Sep 302021
 

Una mujer comanda a un grupo de hombres para infiltrarse en los lugares más peligrosos del mundo. Otra lee las místicas cartas del tarot para develar la fortuna que le depara al protagonista. Otra prepara el asalto contra la reserva de oro más grande de Estados Unidos. Hay espías soviéticas, científicas nucleares, contadoras, violinistas, y más, que dejaron su marca en una de las franquicias más grandes de la historia del cine, la del agente 007.

La representación de las mujeres en más de 50 años de historia de James Bond en la pantalla grande es tan fascinante como la de los antagonistas: desde megalómanos que esconden estaciones espaciales en el centro de volcanes hasta empresarios que publican fake news en diarios y otros medios masivos. Las películas del agente secreto descubrieron la fórmula (agitada, no mezclada) para trasladar el inconsciente colectivo de sus respectivas épocas al cine. Para reinventarse a través de las décadas las películas tuvieron que repensar dos roles esenciales para el cocktail cinematográfico: las mujeres y los villanos.

Bond y el rol de la mujer

Sean Connery en una de las escenas de la película "Nunca digas jamás" de 1983

La actriz que más películas de 007 protagonizó fue Lois Maxwell, que encarnó a Miss Moneypenny, la secretaria del jefe del servicio secreto británico. Maxwell estuvo presente en todas las películas de Sean Connery, George Lazenby y Roger Moore. Cuando Moore terminó el rodaje de su séptima y última película como Bond en 1985, los productores le comunicaron a la actriz -con la que habían trabajado desde 1962- que también había que buscar un reemplazo para su personaje, porque ella también ya había superado la edad requerida para interpretar a la secretaría con la que James Bond coqueta. La respuesta de la actriz fue coherente: “Bueno, tal vez podría dejar de ser la secretaria y pasar a ser M, el jefe, en la próxima película”. Los productores le respondieron que las audiencias no estaban preparadas para ver a una mujer dándole órdenes a Bond, James Bond.

No pensaron lo mismo 10 años después cuando eligieron a Judi Dench para la primera aventura de Pierce Brosnan en Goldeneye. Dench ocupó el cargo a través de dos generaciones de Bond y fue algo más que un rol secundario destinado a exponer detalles del argumento antes de la partida de 007 para la misión de turno. En Operación Skyfall, la deconstrucción más consciente de los tropos de la franquicia, Dench es la coprotagonista y algo más que una figura maternal para el héroe y el villano. Dench como M había sido presentada en Goldeneye diciéndole al personaje que era un “misógino, una reliquia de la Guerra Fría” y siendo cuestionada por un entorno de hombres en El mañana nunca muere, a la que le decían que no tenía “las bolas para hacer el trabajo requerido”.

Cuando anunciaron a Phoebe Waller-Bridge, la exitosa creadora de Fleabag, como una de las guionistas de Sin tiempo para morir, opinó en una entrevista que “hubo muchas discusiones sobre si la franquicia de 007 es relevante ahora o no”, por la forma en la que Bond trata a las mujeres. “Creo que eso es una estupidez. Él es absolutamente relevante ahora: lo importante es que la película evolucione y trate a las mujeres de manera acorde, pero Bond tiene que ser fiel a la esencia del personaje”, señaló.

Waller-Bridge es la segunda mujer en coescribir un guion para 007 en más de 50 años. La primera fue Johanna Harwood, que lo hizo para El satánico Dr. No, la película que consagró a Ursula Andress como la primera “chica Bond” mientras emergía del mar caribeño de una manera en la que, más de 40 años después, imitarían Halle Berry y Daniel Craig en películas distintas. El villano del título era un hombre oriental con manos metálicas que buscaba crear un conflicto mundial pero minimizaba las diferencias ideológicas entre las grandes potencias: “Este, Oeste… solo son puntos en un compás, igual de estúpidos entre sí”. Harwood también coescribió De Rusia con amor, donde el temor hacia la Unión Soviética se hacía más explícito que en la historia anterior.

Bond como sujeto político

Roger Moore, en la piel del agente 007

La Guerra Fría fue uno de los escenarios más recurrentes en la franquicia. Cuando hubo que reinventar al personaje en la década de los ‘90, con Goldeneye, ya desde los títulos se presentaba un mundo donde caía la iconografía de los líderes soviéticos mientras las nuevas amenazas presentaban dos caras. No es casual que el villano de esa película tenga parte del rostro desfigurado. Es una constante de las películas de Bond presentar algún tipo de deformación física en todos los enemigos. Adolfo Celi usaba un parche en el ojo en Operación Trueno, Donald Pleasence tenía una cicatriz notable en Solo se vive dos veces y el ojo de Mads Mikkelsen, como Le Chiffre, tenía derrames sanguíneos en Casino Royale mientras buscaba recuperar fondos para pagar deudas a organizaciones terroristas.

