Sep 232021
 

Hace unas semanas vi en casa Cruella y pensé mucho en mi amiga querida la abogada, la de las uñas impecables. La película la miré entusiasmada porque la protagoniza Emma Stone y para mí es espléndida, tan precisa en lo que hace y tan simétrica en su belleza, y me hizo acordar a mi amiga la abogada, que también estudió coaching, no por el personaje principal, Emma, la tremenda Cruella de Vil, esa mujer de cabello mitad blanco mitad negro que en la película infantil 101 dálmatas quiere matar a los cachorros para hacerse un tapado de piel, sino porque a lo largo de las dos horas que dura el film se cuenta la historia de esta mujer mala, como para entenderla, y con mi amiga solemos discutir bastante sobre esto de entender las cosas. Sobre las razones.

Ella siempre dice que lo que pasa pasa por algo. Asegura que existen causas y consecuencias. Y por eso debatimos. En las tardes en las que salimos a caminar al sol para dejar a un lado, casi en los bordes, todo lo que está en el centro (el virus, el amor, la economía, la familia), o esas noches en que cenamos la misma ensalada en ese restaurante que nos recuerda a otro tiempo, ella le encuentra una razón a cada episodio de su vida o de la mía y a mí un poco me enoja porque no la entiendo, porque no soy capaz de imitarla cuando recibe una noticia y la procesa, la desarma, la divide en cuestiones y, como la panadera que se dispone a amasar el pan y tiene por una lado la harina, por otro la levadura, el agua, lo demás, une todo de nuevo y de ello saca algo lindo.

Yo en cambio siento que cada vez me parezco más a mis padres en las tardes en las que les pedía o reclamaba lo que fuere, una nueva muñeca, un piano de cola, salir con mis amigas hasta la madrugada, y ellos me decían que no y yo les preguntaba por qué y los dos respondían lo mismo: “Porque sí. Porque lo digo yo”. Ninguno me daba motivos. Quizá no los tenían o eran débiles. Quizá solo buscaban saborear eso, el poder. Y para mí muchas veces la vida es como mis padres en ese entonces. Una autoritaria. Por eso discuto con mi amiga la abogada, la que pinta cuadros y hace vasijas de cerámica. Ella escarba hasta encontrar cierta lógica que encastre los hechos y yo ni siquiera me tomo el trabajo porque no lo veo. Ella es optimista y larga al aire frases del tipo: “Pero igual esto es bueno (esto es, por ejemplo, una ruptura amorosa, tener un problema de salud). Esto pasa para que nos demos cuenta de que lo que importa es el resto, pasa porque lo mejor era que pasara para después comprender mejor y disfrutar más”. Yo no creo en nada, tal vez en la injusticia, pero sí agradezco a mis padres el gesto, tirano, porque creo que lo que hicieron sin saberlo fue prepararme para lo que iba a venir después.

Como lo muestra Cruella, en su escena frente a la fuente. Hermosa, Emma está parada con el cabello destrozado por una revelación y el maquillaje corrido que le embarra el rostro (qué pena ver ese rostro tapado de negro pero qué real que nada quede en su lugar) y dice, por suerte, lo que yo esperaba oír. Tras una seguidilla de situaciones que podrían entenderse como justificativos de su accionar (pobre Cruella, roba billeteras porque su madre no la quiso; pobre Cruella, quiere matar perritos indefensos porque su madre asesinó a su madrastra), le habla al agua estancada pero a todo el mundo y repite convencida, en pequeños destellos, que no, que no encaja, que lo intentó pero no, no es dulce, no es bondadosa. “Nací mala”, lanza erguida y concentrada, con un atuendo que ella misma diseñó y que es perfecto para lo que sucedió, y ahí me da la razón. No hay nada que explicar. No es la historia de una niña que sufrió tanto que se convirtió en una malvada. No es justo. Es lo que pasa. Bueno o malo. Porque sí y punto.

NOTA COMPLETA

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