Sep 292021
 

SANTIAGO, Chile.- Desde que se mudó a Chile en 2013, Phalone, una mujer haitiana, había logrado llegar a fin de mes y trabajaba como peluquera en un pequeño pueblo al norte de la capital, Santiago.

Pero en mayo se embarcó con sus dos hijos, y 20 familiares y amigos, en un peligroso viaje de más de 7560 kilómetros hacia Estados Unidos. Lo arriesgó todo y esperaba lo mejor.

“Las cosas se pusieron muy difíciles para los inmigrantes en Chile”, dijo Phalone, que no quiso que se publicara su apellido por temor a que eso pusiera en peligro sus perspectivas migratorias en Estados Unidos. “Nos dicen: ‘Ándate a tu país, son una lacra’”.

El campamento Villa Dignidad en Santiago, Chile, donde viven más de 1000 familias, la mayoría haitianas (Cristobal Olivares/The New York Times)

De los miles de haitianos que recientemente llegaron a la frontera sur de Estados Unidos, muchos, como Phalone, procedían de Chile. Durante la última década, mientras los haitianos buscaban refugio del devastador terremoto de 2010, Chile, con su generosa política de entrada y su economía estable, se convirtió en un destino atractivo para ellos.

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Las cosas cambiaron rápidamente con la elección de dos nuevos presidentes.

En Chile, los migrantes se enfrentaron a nuevas restricciones, mientras que en Estados Unidos, el gobierno de Joe Biden ofreció nuevas protecciones para los migrantes haitianos que ya estaban allí. Muchos haitianos que estaban en Chile confundieron esas medidas con una apertura y emprendieron el arduo viaje hacia el norte hasta la frontera, solo para ser retornados a la fuerza a Haití, a veces con grilletes.

“Nos vendieron el ‘sueño chileno’, pero resultó no ser un sueño”, dijo Steeve Azor, de 28 años, que emigró de Haití a Chile en 2014. “Todos pensaron que Biden tendría políticas más flexibles con la migración”.

Un campamento de migrantes en Lampa, Chile (Cristobal Olivares/The New York Times)

Los que llegaron a la comunidad fronteriza de Del Río, Texas -después de pasar meses en el camino- de inmediato supieron que se habían equivocado. Estados Unidos acogió a muy pocas personas, lo que originó escenas de miseria y desesperación.

Cuando algunos intentaron cruzar el río Bravo fueron rechazados de manera violenta por agentes de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos que montaban a caballo. Miles de personas más se reunieron debajo de un puente, y muchas fueron retornadas al lugar donde comenzó todo: Haití, un país fracturado donde las crisis se superponen.

Sin embargo, muchos haitianos siguen viajando desde Chile, sin saber lo que les espera en la frontera de Estados Unidos o dispuestos a correr el riesgo.

En parte, eso sucede porque la vida es cada vez más difícil para los migrantes en Chile.

Según cifras del gobierno, para diciembre había más de 182.000 haitianos viviendo en Chile. Eso no incluye a los migrantes indocumentados, que son invisibles para el gobierno y, por lo tanto, vulnerables a sufrir “abusos en materia laboral y de vivienda”, dijo Álvaro Bellolio, director del Servicio Nacional de Migraciones de Chile.

Escasez y dificultades

El trabajo y la vivienda siempre fueron difíciles de conseguir, pero se hicieron más escasos durante la pandemia. Muchos haitianos quedaron en la indigencia. Algunos alquilan habitaciones en casas hacinadas y en ruinas. Otros se convirtieron en ocupantes ilegales. Muchos trabajan como vendedores ambulantes.

Jean Stivens, un migrante haitiano, en un campamento en Lampa, Chile.  (Cristobal Olivares/The New York Times)

“Yo investigué sobre Chile antes de venir”, dijo Azor, quien migró desde Haití. “Y nunca imaginé que podría estar arrendando una pieza cara y compartiendo baño con otras 20 personas”.

