Sep 302021
 

Los argentinos estamos asistiendo a un plan oficial de emergencia electoral que tiene dos características centrales: desesperación e irresponsabilidad. En las últimas horas, luego del arribo al gobierno del polémico Juan Manzur, un hombre que pregona todo lo contrario a lo que el falso progresismo kirchnerista proclama como verdades absolutas, el oficialismo salió decidido a intentar revertir el resultado electoral de las PASO gastando más de lo que puede, pero a valores extraordinarios, al punto de que en cada anuncio sobresale una muestra de desesperación que resulta más notoria que la intención de demostrar sensibilidad por los beneficiados por las medidas.

Se estima que el gobierno gastará de aquí al 14 de noviembre unos 150 mil millones de pesos en distintos programas y medidas para intentar mejorar su performance electoral que, si bien creen es muy difícil que alcance para dar vuelta la elección, apunta a conseguir 1,5 millones de votos más que les permita alcanzar dos objetivos: emparejar los resultados en la provincia de Buenos Aires y dar vuelta la elección en alguna de las seis provincias donde perdieron en septiembre y se eligen senadores como Corrientes, Santa Fe, La Pampa, Chubut, Mendoza y Córdoba. La mirada está puesta sobre Chubut, La Pampa y Santa Fe, entendiendo que en las otras tres sería prácticamente imposible.

Habría que seguir de cerca lo que sucede en Chubut, donde el Frente de Todos perdería dos senadores. Ya existen tratativas para bajar la lista del gobernador Mariano Arcioni, que salió tercera, y que ya participó de la reunión de gobernadores en La Rioja convocada por Manzur y el presidente Fernández. Luego de esa reunión, Arcioni anunció un aumento salarial para los empleados públicos de su provincia que se efectivizará en los próximos días, posiblemente con fondos nacionales.

Sostener el quorum en la Cámara alta es el mayor de los intereses de Cristina Kirchner y forma parte del acuerdo con el Presidente, luego de la carta y la pelea, que aún se mantiene sobre algodones. La oposición lo sabe: “Si Cristina pierde el quorum en el Senado, cambia la Argentina; si eso sucede, el gobierno está obligado a reorientar su tarea, a reorientar el país”, dice convencido el presidente de la UCR, Alfredo Cornejo, dejando en claro que la oposición apunta en esta elección a cercar el poder de la vicepresidenta, que marca toda la agenda de gobierno. Para Cristina Kirchner, sin embargo, la necesidad de manejar la mayoría del Senado tiene otra relevancia, mucho más relacionada a su situación judicial. Vale recordar que los pedidos de prisión preventiva que la Justicia ordenó años atrás nunca prosperaron por sus fueros como senadora, y que cualquier cambio de situación numérica en la cámara podría envalentonar a la Justicia, tan permeable a los cambios políticos. Después de todo, el enojo de Cristina con el Presidente siempre estuvo ligado a la lentitud de su gobierno para mejorar su situación en las causas que la comprometen.

Toda esta estrategia electoral del oficialismo tiene un costo enorme: lo pagarán los argentinos con una inflación que generará más pobreza y afectará nuestra calidad de vida. El economista Roberto Cachanosky alerta sobre un futuro inmediato demasiado complicado como para pronosticarlo: “No sé cómo vamos a transitar dos años más de esta locura. No sé cómo vamos a estar para el verano, pero sé que esto va a ser insostenible”, señala ante la alarmante emisión de moneda que supera el billón de pesos en lo que va del año.

Pero ningún pronóstico apocalíptico desalienta al gobierno, donde el “ya veremos qué hacemos” es la frase más escuchada. La estrategia es más simple. Un funcionario que dejó su cargo junto a un ministro saliente explicó la maniobra electoral oficialista: “150 mil millones, dividido por 1.500.000 votos, son 100 mil pesos por voto; hacen esa cuenta, de eso hablan”.

El jefe de gabinete, Juan Manzur, tiene muy claro su rol: consiste en repartir billetes frescos, “tan recién pintados que manchan las manos”, dice con sorna un intendente del conurbano preocupado por el revés electoral en su distrito, y también en disciplinar y ordenar al peronismo. El Jefe de Gabinete también es el encargado de esconder al Presidente. Y hace todo eso mientras intenta callar las voces de quienes le sugieren que es el momento de tomar distancia de la Jefa y de La Cámpora y volver a tener un líder como Carlos Menem. “El Turco tenía lo suyo, pero no maltrataba a nadie”, dicen los viejos peronistas que tuvieron su momento de gloria en los 90. Pero, por ahora, todas esas voces díscolas son silenciadas por el lado hábil de Manzur, sabiendo que cualquier división antes del 14 de noviembre significaría asegurar el fin de cualquier chance de resurgimiento electoral. Quizás por eso ayer apeló a su perfil de ferviente creyente y fiel de la Iglesia Católica Maronita y pidió “que Dios nos ayude porque nos hace falta”, una invocación que sonó más dirigida a la suerte del gobierno que al destino que nos involucra a todos.

De todas maneras, las recetas del peronismo, en las buenas y en las malas, siempre son las mismas, porque el populismo solo se modernizó en sus formas, no en su contenido. De alguna manera, siempre terminan subestimando y menospreciando a los ciudadanos de bajos recursos. Las imágenes que circularon estos días con militantes y funcionarios repartiendo electrodomésticos, bicicletas, bolsas de comida y colchones, ensombrecen el panorama político local. No porque quienes lo reciben no lo necesiten, sino porque nuevamente un partido político, con fondos públicos, pone a comer de su mano a quienes sienten que el futuro cada vez les queda más lejos.

Henry Kissinger decía que la tarea de los líderes “es llevar a su gente desde donde están adonde nunca han estado”. Esa parte del concepto nunca fue aplicada por nuestros líderes populistas, porque, atendiendo a los pobres en la pobreza a cambio de su voluntad electoral, solo consiguen fortalecer el camino más corto para condenarlos a quedarse en ese mismo lugar, ahora y para siempre.

NOTA COMPLETA

Sorry, the comment form is closed at this time.