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Jun 052022
 

@Rfilighera

Una mujer de carácter que a su vez hace gala de una enorme cuota de humor para plasmar una galería inconmensurable de personajes, reconocibles por todos. Para Verónica Llinás no hay trabajos mayores o menores en lo artístico; existe, puntualmente, la valoración (y tranquilidad) de la tarea bien hecha más allá de la extensión que ocupa en las páginas de su guion o libreto.

A lo largo y a lo ancho de su generoso tránsito escénico, nos hizo y hace reír y, por sobre todas las cosas, pensar sobre el arte, la gente, nuestra sociedad, sus raíces y la sensible anatomía de un país en la permanente búsqueda de su destino.

Charló con DiarioShow.com sin «anestesia», con agenda y corazón abierto, sobre muchos temas de interés.

-Un poeta dijo: «La patria es nuestra infancia». Allí se forjan nuestros ideales, sueños y recuerdos. ¿Pensás de esa manera?

-Según dicen, en la infancia se forma nuestro carácter. Sin duda, lo que sucede en nuestros primeros años de vida es fundamental para el desarrollo de nuestra personalidad, pero no sé si me animaría a decir tanto, porque, entonces, quienes tuvieron infancias horribles, no tendrían oportunidad de vivir una vida que no fuera horrible. Y si bien eso sucede, en la mayoría de los casos, prefiero pensar que puede haber esperanza de reparación.

-¿Tenés algún recuerdo especial de esa etapa?

-Justamente, hablando de los primeros años de vida, tengo un recuerdo del cuarto donde estaba mi camita, etapa en la que no tendría más de 3 o 4 años. Cuando estaba baja, por los agujeros de la persiana entraban haces de luz que, al pegar en la pared, proyectaban las imágenes de los autos o colectivos que pasaban por la calle. Era como un pequeño cine. Eso quedó fijado en mi memoria y siempre me pregunté si podía ser cierta la imagen proyectada como la de un pequeño cine, o si me lo imaginaba.

-Tu papá, Julio, escritor; tu mamá Martha, artista plástica y uno de tus hermanos, Mariano, director de cine. ¿Cómo fue la dinámica de esa familia de artistas?

-Y mi hermano Sebastián, que de haber seguido viviendo habría sido un excelente dibujante, porque ya de niño lo era. Creo que tiene que ver con la cantidad de estímulos que recibimos. El cuentito que me contaban antes de ir a dormir, que siempre era el mismo y tenía por protagonista a la Piíí (la perdiz), cuando lo contaba mi papá, era una obra maestra del surrealismo y cuando lo contaba mi mamá, se convertía en una obra pictórica lisérgica llena de colores. Ninguno de mis padres tuvo una vida muy normal, siempre estuvieron al borde del abismo existencial. Ese abismo que, en el mejor de los casos, te convierte en artista y en el peor, te mata.

-Agustín Alezzo y Ángel Elizondo fueron algunos de tus maestros. ¿Cómo contribuyeron a tu vocación?

-Cuando empecé a estudiar en el estudio de Alezzo no lo hice con él directamente porque tenía 16 años y solo podía ingresar a su taller para adolescentes. Fue una etapa de ejercicios teatrales que tenían que ver con el juego, la imaginación, la adaptación y la desinhibición. Cuando a los 18 empecé a aprender con él directamente, entraron en escena entonces los textos teatrales: Shakespeare, Ibsen, entre otros, y me di cuenta, por otra parte, que no era eso lo que yo quería y que el teatro clásico me aburría. Entonces, en esa época fui a ver al teatro a un mimo checoslovaco llamado Milán Sladek, que me conmocionó por su nivel de fantasía. Trabajaba con cámara negra y desplegaba un nivel de delirio y trabajo corporal que me hizo decidir a estudiar mimo en la escuela de Ángel Elizondo. Allí conocí a Omar Viola, que era profesor de dicha escuela y que fue posteriormente, junto con Horacio Gabín, quienes fundaron el Parakultural.

Junto a Alejandra Flechner, María José Gabin y Laura Markert en Las Gambas al Ajillo.

-Tu paso con «Gambas al ajillo» por el Parakultural, el mítico teatro Empire y la discoteca Cemento, ¿Te brindaron fundamentos para el ejercicio de la profesión?

-No sé si fueron fundamentos propiamente dichos. Entiendo que los fundamentos los aprendí en la escuela a la que acabo de hacer referencia. Por otra parte, creo que no se deben poner estos tres lugares en el mismo conjunto. El Parakultural fue algo distinto que significó para las Gambas, como para muchos otros artistas, un espacio de creación sin la presión del resultado, un espacio de libertad absoluta. Todos los otros lugares que surgieron después como Cemento y tantos otros eran emprendimientos comerciales, alternativos, pero comerciales al fin. No estaba, como en el Parakultural, la intención primigenia -romántica si se quiere- por parte de sus dueños de dar espacio a todas las expresiones, sean taquilleras o no. En tanto, el teatro Empire fue donde, luego del Parakultural, estrenamos nuestro espectáculo «La Debacle Show», pero creo que de mítico no tiene nada.

-¿Cómo fue la “subsistencia” durante el proceso de la pandemia?

-Me considero una privilegiada. No tuve problemas económicos porque entre los pocos trabajos virtuales que me salieron, más las repeticiones televisivas de Antonio Gasalla y de «Educando a Nina», me evitaron la necesidad de recurrir a mis ahorros. Tampoco viví la angustia del vacío de actividad porque me entretuve haciendo videos que, no solo me mantuvieron activa, sino, por otra parte, estar en contacto con el público. La cantidad de afecto que recibí por los videos significó mucho para mí y al día de hoy me sigue llegando de una forma que no deja de sorprenderme.

