendí el regreso a mi casa, más calmo, miré con atención ca quienes estaban en la cola; por supuesto, eran menores que yo. El último era un muchacho que debía de ser la primera vez que participaba en comicios. Tenía los ojos teñidos por una mezcla de aburrimiento y desconcierto, al que le agregaría el adjetivo temeroso.

Desde hace casi diez años, podría haber dejado de votar. A fin de noviembre, probablemente (quién puede estar seguro de lo que va a ocurrir en más de dos meses) cumpla los 80. ¿Por qué votamos los que estamos eximidos de hacerlo, los que, en cierto modo, por edad, estamos “jubilados” de nuestra condición de ciudadanos?

Hay varias razones. La mayoría de nosotros, los “abuelos”, eufemismo de viejos, estamos en un limbo o en un purgatorio –no sé dónde nos hubiera ubicado Dante Alighieri–, en el que nuestros actos casi no inciden en la vida pública. Eso sí, cada mes de nuestra supervivencia afecta las cajas del Estado porque éste nos está obligado a pagar los “beneficios” jubilatorios. Hay, sin embargo, un acto que podemos ejercer y que influye, de modo anónimo, pero potente, en la realidad: emitir nuestro voto. Se nos autoriza a no hacerlo; para nosotros, no es obligatorio, pero es un derecho. Es el único momento en el que el gobierno de turno trata de mimarnos, en vez de exterminarnos. Formo parte de un grupo de excompañeros de colegio secundario que estamos en contacto por Whatsapp. El domingo, varios de ellos informaron al resto que ya habían votado. Lo habían hecho no sólo por ellos, sino, sobre todo, por sus hijos y sus nietos. Ya se sabe, los nietos son la razón de vivir de los abuelos; los hijos pasan a un segundo plano cuando hay nietos.

No tengo hijos, no tengo nietos, soy soltero. ¿Por qué voy a votar a políticos de los que desconfío, ya que no han hecho sino perjudicarme? Más aún, por cierto, me agraviaron las dictaduras militares.

Todos los gobiernos, con empeño, emprendieron la tarea de destruir el país del que me sentía orgulloso. Hubo dos excepciones: Humberto Illia y Raúl Alfonsín. Éste último me defraudó en el plano económico, pero no en asuntos muy importantes para mí: la defensa de los derechos humanos y el juicio a la cúpula del gobierno militar.

Podría decir que hace dos días fui a votar por vocación republicana. Es sólo la parte políticamente correcta de la verdad. Los ideales republicanos son nobles, creo en ellos, y han sido mancillados con pertinacia desde que nací. Si esos ideales fueran respetados, contribuirían a mejorar la situación de los argentinos. Pero las ideas las ejecutan políticos que, hoy, son una élite no siempre lúcida y, a veces, torpe: a menudo, se equivocan de buena o mala fe y “ejecutan” –es el verbo justo- en la acepción de ajusticiar, de matar al reo, es decir, a la idea y al ciudadano.

En verdad, fui a votar para que vivamos en paz y por el futuro de los seres que quiero y que ellos quieren. Lo hice por egoísmo. Yo soy los que quiero. Eché el sobre en la urna con la esperanza, contra toda evidencia, de que, por un milagro, las cosas cambien. De que pueda dejar esta última y anónima huella en la tierra donde tantos seres de talento y laboriosos me enseñaron a pensar, a compartir y a gozar de los buenos frutos de la condición humana. Los milagros exigen tiempo, trabajo inteligente, esfuerzo constante, y educación.

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