El terrorismo y el “mal que viene del interior de la nación” parece haber caracterizado a los enemigos de la era de Daniel Craig como Bond. Un mundo más opaco donde no es tan fácil identificar a héroes y villanos, y donde los sistemas tecnológicos para vigilar y castigar se convierten en un arma contra la población que aseguran proteger. En las películas de Craig no hay planes para conquistar el mundo desde el espacio, sino organizaciones que intentan apoderarse de las reservas naturales de agua de Sudamérica. Más en tono con los villanos de la época de Timothy Dalton: como el zar de la droga latino que interpretó Robert Davi en Licencia para matar.

Cada Bond tuvo sus propios enemigos pensados, también, en relación al estilo que imprimió cada actor al personaje principal. Con Roger Moore se desató la imaginación camp con las naves espaciales en Moonraker y los hechiceros vudú en Vivir y dejar morir, la película donde Jane Seymour era una tarotista en Harlem. En consecuencia, uno de los villanos más recordados de esa época fue Jaws: el gigante con dientes metálicos que interpretó Richard Kiel en La espía que me amó. Moore, como lo reflejan sus películas, se caracterizó por un estilo más liviano y menos visceral para enfrentar a los malos y seducir a las mujeres si se lo compara, por ejemplo, con Sean Connery.

Bond como agente de cambio

Cary Fukunaga (el director de Sin tiempo para morir) remarcó que, en algunas películas, el Bond de Connery avanza sin que le importe la resistencia de ciertos personajes femeninos. “Hoy no sería posible porque es básicamente una violación”, señaló. La serie de películas que interpretaron Connery y Moore fueron de las más exitosas de toda la saga y entre ambos sumaron 13 películas. Pero, en el medio, hubo un Bond “de transición” al que el éxito le fue esquivo y solo duró una película. Pero en esta época, directores como Fukunaga, Christopher Nolan y Steven Soderbergh, revalorizan como una de las mejores películas de las 25 alegando que, en varios sentidos, fue adelantada a su época.

George Lazenby no tuvo ni la presencia ni el carisma del actor que lo antecedió ni del que lo precedió. El retrato de Bond que hizo también fue más vulnerable que cualquiera de esos dos. Al servicio secreto de su Majestad es la única película donde 007 encuentra a la mujer con la que decide casarse. Diana Rigg en esa película es quien salva al héroe, lo abandonada después del primer encuentro sexual, maneja el coche en la persecución más importante, lucha para evitar que su padre controle su vida y se encarga sola de enfrentar a Blofeld y sus esbirros en el clímax. Quizás por eso las películas de Daniel Craig (y, en especial, Sin tiempo para morir) busquen su identidad con referencia, no solo visuales y sonoras, a esa película.

Honor Blackman como Pussy Galore, en Goldfinger

Pero no fue Al servicio secreto de su Majestad la única historia en la que Bond se enamoró ni la única en la que una mujer le puso límites. Honor Blackman admitía que recordaba con mucho orgullo su personaje en Goldfinger, otra de las películas consideradas como lo mejor de la serie, porque “no era una de esas típicas chicas Bond convencionales, poco inteligentes, sexualizadas e inocentes que se rendían a los pies de 007″.

Uno de los motivos recurrentes en las películas de Bond es el de la mujer que ocupa un gris para el personaje en términos narrativos: ¿está en la historia para ayudarlo o eliminarlo? Sophie Marceau en El mundo no basta, Rosamund Pike en Otro día para morir, Léa Seydoux en Sin tiempo para morir, y Eva Green en Casino Royale son algunos ejemplos de esta incógnita para el héroe. Como sucedió con Green como Vesper Llynd, es cada vez más común que las mujeres sean las que cuestionen el mote de “héroe” y las acciones del personaje. ¿Por qué asesina a sangre fría, vive solo, entre las sombras, y obedece todas las órdenes que se le presentan? La lectura psicoanalítica que hacen sobre las motivaciones de Bond también funciona como punto de partida para pensar qué es lo que mueve a esos personajes a ocupar esos “grises” morales en la historia.

Uno de los hilos conductores de las cinco películas de Craig como Bond podría ser, justo, la “confianza” en las mujeres que rodean su trabajo y la dificultad para separar a los aliados de los enemigos en una época donde todo ya no es tan evidente. Y por eso el héroe, más que nunca, necesita aliados para enfrentar los peligros que se avecinan.

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