En «Educando a Nina» era la mamá del Bicho (Nico Furtado).

-La grieta política, ideológica, ¿se agudizó aún más durante esta emergencia sanitaria?

-No sé si fue la emergencia lo que la agudizó, pero está llegando a niveles insoportables. Creo que es algo que nos destruye, que no nos deja pensar en conjunto, que nos degrada como comunidad, como personas. Creo que el hecho de no poder zanjarla habla de nuestra poca inteligencia como sociedad.

Si bien tu base interpretativa está en el teatro sos una actriz con tránsito por la televisión. ¿Qué te parece positivo y qué no para la profesión?

-Como herramienta de expresión y de comunicación, la televisión es maravillosa. Sin embargo, como con cualquier herramienta, todo depende de cómo se usa. Con un martillo podés construir la Catedral de San Pedro o pegarte un martillazo en el dedo gordo y no hacer más nada. Y todos sus intermedios. Para mí fue muy enriquecedora en todo aspecto. Se resigna independencia, pero se aprenden un montón de otras cosas. Después, está el tema de la popularidad. Cómo se maneja, qué tanto te trastorna. Cómo hacer para mantenerla en un nivel soportable para uno, es un aprendizaje importante. Poder alejarse de ella cuando empieza a no servirte y no querer estar presente siempre, con esa sensación tan peligrosa de «si no estás en la pantalla, no existis». Hay que aprender a relativizarla para poder disfrutarla. Es como una amiga a la que me gusta visitar de tanto en tanto.

«Como herramienta de expresión y de comunicación, la televisión es maravillosa. Sin embargo, como con cualquier herramienta, todo depende de cómo se usa»

-¿A qué se debe la actual proliferación de ficciones importadas?

-Esto es debido a la falta de opciones nacionales, principalmente. A que salen de la chatura de lo que se tiene para ver, simplemente, porque nos muestran lugares diferentes, costumbres diferentes y cómo hablan en otro idioma; es más difícil darse cuenta, sin embargo, de lo mal actuadas que están. Y porque hay, además, un arraigado pensamiento colectivo de que todo lo que viene de afuera es mejor.

-¿Cuál es el cuadro de situación que atraviesa, entonces, la ficción nacional?

-La ficción nacional está en terapia intensiva. Es triste la poca producción nacional que encaran los canales y las productoras argentinas. Pero lo entiendo. La realidad en ese aspecto está cambiando de una forma tan veloz que es imposible adaptarse porque las adaptaciones llevan un tiempo del que no se dispone. En este momento, son las plataformas las que están sosteniendo a lo poco que queda de la industria, pero, digámoslo todo, a costa de una fuertísima flexibilización laboral. Las condiciones de trabajo se transformaron, en algunos casos, en abusivas. Todavía no llego a poder entender bien este momento.

Hace poco terminó de grabar la serie «How to be a carioca» para Star+.

-¿Los realities son una “nueva forma” de hacer ficción?

-Tal vez lo sean, pero una forma que me interesa poco y nada. De todos modos, no le falto el respeto al fenómeno, por algo hacen furor. Lo que me parece tremendo es que sustituyan a la ficción, que sean la única opción.

-¿Hacia dónde se dirige la televisión de aire?

-Como todo y todos, hacia la muerte.

-Ha sido contundente la sentencia, en principio, en el «caso Rubio». ¿Qué reflexión nos podes dar sobre la ley de maltrato animal?

La tortura a un animal me produce un grado de violencia que hasta te podría decir que le haría lo mismo al tipo, lo arrastraría del cuello hasta que quede reducido a un estropajo, pero sé que eso no estaría bien. Por suerte las leyes no las dicto yo.

¿Dónde anidan los mayores desafíos artísticos? ¿En el humor o en el drama?

-En el punto intermedio. En aquellas actuaciones que no tienen ninguna de las dos cosas demasiado desarrolladas, ni lo humorístico ni lo dramático. Lo normalito, por llamarlo de alguna manera, es lo que más me cuesta porque no le veo el desafío actoral y tiendo a aburrirme. Con los años comprendí que justamente, el desafío actoral es transitar ese aburrimiento.

«Lo normalito, por llamarlo de alguna manera, es lo que más me cuesta porque no le veo el desafío actoral y tiendo a aburrirme»

De gira con Solita

En plena gira por diferentes localidades del país, como así también, recorriendo varias plazas de Uruguay, Verónica Llinás y Soledad Silveyra continúan disfrutando, escenario mediante, de ese gran éxito de taquilla que es «Dos locas de remate» y que cuenta con la autoría del español Ramón Paso y la dirección de Manuel González Gil.

Con Soledad Silveyra, se divierte en «Dos locas de remate», un éxito teatral.

Precisamente, la historia de la obra en cuestión narra el reencuentro de dos hermanas que se vuelven a ver las caras después de 20 años en un duelo divertido, donde tendrán que superar su pasado para poder tener un futuro, dando lugar, en consecuencia, a una disparatada tragicomedia que muestra el trasfondo social de las siempre ultra complejas relaciones familiares.

A tono de confesión, Verónica Llinas expuso que «al principio, este texto, me pareció extremadamente disparatado, demasiado y que, en definitiva, iba a ser increíble. Sin embargo, luego se la di a leer a un amigo, que fue mi pareja y siempre estuvo muy cerca de todo lo que hice. De más está decir que se la envié como diciendo ‘no va a pasar’ y me sorprendió con su respuesta: ‘Nunca me divertí tanto con un material’, me dijo. Y a partir de ahí, empecé a leerla con otros ojos. Él había percibido un lugar del absurdo que yo no había podido ver. A partir de esa circunstancia, me decidí«.

R.F

Verónica Llinás habla de la televisión como

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