Ivenet Dorsainvil, de 34 años, profesor y vocero de una plataforma de organizaciones haitianas en Chile, se mudó a Santiago en 2010 después de obtener una visa de estudiante y un cupo en un programa de posgrado. Cuando se mudó, Chile estaba saliendo de la crisis financiera mundial y había muchos puestos de trabajo para inmigrantes.

Pero, con el paso de los años, eso cambió. Se acusó a los migrantes de quitarles puestos de trabajo a los chilenos y de presionar los servicios sociales.

Daphne David, una migrante hatiana, trabaja en una estación de servicio en Lampa (Cristobal Olivares/The New York Times)

El país también recibió a cientos de miles de venezolanos que huían de las terribles condiciones de ese país. Y, a medida que las filas de migrantes haitianos aumentaron en 2017 y 2018, muchos en Chile comenzaron a tratarlos con especial desdén, dijo Dorsainvil.

Algunos haitianos, señaló, estaban claros sobre los riesgos de intentar ingresar a Estados Unidos. “Hay gente que está vendiendo sus pocas cosas y parte con sus niños”, dijo Dorsainvil. “Dicen que prefieren morir, en vez de estar humillándose aquí”.

La haitiana Rose Marlen en su cas en Lampa, Chile  (Cristobal Olivares/The New York Times)

Waleska Ureta, directora del Servicio Jesuita a Migrantes, dijo que Chile podría haber hecho más para lograr la integración de los haitianos.

“Esta es una experiencia fallida de inclusión”, dijo Ureta. “En Chile, los haitianos enfrentan discriminación cultural y social, incluso a nivel de gobierno, en sus lugares de trabajo y en la calle”.

Phalone afirma que cuando su grupo llegó en ómnibus hasta el Tapón del Darién, un tramo de 160 kilómetros de pantanos y selvas montañosos ubicado a lo largo de la frontera de Colombia con Panamá, había crecido a unas 100 personas, incluidos haitianos que venían de Brasil.

En esa peligrosa travesía tuvieron que abandonar sus valijas y empacaron sus pertenencias y alimentos esenciales en las mochilas. Los contrabandistas colombianos les cobraron en dólares para conducirlos a pie hasta la frontera con Panamá, un cruce de una semana por senderos riesgosos.

La casa de la haitiana Micheline Charlusmat en Lampa, Chile (Cristobal Olivares/The New York Times)

Mucha gente ha muerto en accidentes en esta ruta, que es muy resbalosa cuando hay lluvia”, dijo Phalone. “Fue una experiencia muy dura y peligrosa”.

En Panamá, escuchó relatos de migrantes que fueron robadas y violadas.

Esperanza de lograr el asilo

Phalone salió de Chile en mayo. A principios de agosto, ella y su grupo cruzaron la frontera en Texas e ingresaron a Estados Unidos, donde tienen la esperanza de obtener asilo.

Los haitianos dicen que el proceso para obtener la residencia legal en Chile se ha vuelto mucho más difícil con el presidente Sebastián Piñera, quien asumió el cargo en marzo de 2018. Entre enero y julio de este año, solo el 7% de los permisos de residencia permanente emitidos por el gobierno fueron para la comunidad haitiana, en comparación con el 20% del año pasado.

El gobierno dice que los permisos de residencia se procesan por orden de llegada. Con el gran éxodo de personas que huyen de la economía colapsada de Venezuela, la mayoría de los permisos son concedidos a las personas de ese país.

Los haitianos, sin embargo, ven ese declive como una clara señal de que no son deseados, dijo Azor.

Micheline Charlusmat, en su cuarto en un campo de migrantes en Chile  (Cristobal Olivares/The New York Times)

Su hermano Gregorio, de 26 años, intentó durante seis años encontrar un trabajo estable en Chile con el fin de solicitar la residencia legal. En junio, se rindió y partió hacia Estados Unidos.

“Es una presión para que nos vayamos”, dijo Azor.

The New York Times

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